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El club L'Éclipse no era un edificio de ladrillos y cemento; era un mausoleo de seda, mármol y pecados dorados. En el corazón de Costablanca, donde el mar susurraba secretos que nadie quería oír, el club se alzaba como el último refugio de aquellos que tenían demasiado dinero para sentir y demasiada oscuridad para dormir. Allí, el aire no se respiraba, se consumía, saturado con el aroma del tabaco de importación, perfumes que costaban el salario de un año y el rancio sudor de la ambición.
Yo, Lyra, me encontraba en la periferia de esa opulencia, una sombra entre las luces estroboscópicas. Mi uniforme de camarera, una prenda de tela rígida y barata que me irritaba la piel, era mi armadura y mi condena. Mientras ajustaba el delantal, mis dedos -ásperos por el agua helada y el trabajo incesante- recordaron por un breve instante la suavidad de las sábanas de hilo que alguna vez me cobijaron. Pero esos eran recuerdos de otra vida, una vida que murió bajo una tormenta hace siete inviernos.
-Lyra, deja de mirar al vacío. La sala SVIP-01 ha sido abierta. Es una reserva de sangre azul -la voz del Sr. Sterling, el gerente, me sacó de mi letargo. Sus ojos, generalmente fríos, mostraron una grieta de compasión-. Si el peso es demasiado, puedo enviar a otra. Sé que ese círculo... solía ser el tuyo.
-El orgullo no alimenta a los enfermos, señor Sterling -respondí, y mi voz sonó como el roce de dos piedras secas-. Mi madre necesita su tratamiento y el casero no acepta nostalgias como pago. Iré yo.
Cargué la bandeja de plata con el decantador de cristal. El peso del metal en mi brazo era un recordatorio físico de mi descenso. Caminé por el pasillo alfombrado, cada paso era un latido sordo en mis sienes. Al llegar a la puerta de caoba tallada, el corazón se me encogió. No era miedo a la servidumbre lo que sentía, sino el presentimiento de que el pasado, ese monstruo que había enterrado con tanto esfuerzo, estaba esperando al otro lado con los colmillos afilados.
Cuando las puertas se abrieron, el mundo se detuvo.
La sala estaba sumergida en una luz ámbar, cálida y asfixiante. En el centro, presidiendo el caos de risas y humo, estaba él. Alistair Blackwood.
El tiempo es un mentiroso. Dicen que cura, pero solo oculta las cicatrices bajo capas de olvido. Alistair ya no era el joven de mirada fiera y camisas raídas que me prometió la luna en un campo de trigo. Ahora era un Alpha Billonario, una deidad de la guerra moderna envuelta en un traje de tres piezas que costaba más que mi libertad. Su presencia era un agujero negro que devoraba toda la luz de la habitación; su mandíbula, tallada por la soberbia, y sus ojos... esos iris dorados que una vez me miraron con adoración, ahora eran dos pozos de desprecio absoluto.
A su lado, como un parásito de alta costura, estaba Seline. La antigua reina de belleza, la mujer que siempre tuvo el don de convertir la seda en veneno. Llevaba un vestido blanco que ofendía a la pureza y un collar de diamantes que parecía una soga de hielo alrededor de su cuello.
-¡Oh, Alistair, mira quién ha venido a servirnos! -la voz de Seline cortó el aire como una cuchilla de afeitar envuelta en terciopelo.
Alistair no se movió. Su mirada se clavó en la mía, y sentí que mis pulmones se llenaban de ceniza. El aire se volvió denso, cargado con el olor de un bosque bajo la lluvia, su esencia de Alpha que todavía, después de tantos años, hacía que mi instinto buscara su refugio. Pero yo ya no tenía hogar.
-Sirve el vino, camarera -ordenó él. Su voz no era una invitación, era un decreto. Un sonido bajo, gutural, que vibró en el fondo de mi columna vertebral.
Me acerqué a la mesa con la cabeza gacha, mis ojos fijos en el mármol para no perderme en los suyos. El silencio en la sala era sepulcral; nuestros antiguos "amigos", ahora herederos y magnates, observaban la escena con la morbosidad de quienes ven un accidente ocurrir en cámara lenta.
-Un Burdeos de la orilla izquierda, Alpha. Veinte minutos de reposo -susurré, mientras vertía el líquido carmesí.
El vino cayó en la copa de cristal, pero mi mano, traicionera y humana, flaqueó. Una gota roja saltó y manchó el mantel de lino blanco. El pecado estaba cometido.
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