Una Sorpresa En Mi Gran Día

Una Sorpresa En Mi Gran Día

Fritz Lagerquist

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Capítulo

El día de mi boda debería haber sido el más feliz de mi vida. Estaba en el altar, esperando a Laura, el amor de mi vida, con el corazón lleno de planes y futuros. Pero entonces, mi teléfono vibró: un mensaje de ella. "Armando, no puedo casarme contigo. Estoy embarazada, pero el hijo no es tuyo." El mundo se derrumbó en un instante. No era un chiste cruel, era la realidad golpeándome con la fuerza de un tren. Salí corriendo de la iglesia, ignorando las miradas y los susurros. Poco después, Laura confirmó mi peor pesadilla: el padre era Ricardo, su supuesto "hermano adoptivo" que vivía bajo mi mismo techo. La ira y la humillación me consumieron. No solo me había traicionado de la manera más vil, sino que esperaba que aceptara a su amante y a su hijo en mi vida, que financiara su "familia moderna." Me sentí el idiota más grande del mundo. ¿Cómo pude ser tan ciego? ¿Cómo pudo engañarme así? En mi desesperación, marqué el único número que me vino a la mente: el de Sofía, mi amiga de la infancia. "Sofía, ¿tú te casarías conmigo?" Fue una pregunta impulsiva, descabellada. Pero su respuesta, y una extraña sensación de calma, me hicieron ver una salida en medio de la miseria. No sabía qué me depararía el futuro, pero al menos, ya no se sentía tan oscuro.

Introducción

El día de mi boda debería haber sido el más feliz de mi vida.

Estaba en el altar, esperando a Laura, el amor de mi vida, con el corazón lleno de planes y futuros.

Pero entonces, mi teléfono vibró: un mensaje de ella.

"Armando, no puedo casarme contigo. Estoy embarazada, pero el hijo no es tuyo."

El mundo se derrumbó en un instante. No era un chiste cruel, era la realidad golpeándome con la fuerza de un tren.

Salí corriendo de la iglesia, ignorando las miradas y los susurros. Poco después, Laura confirmó mi peor pesadilla: el padre era Ricardo, su supuesto "hermano adoptivo" que vivía bajo mi mismo techo.

La ira y la humillación me consumieron. No solo me había traicionado de la manera más vil, sino que esperaba que aceptara a su amante y a su hijo en mi vida, que financiara su "familia moderna."

Me sentí el idiota más grande del mundo. ¿Cómo pude ser tan ciego? ¿Cómo pudo engañarme así?

En mi desesperación, marqué el único número que me vino a la mente: el de Sofía, mi amiga de la infancia.

"Sofía, ¿tú te casarías conmigo?"

Fue una pregunta impulsiva, descabellada. Pero su respuesta, y una extraña sensación de calma, me hicieron ver una salida en medio de la miseria. No sabía qué me depararía el futuro, pero al menos, ya no se sentía tan oscuro.

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El teléfono sonaba en mi mano, y un escalofrío me recorría la espalda mientras mi esposa, Sofía, finalmente contestaba, su voz distante y fría. Pregunté por nuestro hijo, Miguelito, porque no lo encontré en la escuela; su maestra dijo que ella lo había recogido hacía horas. Hubo un silencio helado del otro lado de la línea. "Lo mandé a un lugar para que lo corrijan," soltó con frialdad,"ya no soportaba su mal comportamiento... rompió el reloj de Mateo." Mateo, su amigo de la infancia, el motivo por el que Sofía me había estado ignorando durante meses. Grité, perdiendo el control, "¿De qué hablas? ¡Es un niño de seis años! ¡Fue un accidente! ¡No puedes enviarlo a un 'lugar de corrección' por un reloj!" Ella me cortó, su voz dura como el acero: "No te lo voy a decir... Deja de molestarme, estoy con Mateo." Acto seguido, colgó, dejándome en un infierno de pánico y traición, la mujer que amaba, la madre de mi hijo, lo había desechado por un capricho. Corrí al coche, mis manos temblaban, llamando su teléfono una y otra vez, pero solo me enviaba al buzón de voz. De repente, mi teléfono vibró: "Colegio Disciplinario Sol Naciente". Y debajo, una frase que me destrozó el alma: "Felicidades, papá. Sofía está embarazada. Es una niña, y yo soy el padre. Atentamente, Mateo." El mundo se detuvo. La traición me aplastó, no solo me había engañado y desechado a nuestro hijo, sino que formaba una nueva familia con mi supuesto amigo. Llegué al "Colegio Disciplinario", un edificio gris y ominoso que parecía una prisión, empujé a un guardia, grité el nombre de mi hijo. Lo encontré en una habitación blanca, pálido, inmóvil, con cables pegados a su cabeza y espasmos violentos: estaba en coma, inducido por electroshocks. Caí de rodillas, el dolor me partía el corazón, acunando su manita fría, mi pequeño artista atrapado en la oscuridad. Mi suegro, el padre de Sofía, apareció, su rostro mostrando profunda preocupación. "Señor," mi voz era un susurro roto, "Quiero el divorcio. Y me llevaré a mi hijo. No permitiré que esa mujer se le vuelva a acercar. Nunca más."

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