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El aceite de trufa apestaba a tierra mojada y a dinero viejo. Era un aroma pesado, empalagoso, que se le pegaba a Alteza en el fondo de la garganta como una flema imposible de tragar.
Estaba de pie en el centro de la cocina, con la cadera apoyada contra el mármol helado de la isla. El cuchillo en su mano se movía con un ritmo mecánico, casi robótico. Cortar. Picar. Deslizar. Las trufas negras, importadas de Italia esa misma mañana, caían convertidas en láminas perfectas, tan finas como el papel.
El reloj de la pared marcó el tiempo con un tictac implacable. Las siete en punto.
Llevaba cuatro horas allí parada. Los pies le palpitaban dentro de las pantuflas, un dolor sordo y constante que le subía por las pantorrillas como un veneno lento.
Era su tercer aniversario.
El solomillo Wellington, el plato favorito de Surco, estaba preparado y listo para entrar al horno. El enrejado de hojaldre era una obra de arte, tejido con esa paciencia infinita que solo poseen las mujeres desesperadas.
El celular vibró sobre la encimera.
El sonido fue agresivo contra el mármol. La pantalla se encendió, iluminando la penumbra de la cocina con un brillo artificial y cruel.
Esposito.
Un reflejo, grabado a fuego tras tres años de condicionamiento, hizo que el corazón le diera un vuelco. Un aleteo patético de esperanza se infló en su pecho. Tal vez venía en camino. Tal vez se había acordado.
Se secó las manos húmedas en el delantal. Deslizó el dedo para desbloquear la pantalla.
La esperanza murió al instante, reemplazada por un golpe físico en la boca del estómago.
Escarcha se desmayó otra vez. Hemoglobina baja. Ve al Hospital San Lucas. Ahora.
Ni un "hola". Ni un "feliz aniversario". Solo una orden. Como si le hablara a un perro.
Alteza se quedó mirando las palabras. Las letras parecían desenfocarse, nadando en una piscina de humedad caliente que le llenó los ojos de golpe. Su respiración se detuvo, atascada en sus costillas como una piedra afilada.
Otra vibración.
Escarcha: Lo siento mucho, Alteza. Surco está tan preocupado por mí. Necesitamos tu sangre Rh negativo otra vez. No se va a calmar hasta que estés aquí.
Una imagen se cargó debajo del texto.
Era una foto tomada desde un ángulo bajo, probablemente desde una cama de hospital. Mostraba una mano de hombre -la mano de Surco, con el reloj de platino que ella le había comprado para su cumpleaños- entrelazada con una mano femenina, pálida y delgada, sobre sábanas blancas.
La intimidad de ese agarre era nauseabunda. Era tierno. Protector.
Todo lo que él nunca fue con ella.
Alteza dejó caer el teléfono boca abajo. El golpe seco resonó en la cocina silenciosa.
Una ola de náuseas la recorrió. Se aferró al borde de la encimera, con los nudillos blancos por la presión. Ya no era solo dolor emocional. Era fisiológico. Su cuerpo estaba rechazando esa realidad.
La puerta principal, en el piso de abajo, se abrió de golpe.
Unos tacones altos repiquetearon con fuerza contra el piso del vestíbulo. El sonido era inconfundible, agresivo.
-Dios mío, ¿qué es ese olor?
Dádiva entró en la cocina, arrugando la nariz como si acabara de pisar una alcantarilla. Llevaba un bolso Hermès Birkin naranja colgando del brazo, balanceándolo con descuido.
Escaneó la cocina, sus ojos deteniéndose en la bandeja de comida preparada.
-¿Vamos a comer esta basura pesada esta noche? -preguntó Dádiva, tirando sus llaves sobre la encimera, peligrosamente cerca de las trufas-. Huele a tierra podrida. Te dije que quería ensaladas ligeras esta semana, Alteza. ¿Estás sorda o simplemente eres estúpida?
Alteza levantó la vista. Sentía la voz oxidada, como si no la hubiera usado en días.
-Es solomillo Wellington. Para el aniversario.
-¿Aniversario? -Dádiva soltó una carcajada. Fue un sonido seco, como un ladrido-. Ay, querida. ¿Todavía llevas la cuenta? Surco no va a venir a casa para comer esta comida de campesinos. Está con alguien que realmente importa.
Dádiva caminó hacia el refrigerador, lo abrió y frunció el ceño.
-La sirvienta faltó hoy -dijo Dádiva, sin mirar a Alteza-. La alfombra de la sala tiene pelusa. Ve a aspirarla antes de irte a la cama. Y deshazte de este olor.
Alteza miró a su suegra. Miró el cabello perfectamente peinado, las joyas costosas, el puro desprecio grabado en cada línea del rostro de la mujer mayor.
Durante tres años, Alteza había agachado la cabeza. Había cocinado, limpiado y ofrecido su brazo para las agujas hasta casi desmayarse, todo para comprar una migaja de afecto de esta familia.
Algo dentro de su pecho hizo un sonido. Fue un chasquido silencioso, como una rama seca rompiéndose en un bosque invernal.
La cuerda se había roto.
Alteza no se movió hacia la aspiradora.
En cambio, sus manos fueron al nudo detrás de su espalda. Desató las cintas del delantal. La tela cayó de su cuerpo, aterrizando en un montón en el suelo.
Lo recogió.
Caminó hacia el compactador de basura, pisó el pedal y dejó caer el delantal dentro.
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