El cristal de la ventana del departamento de Diego estaba empañado por la lluvia persistente de Londres, creando una barrera borrosa entre el mundo exterior y el caos que acababa de estallar en el interior. Isabella Donovan se quedó de pie en el centro de la sala, sintiendo que el aire se volvía denso, casi sólido, dificultándole la tarea de respirar. A sus pies, una maleta medio abierta revelaba lencería de encaje rojo que había comprado esa misma tarde, un intento desesperado y, ahora lo sabía, patético, de reavivar una llama que él ya había extinguido en secreto.
—No me mires así, Isabella —dijo Diego, pasándose una mano por el cabello rubio, el mismo que ella solía acariciar hasta quedarse dormida—. No es que no te quiera. Es que… simplemente ya no funciona.
—¿"Ya no funciona"? —La voz de Isabella salió como un susurro roto—. Estuvimos planeando nuestras vacaciones hace apenas dos días, Diego. Me dijiste que me amabas.
Diego soltó un suspiro de frustración, ese sonido que Isabella había aprendido a temer porque siempre precedía a una crítica disfrazada de consejo. Él se acercó a la mesa, evitando encontrarse con los ojos castaños de ella, que ahora brillaban por las lágrimas contenidas.
—Mira, seré honesto porque te mereces la verdad —soltó él, y el veneno en sus palabras fue más letal que cualquier grito—. Te has descuidado, Bella. Mucho. Intento sentir ese deseo de antes, pero cuando te veo… cuando veo cómo llenas la ropa, cómo te mueves… me cuesta. Me siento asfixiado. Necesito a alguien que se cuide, alguien que sea más… ligera.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Isabella sintió como si le hubieran propinado un golpe físico en el estómago. "Ligera". Una palabra tan pequeña para cargar con tanto odio. Ella siempre había sido una mujer de curvas generosas, de caderas anchas y busto firme, algo que Diego solía jurar que adoraba. Pero ahora, bajo la luz fría de la sala, esas mismas curvas se sentían como una condena.
—¿Me estás dejando porque estoy gorda? —preguntó ella, con una claridad que la sorprendió incluso a sí misma.
Diego no respondió de inmediato, lo cual fue la respuesta más dolorosa de todas.
—He empezado a ver a alguien, Isabella. Alguien del gimnasio. Ella es… diferente. Me hace sentir que no tengo que esforzarme tanto por encontrar la chispa.
Isabella no escuchó el resto. No necesitaba hacerlo. El zumbido en sus oídos ahogó las excusas baratas de Diego mientras ella recogía mecánicamente su bolso. No cerró la maleta; simplemente dejó atrás la lencería roja y los sueños de un futuro que nunca existió. Salió del departamento sin mirar atrás, con el eco de la palabra "ligera" rebotando en las paredes de su cráneo como un mantra de tortura.
Caminó durante lo que parecieron horas bajo la lluvia fina. Su abrigo de lana se sentía pesado, empapado, pero no tanto como el peso que cargaba en el pecho. Isabella siempre se había considerado una mujer fuerte, orgullosa de su cuerpo a pesar de los estándares impuestos, pero el rechazo de la persona que debía amarla incondicionalmente había perforado su armadura.
"Nadie te desea", susurró una voz cruel en su mente. "Si el hombre que dormía contigo no podía encontrarte atractiva, ¿quién lo hará?".
Casi sin darse cuenta, se encontró frente a la fachada de madera oscura y luces tenues de "The Obsidian", un bar de estilo clásico, frecuentado por académicos y gente que buscaba discreción. Era el lugar favorito de su tío menor y de su padre, Berto, cuando querían escapar del bullicio. Pero esa noche, Isabella solo buscaba un lugar donde el alcohol pudiera anestesiar el ardor de su insuficiencia.
Entró y el calor del local la golpeó de inmediato, junto con el aroma a roble y tabaco caro. Se dirigió directamente a la barra, ignorando las miradas de algunos clientes que notaron su aspecto desaliñado y su cabello oscuro pegado a las mejillas por el agua.
—Un whisky doble. Sin hielo —le dijo al barman con voz ronca.
Bebió el primero de un trago, sintiendo cómo el líquido quemaba su garganta y encendía un fuego artificial en su estómago. Pidió el segundo. Y el tercero. Con cada vaso, la imagen de Diego y su nueva "amiga ligera" se volvía más borrosa, pero el dolor subyacente seguía ahí, transformándose en una mezcla peligrosa de autocompasión y furia.
—No deberías beber tan rápido, Isabella. El whisky es para paladearlo, no para usarlo como combustible de incendio.
Esa voz. Era profunda, aterciopelada y poseía una autoridad natural que hizo que los vellos de la nuca de Isabella se erizaran. No necesitaba girarse para saber quién era. Solo había un hombre en su círculo cercano que hablaba con esa cadencia pausada, como si cada palabra fuera una lección de vida.
Gabriel Blackwood.
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