Contrato de Olvido

Contrato de Olvido

S. Mejia

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Capítulo

Clara siempre supo que su matrimonio con el implacable CEO Sebastian Moretti tenía fecha de caducidad. Vendida por su padre para salvar un imperio familiar, pasó tres años habitando los silencios de una mansión de cristal, amando en secreto a un hombre que solo la veía como una cláusula contractual. El día que finalmente decide firmar los papeles del divorcio, el destino interviene con el chirrido de unos frenos y un impacto brutal. Sebastian sobrevive, pero su mente ha borrado precisamente el tiempo que pasaron juntos. Para él, los últimos tres años son un lienzo en blanco; no recuerda el frío de su relación, las discusiones, ni el hecho de que la mujer que está frente a él es su esposa.

Capítulo 1 La tinta más fría

El ático de los Moretti no era un hogar; era un monumento al éxito y una morgue para el corazón de Clara. Las paredes, revestidas de mármol veteado y obras de arte abstracto que costaban más que la educación de una persona promedio, proyectaban un eco constante. Cada paso de Clara sobre el suelo de porcelana resonaba como un recordatorio de su soledad.

Esa tarde, el cielo de la ciudad se había teñido de un gris plomizo, presagiando una tormenta que parecía atrapada en el ambiente, igual que el aire pesado entre ella y su marido.

Sebastian Moretti estaba de pie frente al ventanal que abarcaba de suelo a techo. De espaldas a ella, su figura recortada contra las nubes lo hacía parecer un titán de la industria, alguien hecho de piedra y ambición. No se había quitado la chaqueta del traje, a pesar de que eran pasadas las siete de la tarde. En Sebastian, la relajación era un concepto desconocido; él siempre estaba listo para una batalla o una adquisición.

-Solo falta tu firma, Clara. No hagamos esto más largo de lo necesario -dijo él, sin volverse.

Su voz era profunda, aterciopelada, pero cortante. Era la misma voz que utilizaba para cerrar tratos multimillonarios en Singapur o Londres. Clara, sentada a la mesa de caoba de la biblioteca, sintió que el frío del mármol se le filtraba por los huesos. Frente a ella, los documentos del divorcio estaban extendidos como una sentencia de muerte.

El precio de un rescate

Clara observó el encabezado: Convenio de Disolución Matrimonial. Sus dedos temblaron ligeramente al rozar el papel. Tres años atrás, ella había entrado en este mismo despacho para firmar otro documento: el contrato matrimonial. En aquel entonces, su padre estaba al borde de la quiebra y la cárcel. Sebastian Moretti, el joven tiburón que estaba devorando el mercado inmobiliario, ofreció un salvavidas, pero con una condición estética: necesitaba una esposa que proyectara una imagen de estabilidad y linaje para calmar a los inversores más conservadores de Europa.

Ella aceptó, creyendo ingenuamente que podría derretir el hielo. Se equivocó.

-Tres años -susurró Clara, con la voz quebrada-. Tres años resumidos en una cláusula de confidencialidad y una compensación económica que no pedí. ¿Es esto lo que somos para ti, Sebastian? ¿Un activo que ha terminado de depreciarse?

Sebastian se giró lentamente. Sus ojos, de un gris tormentoso, la recorrieron con una frialdad que dolió más que un golpe físico.

-Fue un trato, Clara. No me mires como si te hubiera engañado. Fuiste muy consciente de los términos desde el primer día. Tu padre mantuvo su empresa y su prestigio, y yo obtuve la paz necesaria para expandir mi imperio. El contrato ha expirado. El mercado ha cambiado. Ambos somos libres.

"Libres". La palabra golpeó a Clara con la fuerza de un insulto. Él hablaba de libertad como si ella fuera una carga de la que finalmente se despojaba.

-¿Libres? -Clara se puso de pie, su silla chirriando contra el suelo-. Tú nunca has dejado de ser libre, Sebastian. Has vivido como si yo no existiera, entrando y saliendo de esta casa como si fuera un hotel, tratándome como a una empleada de lujo que solo servía para lucir joyas en las galas benéficas.

-Hiciste un trabajo excelente, Clara. Nadie duda de tu elegancia -respondió él con una ironía sutil que la hizo arder de rabia.

La noche del "error de cálculo"

Clara apretó los puños. Quería gritarle. Quería recordarle la noche de hace seis meses, cuando una tormenta similar a esta los dejó atrapados en la mansión de la costa. Recordaba el sabor del whisky en sus labios, el calor inusual de sus manos sobre su cintura y la forma en que él había susurrado su nombre contra su cuello, perdiendo por fin el control. Esa noche, ella se entregó con la esperanza de que, bajo la piel del CEO implacable, latiera un corazón humano.

Pero al amanecer, el hielo había regresado. Sebastian se había levantado antes del alba, vistiéndose en silencio, y solo le envió un mensaje de texto horas después diciendo que "lo de anoche fue una indiscreción causada por el estrés". Un error de cálculo. Una anomalía en el sistema.

-Firma -insistió él, señalando el papel con un gesto impaciente-. Mi vuelo a Milán sale en una hora. No quiero dejar asuntos pendientes en el país.

Clara tomó la pluma. La tinta negra fluyó sobre el papel, sellando el final de su vida como la Señora Moretti. Al terminar, dejó la pluma con un golpe seco.

-Ya está. Tienes lo que querías. Espero que tu imperio te dé el calor que nunca permitiste que yo te diera.

Sebastian no parpadeó, aunque una pequeña fibra en su mandíbula se tensó.

-Cuando vuelva el lunes, espero que tus cosas ya no estén en la mansión -dijo él, volviendo a mirar su reloj de pulsera-. Mi abogado recogerá las llaves. Te he dejado una propiedad en el centro a tu nombre. Es más de lo que estipulaba el contrato original.

-Quédate con tu propiedad, Sebastian -espetó ella, sintiendo las lágrimas agolparse en sus ojos-. Para cuando vuelvas, seré un fantasma en esta casa. Tal como me has tratado todo este tiempo.

El rugido del destino

Clara salió de la biblioteca a zancadas, cruzando el enorme salón sin mirar atrás. Necesitaba aire, necesitaba escapar de la fragancia a sándalo y poder que emanaba de él. Bajó al garaje, subió a su coche y arrancó el motor con un rugido que descargó parte de su frustración.

Mientras tanto, en el ático, Sebastian se acercó a la mesa para recoger los documentos. Al moverlos, descubrió una pequeña fotografía que Clara había llevado consigo, quizá como un último intento de recordarle quiénes eran. Era una foto de su boda. En ella, Clara sonreía a la cámara con una vulnerabilidad que ahora, tres años después, Sebastian encontraba extrañamente perturbadora. Él, en cambio, aparecía rígido, como una estatua.

Sebastian dejó la fotografía sobre la mesa, pero el rostro de Clara -esa mezcla de dignidad herida y tristeza profunda- se quedó grabado en sus pupilas. De repente, el ático, su santuario de orden y control, le pareció asfixiante.

-Maldita sea -gruñó para sí mismo.

No podía dejar que ella se fuera así. No era por amor, se dijo a sí mismo, sino por eficiencia. No quería que ella cometiera una imprudencia que terminara en la prensa. Agarró las llaves de su deportivo y bajó al garaje con pasos largos. Vio las luces traseras del coche de Clara desaparecer por la rampa de salida.

Sebastian arrancó y salió tras ella. La lluvia era una cortina sólida que devoraba la visibilidad. El tráfico de la ciudad era un caos de luces rojas y reflejos sobre el asfalto inundado. La vio dos coches por delante, conduciendo con una errática lentitud que delataba su estado emocional.

Él aceleró, queriendo alcanzarla en el próximo semáforo para obligarla a detenerse, para decirle que regresara a casa hasta que escampara. Estaba marcando su número en el manos libres cuando ocurrió.

Un camión de carga, cuyo conductor luchaba contra el hidroplaneo, derrapó en la intersección lateral. Clara, milagrosamente, logró frenar a tiempo, dejando que el gigante de acero pasara a escasos centímetros de su parachoques. Pero Sebastian, que venía con más velocidad intentando darle alcance, no tuvo la misma suerte.

El camión bloqueó toda la vía. Sebastian pisó el freno a fondo, pero el deportivo se convirtió en un trineo de metal sobre el agua.

El impacto fue seco, ensordecedor. El morro del coche de Sebastian se hundió bajo el remolque del camión. La bolsa de aire estalló en un fogonazo blanco, pero no antes de que la cabeza de Sebastian golpeara violentamente contra el pilar lateral.

Clara, desde su coche, escuchó el estruendo. Miró por el retrovisor y el corazón se le detuvo. Reconoció el modelo, la matrícula, la silueta destrozada del hombre que acababa de decirle que era libre.

-¡Sebastian! -el grito murió en su garganta mientras abría la puerta de su coche, corriendo bajo la lluvia hacia el amasijo de hierros.

Tres horas después: El Hospital Central

Clara estaba sentada en la sala de espera, con la ropa aún húmeda y las manos manchadas de una mezcla de aceite y la sangre de su marido. Los papeles del divorcio, olvidados en su coche, estaban empapados; la tinta de sus firmas se había corrido hasta volverse ilegible.

El cirujano salió finalmente, quitándose la mascarilla. Su rostro era una máscara de cansancio profesional.

-¿Señora Moretti? Su esposo está estable. El golpe fue severo y hubo una pequeña hemorragia subdural que hemos logrado controlar. Físicamente, se recuperará.

Clara soltó un suspiro que fue casi un sollozo.

-Gracias a Dios. ¿Puedo verlo? ¿Me reconocerá?

El doctor dudó, una sombra cruzó sus ojos.

-Puede verlo, pero hay algo que debe saber. El traumatismo ha afectado áreas específicas de la memoria reciente. Sebastian ha despertado hace unos minutos. Está orientado en espacio, sabe quién es él... pero parece haber un vacío importante.

-¿Un vacío? -preguntó Clara, sintiendo un escalofrío.

-Cree que estamos en el año 2023. No recuerda nada de los últimos tres años, señora Moretti. Para él, el contrato que firmó con su padre, su ascenso a CEO global y... -el médico hizo una pausa incómoda- su matrimonio con usted, simplemente no han sucedido.

Clara se tambaleó. Los tres años de dolor, de amor secreto, de indiferencia y de aquel encuentro apasionado hace seis meses... todo había sido borrado de la mente de la única otra persona que los había vivido.

-Él no sabe que soy su esposa -susurró ella.

-En este momento, la confusión podría causarle una crisis hipertensiva peligrosa. Mi consejo, al menos por las próximas 48 horas, es que no lo fuerce. Si él no la reconoce, no intente explicarle toda su historia de golpe. Deje que su cerebro se asiente.

Clara caminó hacia la habitación 402. Sus manos temblaban al abrir la puerta. Sebastian estaba sentado en la cama, con un vendaje rodeando su frente. Al escuchar el ruido, levantó la vista.

Ya no había frialdad en sus ojos. No había impaciencia. Había una curiosidad pura, casi infantil, y algo que Clara no había visto en años: una chispa de admiración.

-Hola -dijo Sebastian, con la voz ronca pero suave-. Siento si parezco perdido, pero el doctor dice que he tenido un accidente. ¿Trabajas para mí? Eres... eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida, pero no logro ubicar tu nombre en mi agenda.

Clara sintió que el mundo se detenía. El hombre que la había echado de casa hacía tres horas ahora la miraba como si fuera un milagro. Los papeles del divorcio ya no importaban; en la mente de Sebastian, ellos nunca se habían casado.

Ella tragó saliva, mirando el anillo de bodas que aún llevaba puesto y ocultando su mano tras la espalda.

-Soy... Clara -dijo ella, con el corazón martilleando contra sus costillas-. Y sí, Sebastian. Podría decirse que "cuido" de tus asuntos más personales.

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