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Engaño y traición: su dulce castigo

Engaño y traición: su dulce castigo

Mi dedo se deslizó sobre la tablet, diseñando un vestido de noche, pero mi mente estaba lejos. Sentía una mirada fría, invisible, persiguiéndome. Ricardo, mi prometido, lo llamaba paranoia, secuelas del accidente que me dejó en silla de ruedas. Pero mi instinto me gritaba que algo andaba muy mal. En su estudio, buscando un boceto, mi mano tropezó. Debajo de una estantería, pegada con cinta negra, había una cámara diminuta. Mi respiración se cortó. No hubo grito. Solo un silencio más profundo, helado. Encontré doce en mi propia casa: ojos electrónicos que me desnudaban día y noche. La ira me invadió, congelando mi sangre. Esa noche le sonreí a Ricardo, una máscara frágil. "Mi amor, mañana pasaré el fin de semana con mi tía. Necesito un cambio de aires." Me besó la frente. Mi piel se erizó de repulsión. Pero yo no fui a casa de mi tía. Desde la ventana de un hotelucho enfrente, usé mi teléfono para monitorear sus propias cámaras. No tardó. El auto de Ricardo volvió. Una mujer alta y esbelta bajó: Lucía, una de sus modelos, la misma de sus campañas. Entró en mi casa, descalza, se dejó caer en mi sofá. El audio era nítido. "¿Estás seguro de que no volverá antes?", preguntó Lucía, su voz melosa. "Tranquila", respondió Ricardo. "La tonta se cree todo. Su paseo de inválida siempre es el mismo. Tenemos tiempo." Lucía soltó una carcajada fea. "Por favor, Ricardo, ¡una inválida como ella tardaría horas en dar una vuelta a la manzana! Apenas puede mover los brazos." "No hables así de ella, Lucía. Sofía es mi línea roja." Lucía puso los ojos en blanco. "Esa línea roja te está costando una fortuna. ¿Cuándo le vas a decir la verdad?" Ricardo se apartó, mirando la ventana. Lo que no sabía es que yo, Sofía, no era ninguna inválida. Mis piernas estaban fuertes, recuperando el poder que él me había negado, un secreto celosamente guardado. "El bebé nacerá en seis meses", susurró Ricardo. "Cuando nazca, Sofía lo adoptará. Creerá que es un acto de amor. Ella lo criará como suyo." Lucía esperaba su dinero. Mi mundo se derrumbó: no era infidelidad, era un plan macabro para robarme la vida. Yo era un instrumento, una incubadora emocional. El dolor se convirtió en rabia helada. Lo vi besar el vientre de Lucía. Busqué un número. "Bonjour, Maison Dubois." "Habla Sofía Romero", dije, mi voz firme. "Llamo para aceptar su oferta. ¿Cuándo puedo empezar?"
El Precio es La Vida de Mi Hijo

El Precio es La Vida de Mi Hijo

Mi perfume, un regalo caro de mi difunta abuela, se estrelló contra el suelo de mármol. El ruido fue ensordecedor para lo que parecía ser un simple accidente causado por Pedrito, mi hijo de cinco años, que jugaba con su avión de juguete. Pero Ricardo, mi esposo, apenas levantó la vista de su laptop, y Sofía, su amante sentada a su lado, lanzó una mirada cargada de malicia. "¡Mi perfume! ¡Ricardo, mira lo que hizo tu hijo!" chilló ella. Él arrastró a Pedrito al cobertizo del jardín, un lugar oscuro y polvoriento, prohibido para él. Pedrito era alérgico a las abejas, y Ricardo, para complacer a Sofía, había llenado el jardín de las flores favoritas de ella. Le rogué, le supliqué que no lo hiciera, pero él solo se rió. "Se quedará ahí hasta que aprenda a respetar." En mi desesperación, golpeé la puerta del cobertizo hasta que mis nudillos sangraron. Escuché su voz ahogada: "Mami… me picó una abeja…" Le grité a Ricardo que abriera, que Pedrito estaba teniendo una reacción. Pero él se encogió de hombros, "Está haciendo un berrinche." Sofía se burló, "Siempre tan dramática, Lunita." Cuando la policía y los paramédicos llegaron, solo pudieron confirmar mi peor pesadilla. Pedrito estaba muerto. Y mientras me arrancaban a mi hijo, el hombre que me juro amor eterno, el padre de mi Pedrito, publicó una foto de celebración con su amante. "Felicidades, asesino," le comenté. No me importaron sus amenazas, ni esa estúpida excusa de embarazo que siempre usaba Sofía. En ese momento, mi corazón dejó de latir por el dolor y empezó a latir por la venganza. Yo, Luna, ya no era la misma. Ahora era su peor pesadilla.
Su Traición, Mi Memoria Borrada

Su Traición, Mi Memoria Borrada

Cuatro años después de que mi hijo Leo se ahogara, yo seguía perdida en una niebla de dolor. Mi esposo, Elías Garza, el magnate tecnológico, era un santo para el público, un padre devoto que construyó una fundación a nombre de Leo. Pero cuando fui a finalizar el acta de defunción de Leo, el comentario casual de una empleada hizo añicos mi mundo: "El señor Garza tiene otro dependiente registrado". El nombre me golpeó como una bofetada: Mateo Montes, hijo de Karla Montes, la mujer que había acosado a Elías durante años. Los encontré, una familia perfecta, Elías riendo, una felicidad que no había visto en años. Luego, escuché a Karla confesarle a Elías que su aventura con ella fue la razón por la que no estaba vigilando a Leo el día que murió. Mi mundo se derrumbó. Durante cuatro años, había cargado con la culpa, creyendo que la muerte de Leo fue un trágico accidente, consolando a Elías que se culpaba por una "llamada de trabajo". Todo era una mentira. Su traición había matado a nuestro hijo. El hombre que amaba, el hombre que había construido una prisión de dolor a mi alrededor, vivía una vida feliz con otra familia. Me había visto sufrir, dejando que me culpara a mí misma, mientras su secreto se pudría. ¿Cómo pudo? ¿Cómo pudo pararse ahí y mentir, sabiendo que sus acciones llevaron a la muerte de nuestro hijo? La injusticia ardía, una rabia fría y afilada que reemplazó mi duelo. Llamé a mi abogado, luego a mi antiguo mentor, el Dr. Damián Castro, cuya investigación experimental sobre la eliminación de la memoria era mi única esperanza. "Quiero olvidar", susurré, "necesito olvidar todo. Bórrale de mi vida".
Casada con un monstruo: Mi grito silencioso

Casada con un monstruo: Mi grito silencioso

Mi matrimonio de ocho años con el magnate tecnológico Jaime Salazar era un secreto, una fachada perfecta de amor y devoción. Yo era una chef famosa, él era el esposo devoto, pero todo era una hermosa mentira. En nuestro octavo aniversario, Jaime me mostró un video: mi hermano menor, Kael, atado a una silla, humillado, siendo torturado por una "artista" llamada Karen Castro. Jaime lo llamó "arte performance", una retorcida muestra de la "visión" de su nueva musa. Ignoró mi horror, su personal repitiendo sus palabras, afirmando que yo "no lo entendería". Me dio un ultimátum: probar la ilegalidad de Karen o disculparme públicamente por difamarla. Cuando supliqué por Kael, ofreció veinte millones de pesos para su terapia, su voz plana y definitiva. Dijo que Karen era "importante" y que yo no me interpondría en su camino. La verdad me golpeó como una bofetada. Jaime era el mecenas de Karen, su amante, su escudo legal. Usaba su inmenso poder para proteger su crueldad. Estaba atrapada, aislada, mi propia casa era una jaula. -¿Eres su abogado? ¿La estás ayudando a hacer esto? -logré decir, con la voz rota. Él solo me miró, sus ojos vacíos de amor, y dijo: -Hanna, no hagas esto más difícil. Firmé los papeles, desesperada por proteger a Kael. Pero fue demasiado tarde. Kael se arrojó al vacío. En el hospital, Jaime, el principal benefactor, ordenó que no "malgastaran recursos". Mi hermano murió. Mi bebé también, perdido en el horror. Estaba destrozada, culpándome por haber confiado en él.
El Regreso del Ingenuo Millonario

El Regreso del Ingenuo Millonario

Sentí el frío metal en mi espalda, un dolor agudo que me robó el aliento. Caí sobre el pavimento mojado de un callejón oscuro, la lluvia lavaba la sangre de mi abdomen. Vi la silueta de Sebastián, el chico que consideré mi hermano, sosteniendo el cuchillo que goteaba con mi vida. "¿Por qué?", susurré, la voz rota. Sebastián se rio, una risa cruel: "Porque eres un millonario ingenuo, Joaquín. Me diste todo, pero quería ser tú, no tu sombra." Se agachó, sus ojos brillaban con odio. "Ahora, todo lo tuyo será mío. Tus padres me verán como el hijo que perdieron. Nadie te recordará." El veneno de sus palabras se filtró en mis últimos momentos, más doloroso que las puñaladas físicas. El mundo se oscureció, y su risa victoriosa resonó mientras me hundía en la negrura infinita. Creí que era el final, que mi alma flotaría en la nada, llevada por el eco de esa traición inolvidable. De repente, una luz cegadora me golpeó. Parpadeé. El dolor se había ido. Estaba de pie, mi cuerpo intacto, en el auditorio de mi universidad, un lugar que sentía extrañamente familiar. En el escenario, bajo un cartel de "Donación para el Futuro", vi a la directora sonriendo, y a su lado, con un traje impecable y una sonrisa de santo, estaba Sebastián. El mismo Sebastián que me había asesinado. "Damos la bienvenida al joven Sebastián Rodríguez", decía la directora, "nuestro más generoso benefactor." Los aplausos resonaron. Lo miraban con admiración, como a un héroe. Vi a Elena, la chica más popular, sus ojos brillaban de adoración por Sebastián, la misma Elena que me humilló llamándome ladrón. Sebastián tomó el micrófono, su voz llena de falsa humildad. "Gracias, directora, solo quiero devolver un poco de lo mucho que la vida me ha dado." Una oleada de ira fría y pura me dejó sin aliento. No era un sueño, no era el más allá. Había renacido. Había vuelto al momento exacto en que la farsa de Sebastián alcanzaba su punto más alto, el momento antes de que firmara el acuerdo de donación. ¡Con mi dinero! La ingenuidad había muerto en ese callejón oscuro. Lo que quedaba era un hombre con un propósito. Mientras Sebastián disfrutaba los aplausos, saqué mi celular. Mis manos no temblaban. Marqué el número del banco privado de mi familia. "Buenos días, necesito un favor urgente," dije, mi voz con un filo de acero. "Quiero cancelar inmediatamente la tarjeta adicional con terminación 4822, a nombre de Sebastián Rodríguez." "¿Puedo preguntar el motivo?" "Actividad fraudulenta. Cancélala ahora." "Entendido, señor. Bloqueada y cancelada permanentemente." Colgué justo cuando Sebastián se sentaba en la mesa de firmas, pluma en mano. Una sonrisa fría se dibujó en mis labios. El juego acababa de empezar, y esta vez, yo conocía todas las reglas.
Tras la traición: la venganza de una esposa

Tras la traición: la venganza de una esposa

Recibí una llamada a mitad de la noche: mi hermano, Ezra, había tenido un accidente de motocicleta. El doctor, con una escalofriante tranquilidad, me dijo que necesitaban operarlo inmediatamente. Luego recibí una noticia que destrozó mi mundo: le habían amputado una pierna. La cirujana encargada de su caso, Kaitlin Russo, citó "complicaciones", pero yo, como periodista de investigación, intuí que mentía. No había sucedido ninguna complicación, sino que el procedimiento había sido mal realizado. Mi reportaje, en el que detallaba su negligencia, se volvió viral, pero rápidamente desapareció de internet. Además, de repente no podía contactar a mi esposo, Hayden Bridges, un magnate de Silicon Valley. Y por si fuera poco, mi hermana Ivy, desapareció de su apartamento, dejando atrás nada más que un conjunto de huellas lodosas y el aroma del miedo. Decidí confrontar a Kaitlin, y la encontré admirando una nueva pulsera de diamantes. "Hayden me cuida muy bien", ronroneó, con una sonrisa burlona en los labios. La verdad cayó sobre mí como un balde de agua fría: mi esposo no solo era su poderoso respaldo, sino también su amante. Él me obligó a disculparme públicamente con Kaitlin, amenazándome con una transmisión en vivo en la que salía Ivy, aterrorizada y llorando en una habitación oscura. "Estará a salvo, siempre y cuando dejes pasar el asunto", me prometió, con una voz tan fría como el hielo. Yo no tenía elección. Sin embargo, mi decisión no sirvió de nada: Ivy fue torturada por el monstruoso hermano de Kaitlin, Kyle, y murió en mis brazos. Días después, Ezra fue encontrado muerto en su cama de hospital. En medio de un silencio desgarrador, una nueva y fría determinación emergió dentro de mí. Esos dos habían destruido a mi familia, así que yo me encargaría de quemar su imperio hasta los cimientos.
Cuando el Honor Destruye una Vida

Cuando el Honor Destruye una Vida

Mi vida era la receta perfecta: una pastelería familiar próspera, padres amorosos, un marido envidiable y nuestro bebé en camino. Con cuatro meses de embarazo, el día del chequeo médico era pura felicidad. El doctor confirmó: "El bebé está perfectamente sano, sin anomalías". Pero la sonrisa de Javier se congeló al leer el informe, su rostro se volvió blanco como la harina. "Tenemos que programar un aborto. Ahora mismo", susurró, agarrándome con una fuerza aterradora. Intenté resistirme, le pregunté si se había vuelto loco, pero sus ojos estaban llenos de un horror inexplicable. Mis padres llegaron, y la pesadilla se amplificó. Mi padre, al leer el mismo informe, levantó la mano y gritó: "¡Monstruo! ¡Ese demonio no puede nacer!". Mi madre, con la voz dura, sentenció: "Hija, tenemos que purificarte". De repente, las personas que más amaba se habían convertido en mis verdugos. Me arrastraron, me encerraron en la oscuridad y perdí a mi bebé allí, sola, traicionada. Morí a los pocos meses, en un convento frío, con el corazón roto y sin entender nunca por qué. ¿Qué secreto tan terrible contenía ese informe para destruir mi mundo y volcar a mi propia familia en mi contra? Pero abrí los ojos. La luz del sol era la misma, el olor a bizcocho subía de la pastelería. Mi vientre. Mi bebé. Estaba viva, el reloj marcaba la hora de la cita. No fue un sueño, fue una premonición de horror. Esta vez no esperaría a Javier; esta vez, sería yo quien tendría el informe, y la verdad, antes que nadie. No iba a desperdiciar mi segunda oportunidad.
Traicionada por el amor, salvada por el sacrificio

Traicionada por el amor, salvada por el sacrificio

Mi esposo, Julian Mcgee, una estrella en ascenso de Manhattan y heredero de una familia muy influyente, me fue totalmente fiel. Desafió a sus padres elitistas por nuestro amor y me prometió que estaríamos juntos para siempre. Pero después apareció Katia French. Encontré una carpeta secreta en el portátil de mi esposo, con un montón de fotos de ella y análisis detallados de su vida. Parecía obsesionado. Él me prometió que no era nada, solo "curiosidad", y yo, aferrándome al recuerdo del hombre que me adoraba, elegí creerle. Su manera de "manejarlo" fue comenzar un romance, llevándola a eventos públicos, lo cual fue supremamente humillante. Cuando descubrí que estaba embarazada, esperé que nuestro bebé salvara nuestra relación. De hecho, durante unas semanas, él parecía feliz. Sin embargo, Katia llamó después, diciendo que Julian también quería un bebé con ella, y que yo estaba perdiendo mi "puntuación" en su corazón. Entonces, un día, en un momento de pura frustración, le di una bofetada a esa mujer. El castigo de mi esposo fue terrible: hizo que me arrestaran, con tres meses de embarazo, dejándome en una celda fría. Incluso se inclinó hacia mi vientre y susurró: "Tu madre se portó mal, y este es su castigo". El hombre que una vez movió cielo y tierra por mí ahora me abandonaba en una celda, dándole prioridad a su amante. Mi cuento de hadas se había convertido en una pesadilla, y no podía entender cómo había llegado a esta situación.
La Maldición del Zapateado

La Maldición del Zapateado

En Sevilla, ganar el Concurso Nacional de Flamenco es una maldición mortal. Cada ganador, en la cima de su gloria, se suicida misteriosamente. Pero yo, Scarlett Hewitt, no bailo por la fama; bailo para desenmascarar al asesino de mi hermana Sasha, quien sucumbió a esa maldición hace tres años. He entrenado sin descanso, y esta noche, logré la puntuación perfecta, la más alta de la historia. Inmediatamente, encendí mi cámara en vivo, expuse la nota de suicidio falsificada de Sasha y desafié abiertamente al asesino a venir a por mí. Todo se desenvolvía como lo había planeado... hasta que la figura enmascarada detrás de mí se retiró el antifaz, revelando el rostro desconsolado de mi propia madre, Annabel. "Yo lo hice", confesó, pidiéndole a la policía que la arrestara. Mientras ella se sacrificaba, el Detective Sullivan me soltó una bomba: mi ADN había sido encontrado bajo las uñas de la víctima del año anterior, Alejandro Vega. De repente, la trampa no era para el ases asesino, sino para mí. La gente enardecida gritaba "¡asesina!", creyendo que yo había matado a mi propia hermana y a los demás. Mi mundo se desmoronaba; la humillación pública era el plan, mi muerte social. ¿Cómo era posible? ¿Cómo mi ADN había llegado allí? Sabía que mi madre mentía para protegerme, pero de qué. Había caído en una trampa tan elaborada, tan siniestra… Pero no permitiría que ganara. No terminaría como una villana en su retorcido cuento. Había un secreto más profundo, y este juego apenas comenzaba. Necesitaba escapar, encontrar la verdad y liberarme de esta pesadilla.
El engaño del marido y el despertar de su esposa

El engaño del marido y el despertar de su esposa

Este era mi tercer intento de suicidio; cada vez, mi cuñado, Dustin Martin, me encontraba y me salvaba. Pero entonces encontré su reloj, un Patek Philippe que había encargado para mi marido, Evertt, al que dieron por muerto en un accidente aéreo. Las palabras grabadas en la parte de atrás decían: "H y E, para siempre". Al ver esto, me dio un vuelco el corazón. ¿Por qué Dustin tenía el reloj de mi esposo? Me sentí aterrorizada. Tenía que investigarlo y descubrir la verdad. Salí tambaleándome de la habitación del hospital y escuché voces en la sala de espera. Era Kylee, la prometida embarazada de Dustin, y la voz de un hombre que conocía mejor que la mía; la de Evertt. Me asomé por una esquina, y vi que "Dustin" sosteniéndola en brazos. "Evertt, ¿y si se entera?", susurró Kylee. "¿Y si se da cuenta de que no eres Dustin?". "No lo hará", dijo Evertt con indiferencia. "Su dolor es tan profundo que solo ve lo que quiere ver". El hombre que me había salvado del suicidio, y que yo creía mi cuñado, era mi marido. Él todavía estaba vivo, y me había visto sufrir, dejando que me ahogara en el dolor, todo por la prometida de su hermano muerto. Todo mi mundo había sido una mentira; una broma cruel y retorcida. Pero entonces, una nueva idea, fría y aguda, atravesó mi dolor: una escapatoria. Yo sería lo suficientemente fuerte para destruirlo.
El Sabor Amargo de la Victoria

El Sabor Amargo de la Victoria

La noticia de que mi pequeña Camila, mi orgullo, había sido nombrada la Mejor Estudiante de México, debería haber sido el momento más feliz de nuestras vidas. Pero Sofía, mi esposa, la miró, no con alegría, sino con una frialdad que heló mi sangre, murmurando: "Justo ahora, justo antes de los exámenes de Isabella". De repente, la celebración se transformó en una pesadilla cuando mi esposa nos arrastró al sótano. Abrió la pesada puerta de la cámara frigorífica, a -20 grados Celsius, para Camila, y luego la del sauna, a 60 grados, para mí. Nos encarceló, diciéndome: "Tú te sentarás aquí y verás. Verás lo que se siente cuando alguien que amas sufre". Con una calma que aterraba, Sofía nos abandonó, y escuché el sonido metálico de los cerrojos. Atrapados, separados por un cristal que ya empezaba a empañarse, la vida de mi hija se desvanecía. "¡Sofía, por el amor de Dios, abre la puerta! ¡Esto es una locura!", grité, golpeando el cristal. Ella, impasible, respondió: "Es justicia, Ricardo. Justicia para Isabella". La acusación de que Camila humillaba a su hermana lisiada era tan absurda que me quedé sin palabras. Entonces, el cintillo de 'ÚLTIMA HORA' en la televisión del sótano anunció: "Tragedia en Las Lomas. Las víctimas serían la galardonada estudiante Camila Mendoza y su padre, Ricardo Mendoza, quienes habrían fallecido en un aparente accidente doméstico". Sofía sonrió. Enloquecido por la furia, destrocé el cristal con mis manos quemadas para alcanzar a mi hija. Pero lo que encontré en su boca, agujas, decenas de agujas de coser, reveló una crueldad que iba más allá del castigo. Esto no era un castigo, era una tortura, un acto premeditado y horrible. "¡Tenía agujas en la boca, Sofía! ¡Agujas!", aullé por el intercomunicador, pero ella se burló de mí llamándola "manipuladora". La impotencia me invadió al enterarme de que Sofía había desviado el botón de pánico a Isabella, quien se negó a ayudarme. "Mamá dice que Camila es una exagerada y que solo quiere llamar la atención", dijo Isabella, colgándome. En mi desesperación, marqué 911, y mientras las sirenas se acercaban, Sofía, con una frialdad inhumana, impidió su entrada. Entonces, mi corazón se detuvo.