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Thespis

Chapter 9 No.9

Word Count: 2330    |    Released on: 06/12/2017

trataba de apaciguar mi pensamiento, me oprimía el pecho

intranquilidad, me revolvía en las sábanas, me sentaba, fumaba, encendía y apagaba la luz... Cuando la encendía, no vislumbraba más que sombras... C

a fija. Yo lo sabía perfectamente... Y lo que supiera era esto,

ibón de Tucker

Yo lo ignoraba asimismo. Comprendía únicamente que eso debía ser Algo Terrible, macabramente terrible, diabólicamente terrible. Sería como una inconmesurable esfera de barro que de

Tampoco sabía yo eso!... Mas nunca, jamás me sentí tan agitado, ?y con tanta ra

de Tucker t

o sabía que estaba so?ando. ?Y sin embargo no podía dormirme!... ?Quién hubiera

?Qué venía a buscar a mi habitación ese espía odioso?... Yo lo maldije

e al in

la puerta. Al cerrarla dio un chillido, porque se apretó la col

día. Era un desayuno de hirviente sangre humana, y yo no p

en la mesita de luz, porque estaba muy resfriado. Tan resfriado que la respiración se me había detenido por com

ía me estuv

iene la culpa! todo el

a que nunca. Comprendí que debía ver a Tucker para enro

trella, que era como la cabeza de un clavo, yo la había arrancado del cielo con mi propia mano, parándome en puntas de pies y estirando enormemente el brazo

aminar levantando la tela del cielo con las manos, como dentro de una carpa de techo muy bajo. ?Era esto muy incómodo! Mas sucedió lo que debía suceder. Caído el cielo sobre las luces d

o. La tierra se había hundido en un abismo sin fin y yo seguía corriendo por el plano vacío que ant

ndose y rearticulándose como títeres. Yo mismo me daba cuenta de que perdía en el camino, ora un pie, ora un brazo, ora parte del tronco... No me tomaba el trabajo de recoger estos órganos cuando los veía caerse, y los dejaba detrás de mí, porque iba mu

ron con gestos extravagantes, quién sacándome la lengua, quién escupiéndome una ranita verde en la c

muchas veces aquella dilatadísima ciudad de punta a punta. (Y digo ?dilatadísim

la puerta de una casa de dos piso

CK

cur

me dije inm

ás allá de la puerta de Tucker. Así un automóvil a toda velocidad no puede detenerse de repente, aunque el ?chauffeur? des

a sin poder pararme, me volví a encontrar ante la casa de Tucker. Justo

te. Ahora parecía una ruina y una cueva. Pero no había c

CK

cur

ue retumbaron como truenos y

ije, persignándome a

ojo fulgor de los relámpagos producidos por los aldabonazos, en medio de una profunda obscuridad, me gu

casa tan baja, de dos pisos, tenga una escalera tan

me puse a contar los escalones... Al pasar de los quince mil perdí la cuenta y me sentí un poco

os, el techo, el piso, todo de un blancor de nácar. No habla allí muebles ni puertas, ni personas, ni el más leve objeto, mancha o sombr

o la reconocí en seguida. Era Nanela. Era una alta y hermosísima mujer pálida-la más alta, más hermosa y más pálida mujer del mundo,-toda vestida de blanc

os que te estoy e

la abracé, la besé en sus

?Pobre Nanela!...

ó ella-que el pérfido de Tucker,

de asombro.-Yo creía q

es centellantemente bl

un extra?o, otras mi tío y tutor

iertísimo-agregué atemorizado-que él está en el fondo de la casa, mirá

hándose apresuradamente una mantilla de

yam

amplia escalera de mármol blanco, de la escasa a

ho más alta, obscura y de car

se la baja, esa escalera es como mil

os... ?Qué tenía qu

aunque rígidas e inmobiles, hacíannos al pasar muecas y gestos, unas veces de paz

unté a mi amada-que en es

llo. Sus habitantes s

la idea de que Tucker fuera, ?al mismo tiempo! procurador y noctámbulo. Por

ura está

las encontré, me había olvidado de lo que quería contar. Por eso guardé un largo silencio, en el cual me di

ede explicarse cómo amaneció de pronto, en cuanto e

n sus sepulcros al aparecer la luz indiscreta. Com

iglesia, entramos a c

la

cho, con dientes como de perro o de lobo. En su boca estaba siempre estereotipada la doble risa de un hombre satisfecho de su mesa y de sí mismo. No era más alto que mis rodillas. Para alcanzar al santo tabernáculo tenía que subirse a un banquillo que le colocaba al efecto el sacristán. Cuand

a iglesia, me

ue irnos lejos, muy lejos. Pues ten por seg

onte

cé hondísimo suspiro, exclamando:-?Oh, miserable Tucker! ?oh Tuck

yam

elta al mundo, como si arrolláramos un hilo

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“Pues este libro es un manojo de cuentos y fantasias, escrito en los más varios estados de ánimo. Presenta, puedo decirlo, distintos personages y diversos estilos. Por mi rostro han pasado también las máscaras de lino, ya trágicas, ya ¿no es acaso todo escritor poeta, dramaturgo ó novelista, - la sucesiva encarnación de sus personages? El siente, actúa y habla por ellos, ellos por él. Un autor es un actor en Su usin ceridad no es más que su aptitud de sugestionarse con as máscaras que se suceden sobre su rostro.”
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