El chef humillado: Venganza en platillos

El chef humillado: Venganza en platillos

Xiaohongmao Mengmei

5.0
calificaciones
11
Vistas
11
Capítulo

El aroma a ajo y romero fresco lo era todo para Sergio; su restaurante, "Sabor de Origen", era su santuario, su vida entera. Pero un día, mientras revisaba el menú, una notificación en su celular lo golpeó como un rayo: Mónica, su esposa, radiante y sonriente con su asistente, Diego, en una foto que hablaba por sí sola. La humillación pública se extendió por el restaurante como pólvora; sus empleados cuchicheaban, las miradas furtivas lo delataban como el cornudo oficial. Intentó negar lo innegable, escuchándola inventar excusas baratas que se desmoronaron al escuchar la voz de Diego, cariñosamente llamándola "Moni" a sus espaldas. El puñal se hundió más profundo cuando, tras bloquearla de su vida digital, Diego subió una foto de sus manos entrelazadas, con el anillo de bodas de Mónica brillando, y el texto: "Nuevos comienzos". La herida se infectó; la "disculpa" hipócrita de Diego, validada por la cuenta del propio restaurante, lo convirtió en el paranoico, el celoso, el desquiciado. Se sintió un extraño en su propia casa, un cocinero talentoso pero un tonto en los negocios, despojado de su dignidad por la familia de Mónica, quien lo veía como un "sirviente glorificado que olía a grasa". Cuando Mónica, en pánico, le exigió regresar a salvar la gala que Diego había arruinado, él, sintiendo la brisa marina de Oaxaca, respondió: "No. Ya no trabajo para ti". Lejos de implorar ayuda, ella siseó: "¡Te juro que voy a destruirte! ¡Haré que no vuelvas a conseguir trabajo en una cocina en tu vida!", mientras Diego la consolaba. Sergio colgó el teléfono, apagó el dispositivo y se sumergió en el mar, emergiendo libre, dispuesto a quemar los puentes con su pasado. Su carta de renuncia, enviada con fría formalidad, fue aceptada con una rapidez que confirmó su insignificancia para ella; ya no era un socio, sino un ingrediente caducado. Cuando ella arrebató la caja con el recetario de su abuela y lo arrojó a la basura, algo en él se rompió, pero no en el sentido que ella esperaba. Con una calma aterradora, recuperó el recetario, y antes de irse de su "hogar", destrozó a patadas el coche de lujo de Mónica, pintando la palabra "Zorra" en la puerta. El divorcio fue expedito, sellando el fin de una década; al ir por sus últimas pertenencias, escuchó a la familia de Mónica, sin saber que él estaba allí, denigrándolo y alabando a Diego. Mónica y su familia lo trataron con desprecio, acusándolo de celoso y patético. Sergio solo se rió, y sacando el acta de divorcio, les reveló: "Según este documento, ustedes y yo ya no estamos casados. El divorcio es definitivo desde hace tres días. Así que, en realidad, soy yo el que les está pidiendo que desaparezcan de mi vida". Mónica, pálida, intentó excusarse y suplicarle que regresara, revelando que había firmado los papeles de divorcio años atrás, listos para ser presentados. Sergio, con total control, se negó: "Tú no me necesitas a mí. Necesitas mi talento, mi nombre, mi capacidad para arreglar tus desastres. Pero a mí, a Sergio, ya no lo necesitas. Y yo, definitivamente, ya no te necesito a ti". Meses después, Sabor de Origen cerró, la empresa de Mónica quebró, y Diego huyó del país, dejándola sin nada; mientras, Sergio, en su nueva y exitosa cocina llamada "Raíces", sonreía.

Introducción

El aroma a ajo y romero fresco lo era todo para Sergio; su restaurante, "Sabor de Origen", era su santuario, su vida entera.

Pero un día, mientras revisaba el menú, una notificación en su celular lo golpeó como un rayo: Mónica, su esposa, radiante y sonriente con su asistente, Diego, en una foto que hablaba por sí sola.

La humillación pública se extendió por el restaurante como pólvora; sus empleados cuchicheaban, las miradas furtivas lo delataban como el cornudo oficial.

Intentó negar lo innegable, escuchándola inventar excusas baratas que se desmoronaron al escuchar la voz de Diego, cariñosamente llamándola "Moni" a sus espaldas.

El puñal se hundió más profundo cuando, tras bloquearla de su vida digital, Diego subió una foto de sus manos entrelazadas, con el anillo de bodas de Mónica brillando, y el texto: "Nuevos comienzos".

La herida se infectó; la "disculpa" hipócrita de Diego, validada por la cuenta del propio restaurante, lo convirtió en el paranoico, el celoso, el desquiciado.

Se sintió un extraño en su propia casa, un cocinero talentoso pero un tonto en los negocios, despojado de su dignidad por la familia de Mónica, quien lo veía como un "sirviente glorificado que olía a grasa".

Cuando Mónica, en pánico, le exigió regresar a salvar la gala que Diego había arruinado, él, sintiendo la brisa marina de Oaxaca, respondió: "No. Ya no trabajo para ti".

Lejos de implorar ayuda, ella siseó: "¡Te juro que voy a destruirte! ¡Haré que no vuelvas a conseguir trabajo en una cocina en tu vida!", mientras Diego la consolaba.

Sergio colgó el teléfono, apagó el dispositivo y se sumergió en el mar, emergiendo libre, dispuesto a quemar los puentes con su pasado.

Su carta de renuncia, enviada con fría formalidad, fue aceptada con una rapidez que confirmó su insignificancia para ella; ya no era un socio, sino un ingrediente caducado.

Cuando ella arrebató la caja con el recetario de su abuela y lo arrojó a la basura, algo en él se rompió, pero no en el sentido que ella esperaba.

Con una calma aterradora, recuperó el recetario, y antes de irse de su "hogar", destrozó a patadas el coche de lujo de Mónica, pintando la palabra "Zorra" en la puerta.

El divorcio fue expedito, sellando el fin de una década; al ir por sus últimas pertenencias, escuchó a la familia de Mónica, sin saber que él estaba allí, denigrándolo y alabando a Diego.

Mónica y su familia lo trataron con desprecio, acusándolo de celoso y patético.

Sergio solo se rió, y sacando el acta de divorcio, les reveló: "Según este documento, ustedes y yo ya no estamos casados. El divorcio es definitivo desde hace tres días. Así que, en realidad, soy yo el que les está pidiendo que desaparezcan de mi vida".

Mónica, pálida, intentó excusarse y suplicarle que regresara, revelando que había firmado los papeles de divorcio años atrás, listos para ser presentados.

Sergio, con total control, se negó: "Tú no me necesitas a mí. Necesitas mi talento, mi nombre, mi capacidad para arreglar tus desastres. Pero a mí, a Sergio, ya no lo necesitas. Y yo, definitivamente, ya no te necesito a ti".

Meses después, Sabor de Origen cerró, la empresa de Mónica quebró, y Diego huyó del país, dejándola sin nada; mientras, Sergio, en su nueva y exitosa cocina llamada "Raíces", sonreía.

Seguir leyendo

Otros libros de Xiaohongmao Mengmei

Ver más
Mi Talento Robado

Mi Talento Robado

Moderno

5.0

El sudor me corría por la frente, mezclándose con la pintura barata de calavera. Mis dedos, adoloridos, apenas sentían las cuerdas de la guitarra, mientras el traje de charro se sentía como una armadura sofocante. Por una noche entera de cantar, apenas ganaba para la renta y la comida, trabajando siete días a la semana, mientras mi primo Alejandro se compraba un coche deportivo nuevo cada seis meses. Él vivía una vida de lujos inexplicable, todo gracias a su "amuleto de la suerte", un viejo collar de obsidiana, mientras yo contaba monedas. Al volver a casa, Sofía, mi prometida, me esperaba con desprecio. "Ricardo, ¿te das cuenta? Alejandro acaba de comprar un penthouse en Polanco, ¡un penthouse! Y tú sigues cantándole a borrachos por migajas, eres una vergüenza". Sus palabras eran puñaladas, y un nudo se formó en mi estómago. "Alejandro tiene suerte, Sofía, ya lo sabes", le dije. "No es suerte, Ricardo, es ambición. Mírate, hueles a alcohol y a fracaso". Me sentía vacío, completamente solo. La conduje sin rumbo, las luces de la ciudad borrosas por mis lágrimas. En un parpadeo, todo cambió: luces cegadoras, el sonido ensordecedor de un claxon, y luego, un impacto brutal que me lanzó contra el volante. Lo último que sentí fue dolor, y luego, oscuridad. Morí. Pero mi conciencia no se desvaneció, flotando en la nada. Entonces los vi: Alejandro y Sofía, de pie junto a los restos de mi coche. "¿Funcionó?", preguntó Sofía, con excitación. Alejandro sonrió, su collar de obsidiana brillando. "Por supuesto que funcionó, mi amor. Cada gramo de su desgracia, cada gota de su esfuerzo, ahora es mío. Su vida de miseria alimentó mi fortuna, y su muerte… su muerte es el pago final". Sofía lo besó con una pasión que nunca me había mostrado a mí. "Entonces, ¿ahora todo es nuestro?". "Todo", confirmó Alejandro. "Su sacrificio nos ha hecho ricos, Ricardo no era más que una batería, una fuente de energía para mi éxito, y ahora, la batería está agotada". La traición me quemó más que cualquier herida física. Mi vida, mi esfuerzo, mi dolor, mi muerte… todo había sido combustible para el hombre que llamaba primo y la mujer que juraba amarme. La rabia me consumió, sacudiendo la nada. De repente, todo fue luz. Abrí los ojos de golpe. Estaba en mi coche, el motor todavía en marcha, la canción barata de la radio sonando. ¡No estaba muerto! Había vuelto, y esta vez, las cosas serían diferentes. Esta vez, "El Magnate" iba a caer.

Quizás también le guste

Contrato con el Diablo: Amor en Cadenas

Contrato con el Diablo: Amor en Cadenas

Shu Daxiaojie
5.0

Observé a mi esposo firmar los papeles que pondrían fin a nuestro matrimonio mientras él estaba ocupado enviándole mensajes de texto a la mujer que realmente amaba. Ni siquiera le echó un vistazo al encabezado. Simplemente garabateó esa firma afilada y dentada que había sellado sentencias de muerte para la mitad de la Ciudad de México, arrojó el folder al asiento del copiloto y volvió a tocar la pantalla de su celular. —Listo —dijo, con la voz vacía de toda emoción. Así era Dante Moretti. El Subjefe. Un hombre que podía oler una mentira a un kilómetro de distancia, pero que no podía ver que su esposa acababa de entregarle un acta de anulación disfrazada bajo un montón de aburridos reportes de logística. Durante tres años, limpié la sangre de sus camisas. Salvé la alianza de su familia cuando su ex, Sofía, se fugó con un don nadie. A cambio, él me trataba como si fuera un mueble. Me dejó bajo la lluvia para salvar a Sofía de una uña rota. Me dejó sola en mi cumpleaños para beber champaña en un yate con ella. Incluso me ofreció un vaso de whisky —la bebida favorita de ella—, olvidando que yo despreciaba su sabor. Yo era simplemente un reemplazo. Un fantasma en mi propia casa. Así que dejé de esperar. Quemé nuestro retrato de bodas en la chimenea, dejé mi anillo de platino entre las cenizas y abordé un vuelo de ida a Monterrey. Pensé que por fin era libre. Pensé que había escapado de la jaula. Pero subestimé a Dante. Cuando finalmente abrió ese folder semanas después y se dio cuenta de que había firmado la renuncia a su esposa sin siquiera mirar, El Segador no aceptó la derrota. Incendió el mundo entero para encontrarme, obsesionado con reclamar a la mujer que él mismo ya había desechado.

La esposa despreciada es el genio médico Oráculo

La esposa despreciada es el genio médico Oráculo

SoulCharger
5.0

Llevaba tres años siendo la sombra de Don César, el hombre más poderoso del país, viviendo en una jaula de mármol donde mi único papel era ser la esposa perfecta y sumisa. Aquella noche era nuestro tercer aniversario de bodas; había preparado su cena favorita y lo esperaba con la esperanza de que, por una vez, me viera de verdad. Sin embargo, la realidad me golpeó con una notificación en el móvil: César estaba en el hospital con Rubí, su eterno "amor de infancia", dándole el consuelo que a mí me negaba. Cuando llegó a casa horas después, ni siquiera miró las velas consumidas; simplemente me llamó "marcador de posición" y me recordó que yo solo estaba allí para cuidar su imagen corporativa mientras Rubí se recuperaba para ocupar mi lugar. Soporté sus desprecios mientras él me trataba como a una sirvienta inútil, ignorando que yo había renunciado a mi carrera para ser su paz. Mi propia madre me enviaba mensajes exigiéndome que fuera "útil" para los negocios, tratándome como una moneda de cambio en una familia que solo valoraba el poder y me consideraba una decepción sin educación. Me invadió una furia fría al darme cuenta de que nadie en esa mansión conocía mi verdadero rostro. César no tenía idea de que su "esposa aburrida" era en realidad "El Oráculo", la genio médica que había revolucionado la ciencia a los dieciséis años y que movía los hilos de fortunas globales desde su portátil. ¿Cómo pudo ser tan ciego para despreciar al diamante que tenía en casa por una piedra falsa como Rubí? Esa noche, la mujer que mendigaba amor murió. Firmé los papeles del divorcio, tiré mi anillo de medio millón de dólares a la basura y decidí que era hora de que el mundo conociera al verdadero Oráculo. César pensaba que me estaba desechando, pero pronto descubriría que al echarme de su vida, acababa de perder a la única persona capaz de salvar su imperio de la ruina total.

Capítulo
Leer ahora
Descargar libro