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Libros de Suspense para Mujeres

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Su Venganza, Su Vida Arruinada

Su Venganza, Su Vida Arruinada

Mi hijo estaba muerto. El informe oficial lo llamó suicidio, una sobredosis. Pero yo sabía que era mentira. Yo era Perito en Criminalística y yo misma había procesado su cuerpo. La evidencia gritaba asesinato. Apelé siete veces, presentando pruebas irrefutables en cada ocasión. Cada vez, el Fiscal General Bernardo Serrano me cerró la puerta en la cara, descartando mi dolor como un delirio. El sistema al que había servido durante veinte años estaba protegiendo a un asesino. Así que tomé la justicia por mi propia mano. Secuestré a la hija del Fiscal General, Dalia Serrano, y transmití mis exigencias al mundo. Por cada oportunidad que él desperdiciara, yo usaría una herramienta forense en ella, desfigurándola permanentemente. El mundo observaba, horrorizado, mientras le engrapaba el brazo, luego lo cauterizaba, y dibujaba finas líneas rojas en su piel con un bisturí. Trajeron a mi antiguo mentor, el Dr. Herrera, y a la novia de mi hijo, Alejandra, para convencerme, para pintar a mi hijo como un depresivo, para presentar una nota de suicidio fabricada. Por un momento, vacilé, aplastada por el dolor de ser una "mala madre". Pero entonces lo vi: un mensaje oculto en su "nota de suicidio", un código secreto de su libro favorito de la infancia. No se estaba rindiendo; estaba pidiendo ayuda. Habían torcido su súplica hasta convertirla en una mentira. Mi dolor se consumió, reemplazado por una determinación inquebrantable. —No acepto esta nota —declaré, presionando el cauterizador contra la pierna de Dalia mientras los federales irrumpían.
El Desprecio de Mi Adelita

El Desprecio de Mi Adelita

El olor a tierra mojada y a llanta quemada todavía se aferraba a mi nariz. La camioneta de Lupita se detuvo a centímetros de mi cabeza, dejándome destrozado, un amasijo de huesos rotos bajo su peso. Desde el suelo, vi a Lupita, mi "Adelita", bajar del vehículo, con una calma aterradora, sin una pizca de preocupación. "¿Por qué, Lupita?" , apenas pude susurrar, mientras mi visión se desvanecía. Ella ni siquiera me miró; sus ojos fijos en Ricardo "El Rico" Sánchez, mi rival de jaripeos, el "compadre" de toda su vida, quien se acercaba para abrazarla en posesión descarada. "Porque ya no te necesitamos, Alex" , dijo Ricardo, con una voz llena de triunfo que aún no comprendía. Por primera vez, Lupita bajó la mirada hacia mí, y en sus ojos vi un desprecio frío y calculado que me heló la sangre. "Tres años, Alex" , su voz tan plana como una lápida, "Tres años cuidándome, haciéndote el mártir. Todo para esto." Un dolor mucho más profundo que el de mis huesos rotos me atravesó, el "castigo del don", la maldición que venía con mi habilidad. Ricardo se burló, "¿De verdad creíste que una mujer como Lupita se iba a quedar con un lisiado como tú por amor?" Lupita sonrió, una mueca torcida y fea. "Te lo advertí, compadre. Te dije que era demasiado noble, demasiado tonto." Me aferré a un recuerdo: hace tres años, en el jaripeo, salvé a Lupita de un toro desenfrenado, destrozando mi carrera taurina. "¿Accidente?" , se burló Lupita. "No hubo ningún accidente, Alex. Todo fue planeado. Necesitábamos que renunciaras a tu don, que te quedaras vulnerable." Ricardo se arrodilló a mi lado. "Tu habilidad con los caballos, con el lazo. Esa conexión mágica que te hacía el mejor. No es solo talento, ¿verdad, Alex? Es un 'sistema', un poder que te da éxito. Y ahora," sonrió, mostrando sus dientes blancos, "es nuestro." Todo había sido un engaño: su devoción, mi "accidente", los tres años a su lado como un perro fiel, cuidándola y amándola. Fue un plan meticuloso para robarme mi "don de charro" y con él, vivir para siempre en la gloria de los jaripeos. "Ahora yo seré el campeón" , dijo Ricardo. "Viviremos para siempre, Alex" , añadió Lupita, con una chispa de locura en los ojos. "En la cima. Sin dolor, sin limitaciones." La traición fue tan vasta que casi ahogaba mi dolor físico; mi amor, mi amistad, mi carrera, mi futuro, todo reducido a una vil mentira. Miré la casa y el rancho que mi abuelo me heredó, las luces encendidas; ya no eran míos. En medio de mi agonía, una idea extraña y liberadora se apoderó de mí: ellos querían el don, pero desconocían el tormento que traía consigo. "¿Lo quieren?" , dije, mi voz extrañamente fuerte. "Tómenlo. Es suyo." En mi mente, concentré mi energía en el don, deseando que se transfiriera a ellos y los consumiera. Quería liberarme, aunque fuera lo último que hiciera. Lupita y Ricardo sonrieron con codicia, sin idea del infierno que acababan de heredar.
El hijo bastardo de él, la fortuna robada de ella

El hijo bastardo de él, la fortuna robada de ella

Encontré el documento por accidente. Aiden estaba lejos y yo estaba buscando los viejos aretes de mi madre en la caja fuerte, cuando mis dedos rozaron una gruesa y vieja carpeta que no reconocía. No era mía. Una etiqueta señalaba que era el "Fideicomiso de la Familia Herrera". Allí, se establecía que el principal beneficiario de la inmensa fortuna de Aiden no era yo, su esposa desde hacía siete años, sino un niño de cinco años llamado Leo Herrera. Además, la tutora legal de ese niño estaba listada como la segunda beneficiaria. Y esa persona era Haven Herrera, mi cuñada adoptada. El abogado de mi familia lo confirmó una hora después. Era un movimiento real, y estaba blindado. De hecho, se había establecido cinco años atrás. Al enterarme de eso, el celular se me resbaló de las manos, y un entumecimiento se apoderó de mí. Me había pasado siete años justificando la locura de Aiden, sus ataques de ira, su posesividad, creyendo que solo se trataba de una forma retorcida en la que me demostraba su amor. Me moví a trompicones por la fría y silenciosa mansión, hacia el ala este, donde escuchaba risas. A través de las puertas de cristal, los vi: Aiden tenía a Leo sentando en su rodilla, y Haven estaba a su lado, con la cabeza sobre su hombro. Junto a ellos, sonriendo y mimando al niño, estaban los papás de mi esposo, mis suegros. Eran la familia perfecta. "Aiden, finalmente se formalizó la transferencia de los activos de los Knox al fideicomiso de Leo", dijo su padre, alzando una copa de champaña. "Todo está bien sellado". "Así es", contestó mi marido, con calma. "El dinero de la familia de Charlotte siempre le perteneció al heredero de la familia Herrera". Estaba hablando de mi herencia, del legado de mi familia. Lo había transferido todo a su hijo bastardo. Había usado mi dinero para asegurar el futuro del resultado de su traición. Y todos lo sabían; de hecho, lo habían ayudado a conspirar en mi contra. Además, me di cuenta de que su ira, su paranoia, su enfermedad, no eran para todos. Básicamente era un infierno que había reservado solo para mí. Me alejé de la puerta, con el cuerpo tan frío como el hielo, y regresé corriendo a nuestra recámara, esa que habíamos compartido por siete años, y cerré la puerta. Miré mi reflejo, al fantasma de la mujer que alguna vez fui, mientras una promesa se articulaba en mis labios. "Aiden Herrera, nunca te volveré a ver", susurré.
El Último Adiós y una Farsa

El Último Adiós y una Farsa

El aire en la capilla, denso con lirios y la tristeza de mi padre fallecido, un respetado detective, era casi insoportable. Estaba de la mano de mi madre, intentando mantener la compostura en lo que debía ser un adiós digno. Pero en ese instante, las puertas se abrieron estrepitosamente, y Camila, una influencer con un vestido rojo escandaloso, irrumpió en el lugar. Con una sonrisa cínica, se paró frente al ataúd y soltó una bomba: "He venido a despedirme del padre de mi hijo, estoy embarazada y él es el padre." Las palabras cayeron como piedras sobre mi madre, quien palideció, mientras un torbellino de rabia me inundaba. Sabía que era una mentira monstruosa, porque mi padre, adoptivo, era estéril, un secreto doloroso que solo nosotras conocíamos. Camila, aprovechando el shock de todos, incluyendo a los periodistas, exigió la herencia y el apellido, humillándonos públicamente. La pesadilla continuó en nuestra casa, ella y Doña Elena, la dueña de la agencia de modelos, la acompañaban y se movían como si la casa ya fuera suya, planeando redecorar y exigiendo lujos. Mi padre, al que todos creían conocer, estaba siendo deshonrado por una farsa brutal, utilizando un reloj que era un regalo de aniversario y una foto manipulada como "pruebas." El daño era inmenso, la opinión pública nos destrozaba, y mi madre se estaba marchitando. Atrapada y sin saber qué hacer, fui a confrontar a Camila, revelando parte del secreto: "Mi padre no podía tener hijos." Con una locura en sus ojos, ella destrozó la urna con las cenizas de mi padre, gritando que pidiéramos la exhumación de su cuerpo para "probar" la infertilidad. Fue entonces cuando las camionetas negras se detuvieron afuera, y de una de ellas descendió "El Jefe", el capo de la droga más poderoso del país. Su sola presencia disolvió el caos, y su mirada hizo que la arrogancia de Camila se desvaneciera. "El Jefe" no la castigó por la mentira del embarazo, sino por su "mal gusto" y falta de respeto en un funeral, ordenando a sus hombres que se la llevaran para "enseñarle modales." La victoria se sentía frágil, más aún cuando Camila gritó algo sobre un "él" que vendría a quitarnos todo. Y llegó Ricardo, el fiscal, con Camila y hombres para exhumar el cuerpo de mi padre, revelando una vieja cicatriz que Camila retorció como prueba de su "debilidad." No tuve otra opción que gritar la verdad: "Mi padre, el detective, era estéril." Ricardo y Camila intentaron usar mi verdad para acusar a mi padre de fraude. Pero "El Jefe" regresó con más hombres, revelando videos y transferencias bancarias que exponían la conspiración criminal de Camila, Ricardo y Doña Elena. Atrapada en su propia mentira, Camila y sus cómplices fueron arrestados por la policía honesta que "El Jefe" había alertado, y el honor de mi padre fue restaurado. De rodillas frente a la tumba abierta, abotoné la camisa de mi padre, devolviéndole su dignidad. "Se acabó, papá. Descansa en paz," susurré, mi voz rota por las lágrimas liberadas. "Su padre estaría orgulloso de usted, Sofía," dijo "El Jefe", y supe que había encontrado mi propia fuerza.
El día que morí y renací

El día que morí y renací

A Sofía Garza le faltaba el aire, sentía una presión asfixiante en el pecho. Su hijo de seis años, Leo, la miraba con el rostro pálido de terror. Shock anafiláctico. Empeorando a cada segundo. Ahogándose, logró pronunciar el nombre de su esposo, Marcos, rogándole que llamara al 911. —¡Mami no puede respirar! —gritó Leo al teléfono. Pero Marcos, ocupado en una junta de "negocios" con su amante, Valeria, desestimó la llamada con indiferencia, diciendo que era solo un "ataque de pánico". Minutos después, volvió a llamar: la ambulancia que supuestamente había pedido para Sofía ahora iba en camino a recoger a Valeria, quien solo se había "tropezado" y torcido un tobillo. El mundo de Sofía se hizo añicos. Leo, un héroe en su pequeño corazón, salió corriendo a buscar ayuda, solo para ser atropellado por un coche. Un golpe seco y espantoso. Ella lo vio todo, como un fantasma en su propia tragedia, mientras los paramédicos cubrían su pequeño cuerpo destrozado. Su hijo se había ido, porque Marcos eligió a Valeria. Devastación. Horror. Culpa. La imagen de Leo la atormentaba, marcada a fuego en su alma. ¿Cómo podía un padre, un esposo, ser tan monstruosamente egoísta? Un arrepentimiento amargo y devorador le carcomía el alma. Valeria. Siempre Valeria. Entonces, Sofía abrió los ojos de golpe. Estaba en el suelo de su sala. Leo, vivo y sano, entró corriendo. Era una segunda oportunidad, aterradora e imposible. Ese futuro catastrófico no ocurriría. Recuperaría su vida, protegería a su hijo y haría que pagaran.
Venganza de La Madre Monstruo

Venganza de La Madre Monstruo

El dulce aroma a palomitas llenaba el centro comercial, un olor a fines de semana y felicidad mientras mi pequeño Leo, de seis años, me arrastraba hacia el foso de bolas. Con mi marido Máximo al teléfono, inmerso en sus "negocios que cambiarían nuestras vidas", apoyé la cabeza en su hombro, soñando con la simple felicidad de nuestro hijo. De repente, un grito agudo rompió el murmullo, y la encargada salió corriendo: "¡Un asesinato! ¡Un niño... en el foso de bolas!" Mi corazón se detuvo al ver a Leo, inmóvil, su camiseta de dinosaurios manchada de un rojo oscuro y horrible. Me desperté en una sala sin ventanas, acusada de su asesinato. Un vídeo desgarrador me mostraba, o a una mujer idéntica a mí, apuñalando a mi propio hijo. Mi marido, con quien creía compartir mi vida, testificó en mi contra, afirmando que "yo no estaba bien". Mi historial de depresión posparto se usó para pintarme como un monstruo, y la psicóloga asignada, Sofía Salazar, me hipnotizó, implantando recuerdos vívidos de la atrocidad, obligándome a confesar un crimen que mi corazón gritaba que no había cometido. ¿Cómo era posible? ¿Cómo mi propia memoria, mi propio amor por Leo, pudo traicionarme así? ¿Por qué nadie me creía? ¿Era la locura tan silenciosa que me había consumido sin darme cuenta? Entonces, al ser arrastrada ante la multitud, vi sus ojos. Los mismos ojos fríos y calculadores que había visto en mi "reflejo" distorsionado. Una furia primordial me invadió, arrancándome de las manos de los policías, y grité una verdad que haría temblar los cimientos de sus mentiras: "¡Ella lo hizo! ¡Sofía Salazar! ¡Ella y mi marido! ¡Están juntos!" La hora de la víctima había terminado; la hora de la madre que buscaba justicia acababa de empezar.
Mi Otro Yo Asesino

Mi Otro Yo Asesino

"Están muertas. Mis cinco compañeras de piso. Están todas muertas", susurré al 112, mi voz temblorosa en la oscuridad de la madrugada. Yo era la única superviviente de aquella "última cena". Pero la policía no tardó en mirarme diferente. De víctima a principal sospechosa. El Inspector Castillo puso un audio: el grito desesperado de mis amigas mientras morían, pronunciando mi nombre: "¡Lina, para!", "¡Lina, despierta!". Y no solo eso. El descubrimiento de un grupo de WhatsApp donde me llamaban "la sombra" y se burlaban de mí, añadiendo un poderoso motivo a la ecuación: la venganza. Yo, que solo quería ser su amiga, ¿era capaz de algo así? ¿Por qué la grabación decía mi nombre si yo juraba haber estado dormida? No recordaba mi tarjeta de acceso usándose esa noche, ni un vídeo granulado donde mi "doble" arrojaba pruebas a un contenedor. Ni el dibujo macabro en mi habitación: "Si ellas desaparecieran, por fin habría silencio. Esto no es un final, es una liberación". Todo me apuntaba. Pero un mensaje anónimo, "Ella no es ella. ¿Has olvidado lo que pasó en la feria de Málaga?", desenterró una verdad que mis padres habían ocultado: mi historial psiquiátrico. Yo tenía un trastorno de identidad disociativo. No era yo. Era "ella". La otra, la que me protegía. Y la que las mató. Ahora estoy encerrada, preguntándome cada noche: ¿cuándo volverá a despertar?
Amor envenenado, Justicia amarga

Amor envenenado, Justicia amarga

Mi madre, una enfermera que dedicó cuarenta años a cuidar de los demás, fue envenenada y abandonada para que muriera después de una gala de beneficencia. La responsable, Keyla de la Torre, se presentó en el tribunal con una máscara de inocencia y lágrimas, alegando que había sido en defensa propia. ¿El verdadero horror? Mi esposo, Gerardo Garza, el mejor abogado de la Ciudad de México, era quien defendía a Keyla. Hizo pedazos el buen nombre de mi madre, retorciendo la verdad hasta que el jurado creyó que Keyla era la víctima. El veredicto llegó como un rayo: "No culpable". Keyla abrazó a Gerardo, y por un instante, una sonrisa de triunfo cruzó su rostro. Esa noche, en nuestra fría mansión en las Lomas, lo confronté. "¿Cómo pudiste?", le dije con la voz rota. Él, con una calma que helaba la sangre, respondió: "Era mi trabajo. Keyla es una clienta muy importante". Cuando le grité que ella había intentado matar a mi madre, me amenazó. Dijo que usaría los expedientes médicos confidenciales de mi mamá, su historial de depresión, para pintarla como una mujer inestable y con tendencias suicidas. Estaba dispuesto a destruir su memoria para proteger a su clienta y su carrera. Estaba atrapada, humillada, con el corazón destrozado. Él había sacrificado a mi madre por su ambición, y ahora intentaba borrarme a mí. Pero mientras firmaba los papeles de divorcio que él ya tenía listos, un plan salvaje y desesperado comenzó a tomar forma en mi mente. Si querían que desapareciera, iba a desaparecer. Y luego, los haría pagar.
El donante me quitó la vida

El donante me quitó la vida

Yo era Ariadna Valdés, un portento de la tecnología, un genio celebrado en el "Silicon Valley" de Monterrey, con un esposo que me adoraba, Damián, y el mejor amigo más leal del mundo, Cosme. Mi universo era perfecto, hasta que una extraña y agresiva enfermedad hepática amenazó con arrebatármelo todo. Me prometieron que me salvarían, y lo cumplieron. Tres años de lucha, un trasplante exitoso, y por fin estaba sana, lista para darles la sorpresa de sus vidas. Pero cuando llegué a mi penthouse, un guardia de seguridad me detuvo, asegurando que la señora Herrera ya estaba arriba. Mi sonrisa se congeló cuando me mostró una foto: Karla Gutiérrez, mi donante de hígado, de pie en mi balcón, luciendo exactamente como yo. El mundo se me vino encima. Me tambaleé, golpeándome la cabeza, mientras la voz de Damián resonaba en la radio del guardia, ordenándole que se deshiciera de la "loca" que estaba molestando a Karla, su "esposa". Estaban en mi casa, en mi cama, en el penthouse que Damián diseñó para mí. Karla, la mujer por la que sentí lástima, la que juraba no aceptar caridad, ahora vivía mi vida, con mi esposo y con el hombre que era como mi hermano. El dolor en mi cabeza no era nada comparado con la agonía que me desgarraba el pecho. Mi esposo, mi hermano... estaban juntos en esto. La traición era absoluta. Fue entonces cuando supe que mi mundo perfecto era una mentira podrida, y que yo no era más que un estorbo que había que manejar.