La LUNA QUE NUNCA EXISTIÓ
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Y
silvestres y bebiendo de charcos. Mis padres habían muerto hacía una semana – atacados por lobos de la manada del Norte, que querían tomar n
lo encontré cen
qué en un rincón, tratando de calentarme con los restos de una manta rota, cuando escuché pasos fuera. Me tapé la boca con las manos
acio. Tenía el olor a bosque, a hierbas frescas, a poder. –
temblorosa. – Nyx Silverwood
y me tocó la frente con su dedo índice – un gesto que luego aprendí que hacían los alfas p
Marta, dejó una profecía: "Una niña con ojos de noche traerá poder a la línea de Blackc
ficio en el centro que era la casa del alfa. Allí conocí a Rafael, el hijo de Orion – dieciocho años, alto, d
riba abajo y dijo: – ¿Esa es la
edestinada: Carmen Rosefur, una chica de la manada con pelo rojizo como el fuego y una risa que llenaba cu
bas que curaban, cómo leer las huellas en el suelo, cómo organizar las patrullas para proteger los límites. Carmen f
a mi lado sin pedir permiso. – Vi que l
me había hablado así desd
es muy grande. No sé si podr
o, un son
cogiendo una piedra y tirándola al agua. – Además, necesitas una a
er por los senderos sin perderse. Y poco a poco, fui integrándome en la manada: ayudaba en la cocina cuando había fiestas, cuidaba de los
los antiguos registros de la manada. Pero a veces, cuando estábamos en las reuniones, sentía su mirada sobre mí. No
se enfermó gravemente. Mientras estaba en cam
cumplirse. Rafael va a ser el nuevo alfa, y necesitará un
sde el primer día – aunque nunca había dicho
o soy su mate – le di
es más fuerte – respondió, apretándome la mano
el centro de la aldea. Carmen estuvo ahí, sonriendo pero con los ojos llenos de tristeza. Yo intenté ser la mejor luna posible: me levantaba
era cumpliendo mi único propósito en la manada. Y para colmo, nunca sentía a mi loba interior. Cuando todos se transformaban en sus formas animales y corrían libres por el bosque, yo solo conseguía cambiar mi cu
ía en que Marta me tomó la mano
a por la emoción. – No he sentido nada... ni si
le escapó. Era la única que sabía mi secreto s
Pero ya lo verás – sonrió, y yo sentí cómo mi pecho se llenaba de una felicidad que no había sentido en
la mano
uiero ser yo quien se lo cuente a Rafael. Ho
brazándome brevemente. – Ese muchacho n
idos – justo como el vestido rojo que había guardado en el guardarropa, el que me había comprado para este día especial. Iba a cocinar todos sus platos favor
aburetes de madera, mordisqueando una galleta de avena que había hecho ayer. Llevaba el delantal que le
sonrisa que no llegaba a sus ojos. – Toda esta c
n había estado extraña últimamente – se quedaba mirándome fijamente, como si quisiera decirm
el. Quiero hacerlo especial. Llevamos tiempo con mucho trabajo, con los problemas en
de hombros, cogi
enteré de que Rafael tuvo una emergencia hoy. Un problema con los lobos del E
e sobre la cacerola, pero se
un hombre cariñoso – nunca lo había sido – pero siempre cumplía sus promesas.
ó, dejando la ga
engo que ayudar a Marta con las hierbas que rec
pero no tenía tiempo de pensar en eso. Tenía que terminar la comida, b
orno para mantenerla caliente. Me senté en el sofá del salón, acariciando el paquete pequeño que
unto escuché la
las arrugas. Cuando salí al pasillo, Rafael estaba allí, quitándose el abrigo de cuero. Su pelo rubio estaba revuelto por el viento, sus ojos ámbar miraban
acercándome para be
aso hacia atrás, e
dijo, con voz fría. – No
uvieron en la puerta de la cocina do
todo esto?
sintiendo cómo la emoción empezaba a desaparecer
o, pero yo lo noté. Luego cerró los ojos y respiró
– Solo he estado muy ocupado con los asuntos de la manada – terminó, mirando h
ome a la pared para no temblar. Había algo en su mira
, ya subiendo los peldaños
sita proyectaba sombras largas sobre las paredes cubiertas de libros y mapas de los territorios. Él se sentó detrás de su escritor
ndiendo la mano para darle el papel. Mis dedos temblaban un poco, pero
as líneas que Marta había escrito a mano. Mantuvo la mirada fija
frialdad helada que me atravesó hasta los huesos. Y
grave. – ¿No es alguna manera de obligarme a quedarm
e de pie bruscamente, haciendo c
os a tener un hijo – empecé a caminar hacia él, extendiendo las manos como si pudiera alcanzarlo, como si pudiera hacerle entender. –
abitación. Empezó a dar vueltas por el estudio, pasándose l
entre dientes, mirando la ventana como si esper
de pies a cabeza. – ¿No quieres el beb
jos ámbar se habían vuelto dorados, b
a mentira. Una vieja historia que mi padre se inventó porque estaba desesperado por mantener fuerte nuestra línea
verme. Las palabras resonaban
día que mi padre me dijo que me casaría contigo, acababa de descubrir quién era mi mate predes
el bosque, la que me compartió su comida cuando llegué
una mentira? – logré preguntar, sintiendo
tres años. Si no te embarazabas, me liberaba para casarme co
a silla, sin fuerzas p
todo esto? – pregunté, au
ó, mirándome
ro tú tenías que salir con esto – levantó el papel en el aire como si fuera ba
rpo empezó a cambiar, a alargarse, a cubrirse de pelaje blanco con manchas negras que ahora parecían amena
ya no era su voz humana. –
ca sintiera la conexión con mi loba interior, conseguía cambiar mi apariencia hasta parecerme a ellas. Corrimos detrás de él por
cían en las rocas. El precipicio bajaba hasta un cañón oscuro, donde corría un río de aguas heladas. La luna lle
ana, temblan
té, pero él ya estaba de pie frente a mí, en su forma loba, con
con las manos, pero él me atrapó con facilidad, mordiéndome el muslo para sujetarme al suelo. Mis manos se colocaron sobre mi barriga de instinto, tratando de pro
con la voz rota por el llanto
nso que me hizo ver estrellas, que me hizo querer cerrar los ojos y nunca más abrirlos. Luego, se detuvo y e
Pensaste que con un bebé conseguirías hacerte mi luna de verdad. Pero para mí, tú
bajo, hacia la oscuridad del cañón. Lo último que vi fue la luna llena, y los cuervos revoloteando sobre mí con sus gritos agudos.
apenas un susurro, fue: Lo sien
curidad me envol
ída no fue el final. Algo me mantenía con vida, alg