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Libros de Moderno para Mujeres

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La Luna de Sofía: Traición y Renacer

La Luna de Sofía: Traición y Renacer

"¿Sofía? ¿Has sabido algo de Jorge?" El teléfono no paraba de sonar, una y otra vez, con la misma pregunta, el mismo tono de urgencia de mis suegros y mi padre. Acababa de dar a luz sola, mi pequeña Luna dormía a mi lado, ajena al mundo y al hombre que nos abandonó. Nadie preguntó cómo estaba yo. Solo por Jorge, mi esposo. La noche que todo se rompió, él miraba la televisión, hipnotizado por la noticia: "LAURA VEGA, DESAPARECIDA EN ZONA DE COMBATE". Laura Vega, su ex, su obsesión. Aquella cuya sombra siempre sentí. Sus ojos no me veían, solo a ella. Su decisión fue instantánea, loca: "Tengo que encontrarla", me dijo mientras yo sentía las primeras contracciones. "¿Qué estás diciendo, Jorge? Soy tu esposa, vamos a tener una hija", le supliqué, pero él ya empacaba, ciego, sordo. El dolor se hizo insoportable, la fuente se rompió, el líquido manchó el suelo. "Jorge, estoy de parto", le dije con la voz rota. Me miró, vio el charco. Una fracción de segundo de duda, luego la maleza de su obsesión le cubrió el rostro. "Llama a una ambulancia, Sofía. Estarás bien", dijo, y siguió empacando. Me apoyé en el umbral, el dolor cada vez más fuerte. "Si cruzas esa puerta ahora", mi voz sonó como hielo, "no vuelvas. Para nosotras, estarás muerto." "Cuando vuelva con Laura, lo entenderás", respondió. Y se fue. Se llevó todo: mi paz, mi confianza, y hasta el último centavo de nuestra cuenta conjunta. Me dejó aquí, sola, a punto de parir, para ir tras una fantasía. "¿Cómo pudiste?", chillaron. "¡Es tu esposo! ¡El padre de tu hija!" "Corazón es lo que a él le faltó", les respondí. El circo mediático, las llamadas, el acoso de su familia, la humillación pública... Era demasiado. Me llamaron fría, sin corazón. ¿Yo? ¿Sin corazón? La traición, el desamparo, el miedo me habían endurecido. Pero mi hija, mi Luna, era mi ancla. Y por ella, no iba a sucumbir. No me iba a derrumbar. No iba a suplicar. Iba a pelear. Iba a desmantelar cada parte de la vida que compartíamos. Iba a recuperar lo que era mío. Y él, Jorge, el "héroe", pagaría las consecuencias.
La Esposa Infiel: Precio del Engaño

La Esposa Infiel: Precio del Engaño

El aire del hospital se hizo pesado la noche en que el doctor nos dio la noticia: "La insuficiencia renal de Manuel es terminal. Necesita un trasplante". Mi hijo, de apenas seis años, se debatía entre la vida y la muerte. La única esperanza era mi hermano menor, Eduardo. Pero el alivio duró poco. Nos citó a mi padre y a mí: "Claro que lo haré, es mi sobrino. Pero tenemos que hablar de la compensación. Quiero dos casas a mi nombre. Diez millones de pesos en efectivo. Y el veinte por ciento de las acciones de tu empresa". Ante su descarada extorsión, mi respuesta fue firme: "No". Mi esposa, Laura, me miraba con horror. "Ricardo, ¿escuchaste lo que dijo el doctor? ¡Manuel se está muriendo!" Mi padre, David, me condenó: "¡Avaro! ¡No puedo creer que seas mi hijo! ¡Siempre has sido un egoísta sin corazón!". Mi madrastra, Carmen, añadía leña al fuego con falsa preocupación. La escena era un circo, y yo el monstruo. La presión se intensificó. Laura se arrodilló ante Eduardo, suplicando: "Te serviré como una esclava por el resto de mi vida, pero por favor, no dejes que muera". Mi padre me amenazó con desheredarme. Laura, desesperada, me sacudió: "¡Es dinero! ¡Puedes ganar más dinero! ¡Pero no puedes recuperar a Manuel! ¡Es nuestro hijo!". Todos mis seres queridos se unieron en un coro para forzarme. La enfermera me pidió el pago de la diálisis y un depósito. Ante los ojos de todos, arrugué la factura y la dejé caer. "No". La bofetada de Laura resonó en el pasillo, su voz hueca anunciaba el divorcio. Con frialdad, bloqueé el dinero de Laura y le arrebaté su última tarjeta de débito: "Ni un centavo mío se gastará en esto". La multitud me juzgaba, llamándome monstruo desalmado por negarme a pagar y arruinar a mi esposa. La desesperación de Laura llegó a su clímax. Eduardo soltó su bomba: "¿Será que el niño no es tuyo? ¿Quizás por eso no te importa?". Laura, entre lágrimas, se arrodilló ante mí, suplicando piedad. La gente gritaba y un hombre corpulento me sujetó. Pero en medio del caos, Laura logró tomar su tarjeta, pagó, y yo solté la verdad: "Manuel no es mi hijo. Y tampoco es tuyo". El campo de batalla estaba listo.
Seis Años Borrada, ¿Regreso por Ti?

Seis Años Borrada, ¿Regreso por Ti?

Seis años. Seis años borrada del mapa, convertida en un fantasma, todo por una misión que me arrebató hasta el rostro. Pero había vuelto. Volvía a México para recuperar lo único que me mantenía viva: a mi hija, Isabella. Desde la distancia, en la entrada del colegio más exclusivo, el "Instituto Cumbres", vi a tres figuras conocidas. Ricardo, mi prometido. Javier, mi compañero de armas. Miguel, a quien veía como un hermano. Mi corazón se desbocó de alegría... hasta que vi a quién corrían a abrazar. Era Camila, una mocosa mimada que humillaba a otra chica. "¡Papi Ricardo! Esta estúpida me tiró el jugo encima a propósito", chilló Camila. Mis oídos zumbaban. ¿"Papi Ricardo"? ¿Quién era esta niña? Busqué a Isabella entre la multitud, desesperada, pero no la encontré. Javier, el que protegía mi espalda, miró con desdén a la chica agredida. Miguel le limpiaba una imperceptible mancha a Camila. "Elena", la llamó Javier. La tal "Elena" era delgada, esquelética, con un uniforme desgastado. La secretaria de Ricardo me confirmó que "Isabella Morales" estaba perfectamente y que Ricardo la estaba recogiendo de la escuela. Mi sangre se heló. Si Camila era "Isabella"... ¿quién era Elena? Vi a Camila pisotear la manzana de Elena, mientras Ricardo, Javier y Miguel reían. La dejaron tirada, humillada y sola. Fue entonces cuando la vi. En la forma en que su mandíbula se apretaba para no llorar, vi el rostro de su padre. El padre de Isabella. Y luego, Guadalupe, la nana de Isabella, apareció, más opulenta que nunca. "¡Muévete, inútil!" le espetó a Elena, abofeteándola. "¡Eres la hija de una ladrona y una muerta de hambre!" En los ojos de Elena, en su dolor y su desafío, mi alma se partió. No era un parecido. No era un fantasma. ¡Era mi hija! ¡Mi Isabella! La furia helada me poseyó. La agente que fui despertó. "¡SUÉLTALA!" grité, saliendo de mi escondite. No sabía qué había pasado en estos seis años, pero juraba que iba a quemar el mundo entero para recuperar a mi hija. Esto no se quedaría así.
Su Promesa, Su Prisión

Su Promesa, Su Prisión

El día que salí del reclusorio, mi prometido, Damián Ferrer, me estaba esperando, prometiéndome que nuestra vida por fin iba a comenzar. Hace siete años, él y mis padres me suplicaron que me echara la culpa de un crimen que cometió mi hermana adoptiva, Sofía. Se puso al volante borracha, atropelló a alguien y se dio a la fuga. Dijeron que Sofía era demasiado frágil para la cárcel. Llamaron a mi sentencia de siete años un pequeño sacrificio. Pero en cuanto llegamos a la mansión familiar en Polanco, sonó el teléfono de Damián. Sofía estaba teniendo otro de sus "episodios", y me dejó sola en el gran vestíbulo para correr a su lado. El mayordomo me informó entonces que debía quedarme en el polvoriento cuarto de servicio del tercer piso. Órdenes de mis padres. No querían que alterara a Sofía cuando regresara. Siempre era Sofía. Por ella me quitaron el fondo de mi beca universitaria, y por ella perdí siete años de mi vida. Yo era su hija biológica, pero solo era una herramienta para usar y desechar. Esa noche, sola en esa habitación diminuta, un celular barato que me dio un guardia de la prisión vibró con un correo electrónico. Era una oferta de trabajo para un puesto clasificado que había solicitado hacía ocho años. Venía con una nueva identidad y un paquete de reubicación inmediata. Una salida. Escribí mi respuesta con los dedos temblorosos. "Acepto".
La Mujer Despreciada Por Su Familia

La Mujer Despreciada Por Su Familia

El olor metálico de la sangre llenaba mis fosas nasales, espeso y mareador. Estaba tirada en el frío suelo de mármol de mi propio recibidor, con un dolor agudo que me partía el abdomen. Desde el suelo, vi sus pies: los carísimos zapatos italianos de Ricardo, mi prometido, y los tacones de aguja de Elena, mi propia hermana, posicionándose a centímetros de mi cara. "Ricardo, ¿está bien? Se golpeó muy fuerte" , susurró Elena, con una falsa preocupación que me revolvió el estómago, mientras la boca de Ricardo devoraba la suya, ignorando mi cuerpo casi inerte. El dolor de la traición era mil veces peor que el golpe. Dos días después, en el hospital, la enfermera me confirmó lo inevitable: "Lamento informarle que perdió el embarazo" . Regresé a casa, la escena de mi dolor, para encontrarlos en la cocina, riéndose, Elena con una de mis batas de seda, Ricardo dándole fresas con una ternura que nunca me había mostrado. Ellos me vieron, Elena puso su máscara de actriz y Ricardo, ni se molestó en fingir. Abrí Instagram en mi nuevo teléfono y vi la prueba de su traición documentada para todo el mundo, mientras yo yacía en un hospital: "Encontrando la felicidad en los lugares más inesperados. A veces, el amor verdadero tarda en revelarse" , decía una de las fotos. La náusea subió por mi garganta, y con ella, una pregunta que me quemaba la garganta: "¿Dónde está mi vestido? ¿El que robaron?". Ricardo se rio, cruel: "¿Bebé? No seas dramática, Sofía. Fue un accidente. Además, ¿cómo sabes que era mío?" . Esa fue la última gota. Mientras empacaba mis cosas, Ricardo bloqueó la puerta, exigiendo que me quedara, acusándome de estar "histérica" . Le di una bofetada. En ese momento, su teléfono sonó, era Elena, fingiendo un malestar para arrastrarlo de vuelta a su lado. Cuando él volvió a subir, mi hijo, Leo, apareció en la puerta, manipulado, repitiendo lo que Elena le había dicho: "¡Mi mamá está llorando! Dice que eres mala. Que la quieres lastimar. ¿Por qué eres tan mala, tía Sofía?" . Mirando a Ricardo, dije con una calma que lo desarmó: "No tenemos nada de qué hablar. Quiero el divorcio" . Él se burló: "¿Divorcio? Ni siquiera estamos casados. Y si te vas, te vas sin nada. Todo está a mi nombre, ¿recuerdas?" . "No quiero tu dinero. Quiero mi libertad" . Mi madre me llamó, furiosa, confirmando mi desvío como peón defectuoso: "¡Inútil! ¡Siempre has sido una inútil! ¡Tu hermana, ella sí sabe cómo conseguir lo que quiere! ¡Tú solo sabes dibujar tus garabatos estúpidos!" . Colgué. "Tú dejaste de ser mi madre hace mucho tiempo" . Con la maleta en la mano, me juré que no volvería a mirar atrás.
Soy Heredero de Millonario!

Soy Heredero de Millonario!

Soy Miguel Ángel, un naco, un obrero que se partía el lomo por Isabella. Ella era la mujer más hermosa que había visto, mi novia, mi todo. Durante cinco años, cada centavo que ganaba lo guardaba para nuestro futuro, para la boda que me ilusionaba. Le propuse matrimonio una y otra vez, pero ella siempre posponía, con excusas sobre la casa de su hermano y una boda "decente" . Yo confiaba ciegamente, cediendo mis ahorros a ella y su familia, a sus "negocios" que nunca prosperaban. Hasta que mi padre se desplomó. Necesitábamos dinero urgente para su operación y la cuenta, la que Isabella manejaba, estaba vacía. Ella me confesó que había usado todo para el negocio de tacos de su hermano. "Era para nuestro futuro, Miguel" , dijo. Pero el "futuro" de ella y su familia había puesto en riesgo la vida de mi padre. La ira me consumió, pero sus lágrimas, como siempre, me desarmaron. Intenté razonar, pedirle que vendiera algo de lo suyo, pero la frialdad de su respuesta me heló la sangre. "Podrías… podrías vender la casa de tus padres" , sugirió, como si fuera lo más normal del mundo. Cuando me negué, me gritó, "¡Porque no me amas! ¡Cinco años de mi vida desperdiciados contigo!" . Luego, destrozó una foto nuestra, rompiendo nuestro pasado. "Se acabó, Miguel Ángel" , dijo, "Tú y yo, hasta aquí llegamos" . Horas después, me exigió que le devolviera su juventud, su tiempo… su descaro. Así me abandonó, como mi cartera vacía, mis bolsillos sin nada, y mi dignidad por los suelos. Pero el verdadero infierno apenas comenzaba. Unos días después, dos matones me esperaban en la puerta de mi departamento. "Le debes una buena lana al patrón" , dijeron, con mi firma y mi huella en un contrato de préstamo por cien mil pesos. Isabella no solo me había robado mis ahorros, ¡me había endeudado hasta el cuello! Estaba destrozado, sin dinero, mi padre en el hospital, y los cobradores amenazando a mi familia. El pánico me invadió, ¡estaba perdido! Justo cuando pensaba firmar mi sentencia de muerte, la puerta se abrió de golpe. Entró una docena de hombres de traje. Y detrás de ellos, un anciano con una mirada penetrante. "¿Quién eres tú para tocar a mi nieto?" , preguntó con voz tranquila pero llena de autoridad. "Soy tu abuelo, lamento haber tardado tanto en encontrarte" . Así fue como el naco Miguel Ángel murió, y Miguel Ángel Herrera renació de las cenizas.