La LUNA QUE NUNCA EXISTIÓ
on la ropa que Lila me había prestado – pantalones gruesos de lana y una camisa de algodón que me
de té en la mano, mirando las llamas como si le hablaran. C
repararme una taza también. – Lila está recogiendo hierbas
tado con los dedos. Había pasado toda la noche pensando có
colocándome la taza de té delante de m
lmar la garganta. El té era amargo, con
os. – Hasta hace dos semanas, era la luna del Bos
ía que el nombre de Rafael era conocido en to
o llegué a la manada, cómo conocí a Rafael y a Carmen, cómo fue nuestro matrimonio, cómo me enteré de estar embarazada.
n las manos entrelazadas sobre la mesa. El
ja pero firme. – Abandonar a su luna, atacarla así... y encima con el be
as allí. – Solo como un deber, un obstáculo entre él y Carmen. Y ella... Carmen era mi única amiga.
oco más, colocando u
algo, Nyx. Rafael no representa a todos los alfas. Hay quienes creen que el deber con la manada va más allá de las mates o las profecías – miró hacia la ventana,
leno de hierbas verde oscuro. Al ver nuestras car
ijo, colocando el canasto e
la se tensaba con rabia – no una rabia furiosa, sino una rabia calma
algunas hierbas del canasto para ponerlas a secar. – Su padre
ón, ni para tratar de ser su luna de nuevo. Quiero mostrarles que no soy la débil niña que trajeron
hacia adelante, m
el tiene toda la manada de su lado, y Carmen
liqué cómo podía esconderme completamente, cómo me convertía en sombra, cómo nadie podía verme ni oler me cuando quería.
ió el ceño
hablaba de gente como tú – llamaba a los "hijos de la noche" – decía que tenían una conexió
don para hacer algo? – pregu
ueltas por la cocina, como hacía cuan
rimera es irte lejos, empezar una nueva vida en alguna manada que te acep
puedo dejar que ellos se queden felices mientras
como esperand
rna, que sienten que los dejan de lado. Hay quienes huyen de sus territorios porque no encajan, porque tienen dones diferentes
ien me sonreía
las viejas reglas ya no sirvieran – dijo. – Un dí
uerría unirse a una manada liderada por algu
y me colocó una
ró hacia la puerta, donde se veía el bosque empezando a despertar –. Mañana saldremos hacia el norte. Hay una zona entre los territorios del Rocío
pregunté, con voz baja.
ostraba seguridad. – Y cuando lo hagan, tendrán que decidir si siguen con sus viejas reglas o s
las que pueden hacer que alguien pierda el olfato temporalmente, las que pueden usarse para marcar territorios sin dañar el suelo. Ethan me ense
iadas. Descubrí que mi don era más poderoso de lo que creía – podía no solo esconderme a mí misma, sino también a otras personas si me conce
s a la mía, todos que no encajaban en las manadas tradicionales. Había un joven que no podía transformarse completamente, una mujer que podía sentir
mo debilidades. Yo no era la alfa – Ethan seguía liderándonos en eso – pero me dieron un título nuevo: la Guardiana de las Sombras. Mi trab
servar. Vi a algunos lobos patrullando – reconocí a unos cuantos, incluso a uno que había sido mi amigo an
ido de colores brillantes. Iba acompañada por dos lobos grandes que parecían ser sus guardaespaldas.
taba em
todavía no. Pero sabía que el tiempo llegaría. Sabía que pronto tendría que enfrentarlos, tendría que hacerl
viendo hacia la Manada de la Sombra. Allí estaban esperándome – Et
nuevo, algo que yo misma estaba ayudando a construir. Y cuando el momento llegara, estaría lista para enfrentar a
men esperaba un hijo, que sería el heredero más poderoso de la historia de la manada. Decían