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– ¡Estas Casada! – exclamo muy formal – ¡Por lo tanto eres mi esposa! – seguía serio y eso me hacía sentir espasmos. – ¡No! – grite enojada – ¡No soy tu esposa, yo no firme nada, no lo hice! – señalo el papel tendido sobre el escritorio. – Si, lo hiciste hace un año y no leíste lo que estaba escrito – mi corazón de acelero – ¡Caíste como una estúpida Maia! – – No puede ser cierto – susurre mirando sus ojos mientras lagrimas amenazaban con salir de mis ojos. – Hasta que la muerte nos separe.

Capítulo 1 Prólogo

Hay momentos en la vida en que solemos cometer errores, errores de los cuales más adelante solemos entender la gravedad de nuestras acciones. Sin embargo, hay tres fases por las que se suele pasar una vez que cometemos los errores de la vida.

La primera fase; conocida como la reflexión, en donde meditas y sacas conclusiones acerca de como sucedió y porque lo hiciste.

La segunda fase; se le es llamada arrepentimiento, momento en el que no aceptas que el error y solo intentas disfrazarlo para que así crean que tu no tuviste la culpa y poder salir ilesa.

Y la tercera fase; la aceptación, aceptas que el error no fue tan malo y que debes aprender a vivir con ello.

¿Por qué digo todo esto?

Por la simple razón de que cometí un grande error.

Y ninguna de esas estúpidas fases me ha ayudado a aceptar que firme una maldita acta de matrimonio.

***

Se prohíbe la copia de esta historia, como adaptación o plagios.

Esta historia contiene violencia, lenguaje inapropiado, escenas sexuales.

Si eres una persona sensible este cliché no es para ti.

Pueden seguirme en Twitter como: Alexand_007

Es una historia original, escrita por Alexandra Aguiar.

Que la disfruten.

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Observé a mi esposo firmar los papeles que pondrían fin a nuestro matrimonio mientras él estaba ocupado enviándole mensajes de texto a la mujer que realmente amaba. Ni siquiera le echó un vistazo al encabezado. Simplemente garabateó esa firma afilada y dentada que había sellado sentencias de muerte para la mitad de la Ciudad de México, arrojó el folder al asiento del copiloto y volvió a tocar la pantalla de su celular. —Listo —dijo, con la voz vacía de toda emoción. Así era Dante Moretti. El Subjefe. Un hombre que podía oler una mentira a un kilómetro de distancia, pero que no podía ver que su esposa acababa de entregarle un acta de anulación disfrazada bajo un montón de aburridos reportes de logística. Durante tres años, limpié la sangre de sus camisas. Salvé la alianza de su familia cuando su ex, Sofía, se fugó con un don nadie. A cambio, él me trataba como si fuera un mueble. Me dejó bajo la lluvia para salvar a Sofía de una uña rota. Me dejó sola en mi cumpleaños para beber champaña en un yate con ella. Incluso me ofreció un vaso de whisky —la bebida favorita de ella—, olvidando que yo despreciaba su sabor. Yo era simplemente un reemplazo. Un fantasma en mi propia casa. Así que dejé de esperar. Quemé nuestro retrato de bodas en la chimenea, dejé mi anillo de platino entre las cenizas y abordé un vuelo de ida a Monterrey. Pensé que por fin era libre. Pensé que había escapado de la jaula. Pero subestimé a Dante. Cuando finalmente abrió ese folder semanas después y se dio cuenta de que había firmado la renuncia a su esposa sin siquiera mirar, El Segador no aceptó la derrota. Incendió el mundo entero para encontrarme, obsesionado con reclamar a la mujer que él mismo ya había desechado.

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