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Libros de Romance para Mujeres

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Después de que mi esposo me engañó, me casé con su mayor rival

Después de que mi esposo me engañó, me casé con su mayor rival

Durante tres años fui la esposa trofeo perfecta: sumisa, elegante y silenciosa como un mueble más en la Mansión Alcázar. Pero todo se derrumbó la noche que encontré un largo cabello rubio en su saco y leí el mensaje de su amante: "Ya te extraño". Lo seguí al exclusivo Club Obsidiana, esperando un error, pero encontré una ejecución pública. Emiliano se reía con sus amigos mientras acariciaba a Berenice, una niña rica y caprichosa, burlándose de mí: "Viviana es solo un adorno temporal. Una cazafortunas que tuvo suerte". La humillación no terminó ahí. Su madre me obligó a jugar ajedrez contra su amante para "ganarme" mi lugar, y cuando gané, Emiliano estalló. Bajo la lluvia torrencial, me empujó brutalmente por las escaleras de piedra. Sentí cómo mi columna crujía contra el borde, el dolor cegándome mientras él me miraba con asco. "Levántate, eres patética", me escupió antes de dejarme tirada en el frío y volver con ella. Huí en mi auto, cegada por las lágrimas, hasta estrellarme contra la barandilla. Pensé que era el final, hasta que una puerta se abrió y un paraguas negro cubrió la lluvia. No era un paramédico. Era Maximiliano Villarreal, el enemigo mortal de mi esposo y el tiburón más peligroso de la ciudad. Me miró a los ojos, vio mi sangre y mi odio, y sonrió. "El enemigo te tiene, Señora Alcázar". Esa noche, Viviana la esposa murió. Y nació la tormenta que destruiría el imperio Alcázar.
El Vientre Robado

El Vientre Robado

Isabela Rojas y Mateo Vargas, cinco años de casados, con un acuerdo inquebrantable: no tendrían hijos. Pero la llegada inesperada de dos gemelos adoptados, Leo y Luna, trajo una chispa de esperanza a Isabela, haciéndola soñar con la maternidad biológica. Por ello, Isabela acudió a una clínica de fertilidad. Allí, el ginecólogo le reveló una verdad escalofriante: su útero había sido extirpado hace cinco años. El consentimiento para esa operación, disfrazada de "intervención menor" , lo había dado su propio esposo, Mateo. Esa misma noche, oculta, Isabela escuchó a Mateo confesar: su útero había sido trasplantado a Valeria Montes, la hija de un socio, para que esta diera a luz a los verdaderos herederos de los Vargas. La supuesta enfermedad terminal de Valeria era una mentira. La vida de Isabela se convirtió en una tortura dentro de su propia casa, sufriendo humillaciones constantes y dos intentos de asesinato. ¿Cómo podía el hombre a quien amaba y en quien confiaba ciegamente haberla mutilado, traicionado de la manera más cruel imaginable y usado su cuerpo para sus propios fines retorcidos? La sorpresa se trocó en confusión, luego en dolor devastador y, finalmente, en una ira helada. Consumida por la rabia y el deseo de venganza, Isabela dejó de ser una víctima. Contactó secretamente a un abogado y, reuniendo pruebas delictivas y videos incriminatorios, se preparó para destrozar el imperio de mentiras de Mateo. La guerra acababa de empezar.
Lo que su amor traicionero se llevó

Lo que su amor traicionero se llevó

En el quinto aniversario de la muerte de mi padre, descubrí que mi prometido, Alejandro, me estaba engañando con mi hermana, Sofía. La traición se vio agravada por un segundo secreto, aún más devastador: Sofía estaba embarazada de él. Todo esto, mientras yo también, en secreto, esperaba un hijo suyo. Él me juraba lealtad, llamando a la traición el pecado supremo, mientras planeaba un futuro con ella. Frente a mí, la describió como un "capricho infantil", para luego correr a su lado por una "emergencia familiar". Lo seguí y los vi abrazarse, lo escuché prometerle fuegos artificiales y mi vida entera. Vi cómo ella le entregaba un regalo, y luego él la cargó para entrar a la casa. La puerta se cerró, guardando su secreto y destrozando mi mundo por completo. Mi hermana me envió entonces una foto de su ultrasonido, retándome a que me fuera en silencio. Creyó que había ganado. Pero no sabía que yo ya había hecho una llamada. Tres días después, mientras Alejandro esperaba con una Sofía visiblemente embarazada en la capilla donde debíamos casarnos, vio mi coche pasar a toda velocidad. Su rostro se desfiguró por el horror al darse cuenta de que me había ido. No solo lo estaba dejando, estaba desapareciendo por completo. Tres años más tarde, regresé. Ya no era su prometida, sino la Dra. Cruz, una estratega poderosa a la que no podía tocar. Y él era solo un hombre desesperado por recuperar lo que había destruido.
El Halcón Herido: Venganza de Amor

El Halcón Herido: Venganza de Amor

Mi nombre es Ricardo, y en el mundo de los negocios, me conocían como "El Halcón". A mis treinta años, vivía la vida que muchos envidiarían: una mansión, autos de lujo, y Sofía, mi hermosa esposa. Acababa de cerrar el negocio más grande de mi carrera, sellando nuestra fortuna. Pero la mañana siguiente, una llamada de mi corredor de bolsa lo destrozó todo: la información de envío se había filtrado, y lo perdimos. Solo tres personas, además de mí, conocían esa información: mi madrastra, Dolores; mi esposa, Sofía; y su hijo, Rogelio. Para colmo de males, encontré un USB en mi despacho. En él, un video de Sofía y Rogelio en mi propia cama, riéndose. "¿Viste la cara de idiota que puso cuando le dije que lo amaba?", decía ella. "El estúpido de Ricardo ni siquiera sospecha que el hijo que esperas es mío. Cree que será padre, el pobre imbécil", respondió Rogelio entre risas. No solo me habían robado la fortuna; me habían robado la dignidad, el futuro, y mi paternidad. La mujer que amaba era su amante, y juntos, orquestaron mi destrucción. Esa noche, Rogelio me llamó. Su voz, arrogante. "Hola, hermanito. Solo llamaba para decirte que Sofía es increíble en la cama. Mucho mejor de lo que jamás serás tú. Ah, y el bebé se parecerá a mí, para que cada vez que lo veas, te acuerdes de quién es el verdadero hombre en esta casa." Colgué, el último trozo de mi corazón se hizo cenizas. La guerra acababa de empezar.
Un Amor Verdadero Florece

Un Amor Verdadero Florece

Mi matrimonio de tres años con Mateo Rojas era una farsa perfecta. Cada noche, al pretender dormir en una cama donde las sábanas se sentían tan frías como su indiferencia, anhelaba una conexión, un simple toque que nunca llegaba. Hasta que una noche, la farsa se desmoronó, y la verdad estalló en un grito desesperado: "¡Quiero el divorcio!" Esperaba una pelea, una explicación, cualquier cosa menos el silencio gélido de su aceptación. Su hermana Isabella, la única aliada en ese gélido clan, me confirmó lo que mi corazón ya intuía: era una "esposa trofeo", la fachada impecable que él necesitaba. Pero la fachada tenía un propósito mucho más oscuro, una verdad que ni en mis peores pesadillas hubiera imaginado. Dispuestas a huir y empezar de nuevo en España, regresé a la mansión para empacar y escuché un gemido ahogado. Un gemido que provenía de la habitación de invitados. Con el corazón latiéndome a mil, me asomé por la rendija de la puerta entreabierta. Y entonces, mi mundo se hizo pedazos. Allí estaba Diego, el hermano adoptivo de Mateo, y mi esposo. Mateo, de rodillas, con un vibrador rosa en la mano, un gemido ahogado de su propio hermano. No era una mujer. Era Diego. Mi matrimonio, mi vida, mi amor. Todo había sido una cruel puesta en escena para ocultar una verdad retorcida, un amor prohibido. La bofetada que le di a Diego por cortarme el pelo, el dolor, la humillación, y los golpes que le siguieron, fueron solo una prueba más de que mi vida era un infierno. Mateo me encontró inconsciente, pero en lugar de protegerme, me culpó y defendió a su amante. "No te lo tomes a pecho. Es un niño malcriado", dijo, justificando la violencia. ¿Un niño malcriado? ¿Después de que me golpeó con una botella y casi me mata? La burla de Diego en el desayuno, su complicidad con Mateo, hizo que un dolor inmenso me invadiera. Por la noche, la vi de nuevo. La pasión en los ojos de Mateo mientras besaba a Diego, una ternura que nunca me había mostrado a mí. Ese era el verdadero Mateo, no el hombre frío que me negaba un beso. Todo este tiempo había sido ciega. Ciega de amor, ¿o de miedo? Pero la venda finalmente cayó. Ahora entiendo por qué no te quería a ti. Porque él me quiere a mí. Y por eso, Mateo, te voy a destruir.