La Medalla Perdida

La Medalla Perdida

Wu Er

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Capítulo

Me desperté con el corazón desbocado, el sudor frío y el eco de los huesos de Mateo rompiéndose. Era tan real que extendí mi mano buscando su cuerpo frío, pero solo encontré una cobija gastada. ¡Había muerto! Recordaba la desesperación, a los matones de Vargas pisoteando la condecoración de mi padre, mi grito ahogado. Pero aquí estaba, viva, en mi cama. Todo igual... hasta que apareció Mateo, mi hermanito de diez años, sonriendo, sin una herida. Mi padre, un héroe de guerra, nos había dejado su casa y su Medalla al Valor, nuestra única esperanza, nuestro último recurso. Pero cuando corrí a buscarla en el viejo ropero, el lugar donde debería haber estado la brillante medalla de oro, estaba vacío. Había vuelto al día en que todo comenzó... ¡pero la maldita medalla no estaba! Alguien se la había llevado. Mi única esperanza se había hecho pedazos antes de empezar, pero la imagen de Mateo herido me puso de pie. Sabía quién era el culpable: el Licenciado Vargas. Lo encaré en su oficina, solo para enfrentar la burocracia, la indiferencia y el desprecio, y ser humillada públicamente por sus matones y su aliada Doña Elvira. Me dijeron que mi padre era un ingenuo, que la casa y la medalla eran suyas por un préstamo fraudulento. Me acusaron de ser una mentirosa y una ladrona, y cuando el padre de su prometida abofeteó a Mateo, vi la indiferencia total en los ojos de Vargas, un vacío gélido que me dijo que no importábamos. En ese instante de furia pura y desesperación, al ver a mi hermano llorar por una traición que ningún niño debería sufrir, comprendí que la justicia no vivía en ese edificio de mármol frío. Me derrumbé, sintiendo que no había forma de combatir una injusticia tan vasta. Justo cuando la oscuridad invadía mi visión, una voz con autoridad absoluta resonó. Una Humvee militar frenó bruscamente y de ella bajó el Comandante Rivera, un amigo de mi padre. Mateo, con su vocecita llena de dolor infantil, le gritó al Comandante: "¡Miente! ¡Él dejó que me pegaran! ¡Dijo que la medalla de mi papá era chatarra!" .

Introducción

Me desperté con el corazón desbocado, el sudor frío y el eco de los huesos de Mateo rompiéndose.

Era tan real que extendí mi mano buscando su cuerpo frío, pero solo encontré una cobija gastada.

¡Había muerto! Recordaba la desesperación, a los matones de Vargas pisoteando la condecoración de mi padre, mi grito ahogado. Pero aquí estaba, viva, en mi cama. Todo igual... hasta que apareció Mateo, mi hermanito de diez años, sonriendo, sin una herida. Mi padre, un héroe de guerra, nos había dejado su casa y su Medalla al Valor, nuestra única esperanza, nuestro último recurso.

Pero cuando corrí a buscarla en el viejo ropero, el lugar donde debería haber estado la brillante medalla de oro, estaba vacío.

Había vuelto al día en que todo comenzó... ¡pero la maldita medalla no estaba! Alguien se la había llevado.

Mi única esperanza se había hecho pedazos antes de empezar, pero la imagen de Mateo herido me puso de pie. Sabía quién era el culpable: el Licenciado Vargas.

Lo encaré en su oficina, solo para enfrentar la burocracia, la indiferencia y el desprecio, y ser humillada públicamente por sus matones y su aliada Doña Elvira.

Me dijeron que mi padre era un ingenuo, que la casa y la medalla eran suyas por un préstamo fraudulento. Me acusaron de ser una mentirosa y una ladrona, y cuando el padre de su prometida abofeteó a Mateo, vi la indiferencia total en los ojos de Vargas, un vacío gélido que me dijo que no importábamos.

En ese instante de furia pura y desesperación, al ver a mi hermano llorar por una traición que ningún niño debería sufrir, comprendí que la justicia no vivía en ese edificio de mármol frío. Me derrumbé, sintiendo que no había forma de combatir una injusticia tan vasta.

Justo cuando la oscuridad invadía mi visión, una voz con autoridad absoluta resonó. Una Humvee militar frenó bruscamente y de ella bajó el Comandante Rivera, un amigo de mi padre.

Mateo, con su vocecita llena de dolor infantil, le gritó al Comandante: "¡Miente! ¡Él dejó que me pegaran! ¡Dijo que la medalla de mi papá era chatarra!" .

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Advertencia de contenido: Esta historia contiene temas maduros y contenido explícito destinada a mayores de edad (+18). Se recomienda discreción. Incluye elementos como dinámicas de BDSM, contenido sexual explícito, relaciones familiares tóxicas, violencia ocasional y lenguaje fuerte. No es un romance ligero. Es intenso, crudo y caótico, y explora el lado oscuro del deseo. ***** "Quítate el vestido, Meadow". "¿Por qué?". "Porque tu ex está mirando", dijo, recostándose en su asiento. "Y quiero que vea lo que perdió". ••••*••••*••••* Se suponía que Meadow Russell iba a casarse con el amor de su vida en Las Vegas. En cambio, encontró a su hermana gemela en una situación comprometedora con su prometido. Un trago en el bar se convirtió en diez. Un error en estado de ebriedad se volvió realidad. Y la oferta de un extraño se transformó en un contrato que firmó con manos temblorosas y un anillo de diamantes. Alaric Ashford es el diablo con un traje a medida de diseñador. Un multimillonario CEO, brutal y posesivo. Un hombre nacido en un imperio de sangre y acero. También sufre de una condición neurológica: no puede sentir: ni objetos, ni dolor, ni siquiera el tacto humano. Pero todo cambió cuando Meadow lo tocó, pues sintió cada emoción. Y ahora la posee. Legal y emocionalmente. Ella quiere que la destruya. Que tome lo que nadie más pudo tener. Él quiere control, obediencia... venganza. Pero lo que comienza como una transacción lentamente se transforma inesperadamente en un vínculo emocional que Meadow nunca vio venir. Obsesión, secretos que nunca debieron salir a la luz, y un dolor del pasado que amenaza con romperlo todo. Alaric no comparte lo que es suyo. Ni su empresa. Ni su esposa. Y mucho menos su venganza.

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