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El invierno en Snorre-Vik no era simplemente una estación; era una entidad que respiraba. En este recóndito pueblo noruego, el frío no era un concepto meteorológico, sino un vecino silencioso que se filtraba por las rendijas de las casas y se instalaba en el centro del pecho. Para la mayoría de los habitantes, el invierno era un enemigo contra el que luchar con abrigos de lana gruesa, tazas de café humeante y chimeneas de leña crujiente. Para mí, sin embargo, el frío era mi lengua materna.
Era el elemento en el que mis pulmones habían aprendido a expandirse y mi piel a endurecerse como el diamante.
Caminar fuera de los muros de la mansión Moldoveanu se sentía como cruzar un portal hacia otra dimensión. Tras veinte años de ser la "Princesa de Cristal" -un título que cargaba con más ironía que honor en los pasillos de mi hogar-, el asfalto de la universidad bajo mis botas era el suelo más firme que jamás había pisado.
La mansión siempre había sido una jaula de oro y hielo. Allí, cada mueble de caoba y cada moldura de mármol parecía recordarme que yo era una anomalía, una mancha violeta en un linaje de pureza grisácea. En casa, no había guardias de ojos plateados vigilando cada uno de mis suspiros de manera obvia, pero la Virtud de Anulación de mi padre, Alistair, siempre estaba presente, flotando en el aire como una neblina invisible que sofocaba cualquier rastro de emoción espontánea. Estar fuera, bajo el cielo plomizo de Snorre-Vik, era como aprender a respirar de nuevo.
- Engel, por el amor a lo que sea que adoren los humanos, relaja los hombros. Estás tan tensa que pareces estar a punto de estallar en mil pedazos -la voz de Bianca, vibrante y llena de una energía que yo envidiaba, rompió mi trance.
Bianca no era mi prima de sangre, pero era mi sangre en todo lo que importaba. Mi tía Serafina la había convertido hacía años, rescatándola de una muerte segura en los barrios bajos de Oslo, para que yo no creciera en una soledad absoluta. A diferencia de mí, Bianca era una "Impura" con orgullo. No poseía la belleza estática y perfecta de los nacidos vampiros, pero su Virtud del Eco le permitía leer las auras, ver los colores de las almas ajenas como si fueran pinceladas de luz sobre un lienzo oscuro. Ella era mi brújula en este nuevo mundo de ruidos y olores.
- Es la libertad, Bianca. Tiene un peso extraño, como si el aire fuera más denso aquí afuera -respondí, ajustando mi bufanda de seda oscura.
El tejido era una barrera entre el mundo y yo. Ocultaba mi mandíbula afilada, pero nada podía ocultar mis ojos. Mis ojos violetas, la herencia maldita de una madre hechicera que solo conocía por los susurros prohibidos del servicio y las miradas de lástima de mi padre. El violeta no era un color permitido en la paleta de los Moldoveanu; era el color de la transgresión.
El campus era un hervidero de vida humana. Era fascinante y aterrador a la vez. Cientos de estudiantes corrían de un lado a otro, y yo podía sentir sus corazones latiendo con un ritmo frenético, como pequeños tambores biológicos golpeando en la base de mi cráneo. Sus aromas eran un asalto sensorial: perfumes baratos de vainilla, el olor metálico del sudor tras una carrera, el aroma amargo del café recién hecho y el químico de los detergentes de ropa. Comparado con el olor a cera, mármol y antigüedad de mi hogar, la universidad olía a urgencia. Olía a vida que sabe que tiene un final.
- ¡Oigan! ¿Son nuevas? -una voz masculina nos detuvo frente a la imponente escalinata de piedra del auditorio principal.
Me tensé por instinto, mis dedos buscando la empuñadura de una daga que mi padre me había prohibido traer. Pero no era un enemigo. Era un chico de cabello castaño revuelto y una sonrisa tan amplia que parecía incapaz de guardar secretos.
- Soy Dean -dijo él, extendiendo una mano cálida. No la tomé. No por arrogancia, sino por el miedo atávico a que mi temperatura de bajo cero quemara su piel humana-. Y esta es Maya. Estábamos discutiendo si eran de este planeta o si acababan de bajar de un glaciar de Svalbard.
Maya, una chica de cabello oscuro cortado en un estilo bob y una chaqueta de mezclilla llena de parches de bandas de rock, nos dio una mirada apreciativa, libre de la malicia que yo esperaba.
- Ignora a Dean, es un idiota amable. Pero tiene razón, tienen un estilo increíble. ¿Artes o Historia?
Bianca dio un paso al frente, sus ojos zafiro brillando por un segundo mientras su Eco escaneaba a los recién llegados. Noté cómo su postura se relajaba al instante; sus hombros bajaron y una sonrisa genuina apareció en sus labios.
- Historia del Arte. Yo soy Bianca y ella es mi prima, Engel.
- Dean y Maya... -susurré, probando los nombres en mi lengua. Se sentían ligeros, sin los títulos y apellidos pesados que solían acompañar a cada presentación en mi mundo. Sus auras, según el gesto de aprobación de Bianca, eran como hogueras acogedoras en una noche de tormenta.
- Vengan con nosotros -invitó Maya, señalando la entrada del auditorio-. Si se sientan solas, los de la fraternidad Hellefjord las acecharán como buitres buscando carne fresca. Nosotros somos un escudo mejor, aunque Dean solo sepa defenderse con chistes malos.
El Auditorio y el Rey de la Tormenta
El interior del auditorio de Snorre-Vik era una pieza arquitectónica que parecía querer devorar la luz. Madera de roble oscuro, techos tan altos que se perdían en las sombras y un eco que amplificaba el murmullo de cientos de estudiantes. Nos sentamos en la zona media. Dean no paraba de hablar sobre lo difícil que era conseguir una hamburguesa decente en el pueblo, mientras Maya le reñía por sus prioridades existenciales. Yo intentaba escucharlos, intentaba asimilar cómo era ser una humana de veinte años preocupada por la comida, pero entonces el escenario se llenó.
La Directora Vance caminó hacia el podio con una elegancia que me recordaba a un halcón. Su presencia era magnética, pero mi mirada, gobernada por un instinto que no reconocía como propio, se desvió hacia la fila de académicos situados detrás de ella.
Y entonces, el aire de mis pulmones simplemente se evaporó.
Había un hombre sentado al final de la mesa. No vestía las túnicas académicas tradicionales, sino una camisa de algodón oscura que se ajustaba a unos hombros que parecían cargar con el peso de una montaña. Su cabello era oscuro como el ala de un cuervo, pero fueron sus ojos los que detuvieron mi sistema circulatorio.
Eran grises. Pero no el gris estático y muerto de mis familiares. Eran el gris de una tormenta eléctrica en el Mar del Norte, cargados de una energía cinética que hizo que mi propia Virtud vibrara bajo mi piel como una cuerda de violín a punto de romperse.
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