La noche estaba cerrada y oscura, como si el cielo mismo hubiera decidido ocultar las estrellas. Ana Lucía Cordero caminaba sola por las calles de la ciudad, el sonido de sus tacones resonando sobre el pavimento mojado. No era común verla fuera de la mansión familiar, pero esa noche, el peso de las expectativas familiares la había llevado al límite. Se sentía atrapada en una jaula dorada, rodeada de lujo y riqueza, pero sin la libertad de tomar sus propias decisiones.
Las luces de la ciudad titilaban a lo lejos, pero para Ana, todo parecía borroso y distante. Había tenido suficiente de su madre, Margarita Cordero, quien había diseñado cada aspecto de su vida, desde su educación hasta su futuro matrimonio. "Una buena hija nunca desafía a su madre", le decía siempre. Pero hoy, Ana no quería ser la buena hija. Hoy, quería ser libre.
De repente, escuchó unos pasos detrás de ella. Al principio pensó que era su mente jugando trucos, pero los pasos se hicieron más cercanos, más rápidos. Ana miró por encima del hombro, pero no vio a nadie, solo sombras moviéndose en la oscuridad. Aceleró el paso, sintiendo una ligera incomodidad que se transformó en una punzada de miedo.
- ¡Alto! -gritó una voz rasposa desde detrás de ella.
Antes de que pudiera reaccionar, una figura emergió de las sombras, un hombre de complexión media, vestido con ropa oscura y desaliñada. La expresión en su rostro era feroz, y en su mano llevaba un cuchillo, su brillo reflejando las luces de la calle.
- Dame tu bolso, y no te haré daño. -Su voz sonaba amenazante, pero con algo de desesperación.
Ana retrocedió, sintiendo cómo su corazón aceleraba. En sus ojos se reflejaba el pánico, pero no podía dejar que se apoderara de ella. Era su oportunidad para tomar el control de la situación. Con un movimiento rápido, intentó correr, pero el hombre la alcanzó, sujetándola del brazo con fuerza.
- No hagas ruido, y todo estará bien -dijo él, apretando su agarre.
El miedo comenzó a apoderarse de ella, pero en ese momento, algo inesperado ocurrió. Una figura apareció de repente, saliendo de las sombras a gran velocidad. Era otro hombre, de cabellera oscura y mirada intensa. En un instante, se acercó al atacante, lo empujó con toda su fuerza y lo desarmó. El cuchillo cayó al suelo con un ruido sordo.
- ¡Suéltala! -gritó el hombre, sujetando al agresor por el cuello y empujándolo contra la pared de un edificio cercano.
El asaltante intentó resistirse, pero el hombre lo inmovilizó con facilidad. Ana, temblando de miedo, observaba la escena sin saber qué hacer. En ese instante, el hombre que la había salvado la miró, sus ojos intensos pero tranquilos, como si todo fuera solo un juego. Sin decir una palabra más, el asaltante fue dejado en el suelo, completamente derrotado, mientras el héroe de la noche se giraba hacia Ana.
- ¿Estás bien? -preguntó, acercándose a ella.
Ana no podía creer lo que acababa de suceder. Estaba a punto de decir algo, pero las palabras se le atascaban en la garganta. Finalmente, asintió, con la respiración entrecortada.
- Sí, pero... ¿quién eres? -preguntó, aún con los ojos grandes de sorpresa.
El hombre no respondió de inmediato. En su rostro, se reflejaba algo como si estuviera evaluando la situación, como si no supiera qué decirle a una mujer que claramente provenía de un mundo muy diferente al suyo. Tras unos segundos de silencio, habló.
- Mi nombre es Lorenzo. -dijo simplemente, tendiéndole la mano-. No te preocupes. Ese tipo no va a molestarte más.
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