Cuando el Sufrimiento Baila un Tango

Cuando el Sufrimiento Baila un Tango

Ambush

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Capítulo

Mi relación con Máximo era un ciclo vicioso de humillación y súplica. Él me amenazaba con la ruptura, disfrutando el poder de verme implorar que se quedara. Pero la centésima vez, después de humillarme públicamente en una milonga, algo cambió. No fue su crueldad lo que me liberó, sino el descubrimiento de una caja secreta. Dentro, no había vino, sino docenas de poemas escritos a mano por él. Describían su retorcida obsesión, su sádico placer al verme luchar por su amor, al verme sufrir. Comprendí que solo era un juguete en su perverso juego. Luego, una llamada. "¿Mi medallón? Se lo di a Isabella. Era insignificante, ya lo perdió". Verlo proteger a Isabella en el accidente, mientras yo caía herida, confirmó su indiferencia. Me forzó a beber el licor al que soy alérgica, observando mi sufrimiento con una sonrisa casi imperceptible. Acusaciones falsas de Isabella que él creyó, palizas de matones que él permitió. El robo descarado de mi coreografía, mi alma. ¿Por qué hizo esto? "Te advertí que no debías volver a ese ambiente", dijo con frialdad. Cualquier resto de amor murió. Sabía que no le quedaba tiempo. A punto de colapsar, Máximo me exigió un ultimátum final: donar sangre para salvar a Isabella o perderlo todo. Acepté, mis ojos fijos en mi verdadera meta: la libertad. El día que nuestra separación legal expiró, salí del registro civil con mi certificado de divorcio en mano, rumbo a París. La verdad es que no, Máximo. Ya no te quiero.

Introducción

Mi relación con Máximo era un ciclo vicioso de humillación y súplica.

Él me amenazaba con la ruptura, disfrutando el poder de verme implorar que se quedara.

Pero la centésima vez, después de humillarme públicamente en una milonga, algo cambió.

No fue su crueldad lo que me liberó, sino el descubrimiento de una caja secreta.

Dentro, no había vino, sino docenas de poemas escritos a mano por él.

Describían su retorcida obsesión, su sádico placer al verme luchar por su amor, al verme sufrir.

Comprendí que solo era un juguete en su perverso juego.

Luego, una llamada. "¿Mi medallón? Se lo di a Isabella. Era insignificante, ya lo perdió".

Verlo proteger a Isabella en el accidente, mientras yo caía herida, confirmó su indiferencia.

Me forzó a beber el licor al que soy alérgica, observando mi sufrimiento con una sonrisa casi imperceptible.

Acusaciones falsas de Isabella que él creyó, palizas de matones que él permitió.

El robo descarado de mi coreografía, mi alma. ¿Por qué hizo esto?

"Te advertí que no debías volver a ese ambiente", dijo con frialdad.

Cualquier resto de amor murió. Sabía que no le quedaba tiempo.

A punto de colapsar, Máximo me exigió un ultimátum final: donar sangre para salvar a Isabella o perderlo todo.

Acepté, mis ojos fijos en mi verdadera meta: la libertad.

El día que nuestra separación legal expiró, salí del registro civil con mi certificado de divorcio en mano, rumbo a París.

La verdad es que no, Máximo. Ya no te quiero.

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