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El aire en la habitación del hospital era denso, cargado de un dolor que Sofía Romero no podía respirar. Su hermano, Mateo, yacía brutalmente golpeado, víctima de la cobardía de un cacique que compraba el silencio y el miedo. Busco justicia en cada puerta, en cada mirada, pero solo encuentro indiferencia, puertas cerradas y la cruel risa de aquellos que me arrastraron a un callejón. Me golpearon, me humillaron, y con cada puñetazo, sentía que la esperanza se desvanecía. Incluso mi padre, ese torero legendario cuyo legado era mi último refugio, fue profanado cuando rasgaron su capa, su último trofeo de gloria. El sabor a sangre en mi boca no era solo mío, era el sabor de la humillación, de la injusticia que me ahogaba. ¿Cómo era posible que en esta tierra, el honor muriera y la maldad prevaleciera impune? Abandonada, despojada de todo, mis ojos cayeron en ese viejo baúl, el último rastro de dignidad que me quedaba. Con manos temblorosas, desenterré el alma de mi padre, su capa, sus trofeos, y me arrodillé ante la Plaza Monumental. No era una súplica, era un desafío, una promesa de que la justicia, aunque negada, encontraría su camino, aunque tuviera que ser yo quien la arrancara de las manos del destino.

Introducción

El aire en la habitación del hospital era denso, cargado de un dolor que Sofía Romero no podía respirar.

Su hermano, Mateo, yacía brutalmente golpeado, víctima de la cobardía de un cacique que compraba el silencio y el miedo.

Busco justicia en cada puerta, en cada mirada, pero solo encuentro indiferencia, puertas cerradas y la cruel risa de aquellos que me arrastraron a un callejón.

Me golpearon, me humillaron, y con cada puñetazo, sentía que la esperanza se desvanecía.

Incluso mi padre, ese torero legendario cuyo legado era mi último refugio, fue profanado cuando rasgaron su capa, su último trofeo de gloria.

El sabor a sangre en mi boca no era solo mío, era el sabor de la humillación, de la injusticia que me ahogaba.

¿Cómo era posible que en esta tierra, el honor muriera y la maldad prevaleciera impune?

Abandonada, despojada de todo, mis ojos cayeron en ese viejo baúl, el último rastro de dignidad que me quedaba.

Con manos temblorosas, desenterré el alma de mi padre, su capa, sus trofeos, y me arrodillé ante la Plaza Monumental.

No era una súplica, era un desafío, una promesa de que la justicia, aunque negada, encontraría su camino, aunque tuviera que ser yo quien la arrancara de las manos del destino.

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El olor a madera vieja y el sudor se mezclaban en el patio, mis pies descalzos siguiendo el ritmo de un jarabe tapatío imaginario. "Sofía." La voz de mi madre, María, era un cuchillo: "¡Qué torpe eres, niña! ¡Siempre haciendo el ridículo! ¡Bájate de ahí, nos estás avergonzando a todos!" Ese día en la fiesta de mi abuelo, mi cuerpo cayó al suelo, pero mi corazón se hizo pedazos cuando mi padre, mi santuario, me gritó con furia desconocida: "¡Lárgate a tu cuarto!" Desde ese día, el mundo se encogió. La vecina me negó el pan, la gente bajaba la mirada en el mercado. Todos parecían conocer un secreto sobre mí, una verdad terrible que me convertía en un monstruo a sus ojos. ¿Qué había hecho yo? ¿Qué palabra, qué frase, convertía el amor en violencia con un solo susurro? Estaba sola en una isla de odio, rodeada por un mar de susurros que no podía entender. Pero una noche, cansada de tanto dolor, decidí enfrentarla, gritándole: "Si tanto me odias, ¡déjame ir!" Ella me agarró del pelo, pero antes de que me golpeara, la voz de mi abuelo tronó: "¡María, suéltala!" Creí que la pesadilla terminaba. Pero entonces, mi madre pronunció esas palabras que me helaron la sangre: "No sin saber la verdad, tengo que decirles algo. Un secreto." Yo supliqué: "¡No escuches su secreto! ¡Por favor, abuelos, vámonos ahora!" Fue inútil. Mis abuelos escucharon el veneno, y sus miradas de amor se transformaron en horror. "Eres un error," dijo mi abuelo, y su golpe dolió más que todos los demás. Me abandonaron. Todos. La "tía" Carmen, mi última esperanza, también me traicionó. "¡Tía Carmen! ¡Ayúdame! ¡Me lo juraste!" Pero ella, mi supuesta salvadora, solo miró. La golpiza me dejó al borde de la muerte, pero el llanto de mi madre en la habitación contigua me detuvo. "No puedo más, Carmen. No puedo seguir haciéndole esto." Me arrastré, conteniendo la respiración, y pegué la oreja a la puerta. Fue entonces cuando escuché el secreto, la verdad que lo cambió todo, una verdad mil veces más oscura de lo que jamás imaginé.

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