El Amuleto Manchado de Sangre

El Amuleto Manchado de Sangre

Die Wu Pian Pian

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El viento helado de la Puna cortaba la piel mientras caminaba, con los ojos hinchados por las lágrimas ya secas, aferrándome a la urna que guardaba las cenizas de mi hijo Máximo. Mi esposo, Roy, a quien iba a entregarle los papeles del divorcio, no solo no creyó la devastadora verdad de la muerte de nuestro hijo, sino que, manipulado por mi hermana Sasha, me acusó de inventarlo todo para llamar la atención. Roy no mostró ni una pizca de dolor o preocupación por Máximo, se negó a firmar el permiso de entierro, y, en un acto que me desgarró el alma, entregó el amuleto de vicuña de nuestro hijo a Anderson, el niño mimado de Sasha, iniciando los trámites para adoptarlo y reemplazar así a nuestro propio hijo. ¿Cómo era posible que el hombre que juró amarme y el padre de mi hijo pudiera ser tan ciego, tan cruel, tan absolutamente desprovisto de humanidad ante el dolor más insoportable de una madre? Con la urna de Máximo fuertemente abrazada, un suéter de oveja, regalo irónico de Sasha que me irritaba la piel por mi alergia, desgarrado en mis manos, comprendí que la única salida era huir y llevarme a mi hijo lejos de esa casa, de él, y de Sasha.

Introducción

El viento helado de la Puna cortaba la piel mientras caminaba, con los ojos hinchados por las lágrimas ya secas, aferrándome a la urna que guardaba las cenizas de mi hijo Máximo.

Mi esposo, Roy, a quien iba a entregarle los papeles del divorcio, no solo no creyó la devastadora verdad de la muerte de nuestro hijo, sino que, manipulado por mi hermana Sasha, me acusó de inventarlo todo para llamar la atención.

Roy no mostró ni una pizca de dolor o preocupación por Máximo, se negó a firmar el permiso de entierro, y, en un acto que me desgarró el alma, entregó el amuleto de vicuña de nuestro hijo a Anderson, el niño mimado de Sasha, iniciando los trámites para adoptarlo y reemplazar así a nuestro propio hijo.

¿Cómo era posible que el hombre que juró amarme y el padre de mi hijo pudiera ser tan ciego, tan cruel, tan absolutamente desprovisto de humanidad ante el dolor más insoportable de una madre?

Con la urna de Máximo fuertemente abrazada, un suéter de oveja, regalo irónico de Sasha que me irritaba la piel por mi alergia, desgarrado en mis manos, comprendí que la única salida era huir y llevarme a mi hijo lejos de esa casa, de él, y de Sasha.

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El dulce aroma a almendras tostadas llenaba mi pastelería, un santuario de paz. Durante cinco años, Javier, mi novio guapo y el guía turístico del pueblo, y yo, la pastelera, habíamos sido la pareja perfecta, un ensueño andaluz. Pero esa noche, su teléfono vibró en el mostrador, boca abajo, mostrando el mensaje de una tal "Chloe": "Extraño tus explicaciones… y tu sonrisa. ¿Cuándo nos volveremos a ver?", seguido de un emoji de beso. La confrontación estalló, amarga y predecible. Necesitaba espacio, lejos de sus excusas y mis acusaciones. Decidí pasar la noche en la casa de mi abuela, un refugio solitario. "Claro, cariño. Tómate tu tiempo", dijo Javier, aparentemente aliviado. Ninguno de los dos sabía que esa decisión sería el primer escalón hacia el infierno. A la mañana siguiente, el trueno de su voz me despertó. "¡Sofía! ¿¡Qué demonios has hecho!? ¡Mira tu teléfono ahora mismo!". Abrí las redes sociales y vi un vídeo. Explícito. De mí. O de alguien idéntica a mí, riendo, bebiendo, y besando a varios hombres casados del pueblo. Se había vuelto viral. Javier, sin dudarlo, me colgó: "Se acabó. No quiero volver a verte. Para mí, estás muerta". Mi mundo se derrumbó. Los mensajes de insultos y amenazas llovían, mi reputación, construida con años de sudor y dulzura, hecha añicos. Incluso la mirada de mis padres, aunque intentaban creerme, estaba cargada de vergüenza. "¡No soy yo! ¡Es un montaje! ¡Estuve en casa de la abuela toda la noche, lo juro!", grité desesperada. Pero las pruebas se apilaban: el propietario de la casa rural, un viejo enemigo de mi padre, presentó un registro con mi firma. Y luego, el golpe final: el ADN encontrado en la habitación coincidía con el mío. Todo, el vídeo, la firma, el ADN, apuntaba a mí. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía ser esto tan real si yo no estuve allí? La tortura de los interrogatorios continuó. "Todas las pruebas dicen lo contrario", dijo el sargento. Pero en medio de la humillación, una pequeña luz: mi firma. "Esa no es mi firma actual", dije, una oleada de adrenalina barriendo mi desesperación. "Hace un año, una quemadura en mi mano derecha cambió mi forma de firmar. Solo mi banco y yo lo sabemos". Esta ínfima cicatriz, esta minúscula inconsistencia, era mi única esperanza. Una esperanza que, sin saberlo, revelaría una verdad mucho más oscura y personal de lo que jamás pude imaginar.

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