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Durante doce años, mi vida no fue mía, sino de Dawson Parks.
Fui vendida a su familia a los dieciséis años para pagar los tratamientos de cáncer de mi madre, convirtiéndome en la compañera, secretaria y finalmente amante del heredero tecnológico. Un día, su amor de la infancia, Kenzie, regresó a la ciudad. Me dijo que se casaría con ella y me ofreció una liquidación: unos cuantos millones de dólares por doce años de mi vida.
Capítulo 1
Durante doce años, Ellery Evans no fue dueña de su propia vida. Toda su existencia giraba alrededor de Dawson Parks. Todo comenzó cuando tenía dieciséis años. La constructora de su padre estaba al borde de la quiebra y a su madre le acababan de diagnosticar un tipo de cáncer muy raro. Los tratamientos eran astronómicamente caros, y la familia Evans no podía costearlos.
Su padre, un hombre débil y egoísta, vio una oportunidad en su tragedia. Sabía que los Park, una dinastía construida sobre un imperio tecnológico, buscaban una compañera para su heredero más joven, Dawson. Este último tenía trece años. Era un chico guapo, pero volátil, que acababa de perder a su propia madre. Estaba fuera de control y su familia buscaba a una chica inteligente, paciente y madura para su edad para que lo estabilizara.
Fue así como su papá la vendió, y lo presentó como un sacrificio por la salud de su madre. El hombre usó la enfermedad de su esposa para chantajear emocionalmente a Ellery, y ella, una aterrorizada joven de dieciséis años, aceptó. La familia Parks pagó las deudas de su padre y cubrió los gastos médicos de su madre. A cambio, la chica se convirtió en la sombra de Dawson: era su compañera, su tutora y su guardiana. Conforme crecía, los límites se desdibujaron: se transformó en su secretaria personal, manejando su caótica vida y su papel en la empresa familiar. Luego, una noche, impulsado por el alcohol y un corazón roto, él la arrastró a su cama.
Fue así como se convirtió en su amante, pero para ella era solo otra parte de su trabajo. Era astuta, resiliente y pragmática, además de que cumplía sus deberes a la perfección, volviéndose indispensable para él. Para el mundo exterior, era la mujer devota que había capturado el corazón del heredero del imperio tecnológico.
Pero todos estaba equivocados. Ellery no amaba a Dawson Parks. De hecho, lo veía por lo que era: un niño inmaduro y posesivo que dependía por completo de ella. Él la daba por sentada, creyendo que su presencia inquebrantable nacía del amor, no de un contrato.
Además, ese hombre estaba obsesionado con otra persona: Kenzie Mclaughlin, su amor de la infancia, que se le había escapado. Durante años, habló de ella, de su pureza, su dulzura, y del amor perfecto e idealizado que compartieron antes de que ella se mudara.
Ahora, Kenzie iba a regresar. Ellery encontró el correo de confirmación del vuelo en la bandeja de entrada de Dawson: "Kenzie Montemayor. Llegada: mañana".
Esa noche, el aire en el penthouse del heredero estaba cargado de una energía frenética. Había ropa esparcida por el suelo y botellas vacías llenaban la mesa de centro. Dawson era un torbellino de movimiento: caminaba de un lado a otro, sacaba cosas de su clóset y luego las aventaba a otro lado. Mientras lo hacía, tarareaba una melodía alegre y desafinada que crispaba los nervios de Ellery.
De repente se detuvo, volteó a verla y le dedicó una sonrisa amplia e infantil, aunque no había rastro de felicidad en sus ojos. La agarró, y le plantó un beso rudo y posesivo. Sus manos estaban por todas partes, enredándose en su cabello y deslizándose por su espalda. Era un acto de posesión, no de afecto. Ella lo soportó, tal como había soportado todo lo demás durante los últimos doce años.
Él se apartó, y con su cálido aliento impactando la mejilla de la chica, le susurró, con una emoción que no había escuchado en años: "El, ella por fin vuelve. Kenzie por fin regresa a mí.
Ellery no sintió nada, solo un clic silencioso y definitivo en su mente. Ese era el final de su condena.
Dawson confundió la expresión plácida en su rostro con aceptación, así que sonrió radiante, con un alivio palpable y acariciándole la cabeza, le dijo: "Sabía que lo entenderías. Siempre has sido la más comprensiva".
Aunque esas palabras sonaban como un cumplido, la chica sabía que eran los barrotes de una jaula barata.
"Me voy a casar con ella. La he amado desde que éramos niños", dijo él finalmente.
Esas palabras habían sido una verdad no dicha entre ellos durante más de una década. Aun así, su interlocutora no cambió de expresión. En cambio, le sostuvo la mirada en la penumbra.
"Lo sé", respondió tranquilamente.
Él parecía complacido por su respuesta, que interpretó como una prueba más de su devoción y de su disposición de hacerse a un lado por su felicidad. "Me encargaré de ti, por supuesto", le aseguró el hombre, adoptando un tono más profesional. "Te daré una casa, un auto y unos cuantos millones de dólares. Será suficiente para que vivas cómodamente el resto de tu vida".
Le daría una liquidación de oro por los doce años de su vida que le había dedicado.
"De acuerdo", contestó ella.
Él frunció el ceño y, por un momento, apareció un destello de algo indescifrable en sus ojos. Parecía querer una reacción diferente: lágrimas, gritos, o alguna señal que probara que a ella le importaba.
"Pero seguirás siendo mi secretaria, ¿verdad?", preguntó, apretándole más el brazo. "Te necesito. Sabes que no funciono sin ti".
Ella miró la mano ajena sobre su brazo, y luego volvió a concentrarse en su rostro. Estaba a punto de decirle que no, que su contrato había terminado, que finalmente era, benditamente libre.
Sin embargo, el celular del hombre sonó justo en ese momento.
En la pantalla, brillaba claramente un nombre: Kenzie. Dawson cambió su actitud por completo. La posesividad que mostraba se desvaneció, reemplazada por una sonrisa suave y ansiosa. Además, soltó a Ellery como si le quemara.
"Kenzie", contestó suavemente. "¿Estás en el aeropuerto?... No, por supuesto que no estoy ocupado. Ya voy para allá".
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