LOST
mas borrachos entre los rascacielos. Todo era blanco nuclear, cristal ahumado y acero quirúrgico; un lugar donde hasta la suciedad parecía pedir permiso
original de Arihwa aún flotaba en algún rincón oscuro de la carne, gritando sin voz, arañando las paredes del cráne
a en ondas perfectas sobre la espalda desnuda. La luz del amanecer atravesaba los ventanales y la b
a mandíbula de Arihwa, esa mandíbula que había hecho llorar a medio mundo en revistas y panta
es frente al espejo. La sonrisa número 7: "cariño
ro despertar -respondió, modulando la voz
a a vainilla y a la crema hidratante de cuatro
onaste todo ese dinero... brillabas, Ari. No era la luz de los
, Sancer sin
en
umo comparado con la moneda real: doce almas firmando su ruina en letra pequeña
a solo ve
deslizando el brazo alrededor de sus
ndo la palma de su mano-. Es ser.
que no siguiera hablando de salvaciones que él nunca podría ofrecer. La besó
rato -dijo al fin, a
al se quebró como cristal barato. Sancer se miró las manos q
de oro y espejos que se multiplicaban hasta el infin
luz de luna, ojos de cielo invernal, la cara que hacía que las vi
tal con dedo
ara de san
eflejo
o la de un reptil, y una sombra negra trepó por el cuello como cáncer líquido. El verdadero rostro pu
dientes hasta que crujiero
as como ácido corrosivo. El amor enfermizo, posesivo, abrasador que sentía por Elena era la llama que más rápidoombra se hundió. El ánge
río, temblando dentro de la bata de seda
l espejo, voz rota-. La mentir
itaba
taba v
de que la piel prestada
abía elegido para él ("te hace parecer un prí
fec
blemente
azufre viejo. Las ratas corrían entre latas aplastadas y
l umbral, el a
ue lamía el techo, cadenas tintineando como cam
y arrastrada-. ¿Trajiste galletitas para los po
thius -respondió San
carcajada que hizo
Infierno. Dicen que te encariñaste con la humana. Que duermes abrazado a ella como
endo cómo la rabia le trepaba por
embla como virgen en burdel cad
o, negro, con motas doradas flota
o. Te mantendrá bonito unos días más. Pero t
pó el frasc
qué me
s por una mortal -Zythius sonrió con todos los dientes, afilados como cuchillos-. Recuerda: e
plosión de ceniza y ol
La rabia fría y deliciosa llenó el hueco donde antes había fatiga. Por un momento se sintió invencible. Por un mo
(nombre en clave Géminis) bebía café frío de un vaso de c
SANCER/ARIHWA – ático de lujo, fre
A CAÍDO – barrios bajos del puerto, sin act
dientes blancos
edecible, dem
ió un paquete diminuto por una f
a iridiscente de ángel caída (a
z de Arihwa diciendo "Eres mía" en la gala, con un le
de Sancer besando a Elena en el balcón, pero con l
celestial que jamás haya existido. El que nunca perdona. El que
onductor, encendió un cigarrillo elect
ece el es
tico. El cielo era una herida a
un vino que costaba más que el sueldo anual de un profesor. Elena ll
odía dejar
Elena con una nitidez dolorosa: la curva de su cuello, la forma en que su corazón latía por él, la devoción absoluta quo ella al fin, voz p
ión absoluta. La rabia del frasco burbujeaba, exigiendo
a mesa con tanta fuerza que el cristal se agrietó en forma de estrella, un patr
se enc
como si te estuvieras apagando. Ayer en la cama, me abrazaste ta
a. Un insulto. El recordato
del crepúsculo lo hizo parecer más alto, más ancho, más peligroso. La rabia del estabilizador rugía en
r mi luz? -preg
el cielo de incendio. La besó como quien marca territorio: duro, sin ternura, con sabor a ceniza y amenaza. Un beso que era una violación calculada del al
biertos, una mezcla peligrosa de sumisión y excitación. Había
hwa, sino una octava más grave, más profunda, como si viniera de muy lejos-
y la fascinación enfermiza que él había cultiva
ntes, un tablero de ajedrez donde él había creído ser el rey. Se sentía p
rvada. Unos ojos ardían en la oscuridad del callejón, muy abajo. Ojos que brillaban con la
e ánge
a goteando de las plumas arrancadas. Su cuerpo original (la carne torturada que Sancer había dejado con la médula drenada) había s
, pero f
onr
promesas de venganza. La sonrisa de un
ilizador se le escapaba en
d había r
o de la expulsión demoníaca. El mismo que había usado el arcángel Miguel para echar a Lucifer. No
eco, una punzada en la nuca, justo
ojos, como si escuchara una orden que solo
tre las sombras. Había cumplido
ababa de empezar. Y esta vez, el ángel caído no
a de un rayo, no en el cuerpo de Arihwa (que Sancer habomo si miles de alfileres de luz se clavaran en el lugar
z se esta
-preguntó Elena, da
ó fue un gruñido gutural. La mandí
a sombra líquida de su verdadera forma comenzó a deslizarse por su cu
ie lo viera fallar. Corrió hacia el baño, el cubo de má
obada de Arihwa, esa mosca atrapada en la lámpara
caigas, voy a gritar tan fuerte
ío, apretando la cabeza, luchando por mantener la ilusión. Vomitó, pero lo que salió no fue
odo el poder restante de la do
. El rojo de su ojo se apagó. Pero la tensión era
itaba
pero controlada. Elena seguía junt
ar. Estás asustándome.
a el armario para agarrar las llaves de su h
ación? ¿Es el dinero? -Las lágrimas le corrían p
tió un asc
ilidad
aquí. Duerme. Olvídalo -Su v
puerta. Su cuerpo temblaba, per
ma... el color de tus ojos... te has ido,
do lo golpeó con l
meses, no usó la Sonrisa Número 7. Us
i. Por esta farsa de perfección. Esta situación de mierda huele a
mana. Ella se golpeó contra la pared. El sonido de su grito se
n el ascensor privado, su me
l ángel caído
eñal, significaba que tenía minutos, no hora
ar en la cara de Arihwa. Necesitaba un lugar donde pualmacén abandonado a las afueras del distrito fina
ta y se dejó caer en
sintiendo cómo los huesos
osa eléctrico y sus gafas
de teclear en su consola-. El sabueso ya está activado. Su último raento. La piel alrededor de sus ojos est
que había sido relegada a la posición de un pasajero aterrorizado, sintió la inyección de poder qu
lo
ma expulsada era peor que
empezó a salir. No por la boca, sino por la piel, como si una pitón se deshiciera
olarizado. El olor a ozono
fue dobleme
a, cuernos de carnero retorcidos, ojos de lava.
temblando, con sus ojos de cielo invernal abiertos de par en
abía llevado un trozo
sostuvo
o! ¡Fuera!
una túnica negra de la guantera. Estaba debili
n furia, la misma cara de santo, pe
propósito -Sancer sonrió con sus colmillos de tiburón-. A
o hasta el final, intentó leva
ara con un revés que hizo crujir su recién recu
su nariz. El guardián, el sabueso Thaeriel, ven
nclinó haci
sector beta. Una pluma más, un grito
es -murmuró Vezroth, tecleando órdenes que harían que
e, vestido con una armadura de kevlar negro y una gabardina de cuero) se materializó en el centro de un polígono
hecha serafín: cero piedad,
pequeña pluma iridiscente de ángel, la que Vezroth había enviado, sa
profunda que hacía eco en el metal c
te, como una brasa. El rastro de la posesión era incon
comunicación. Protocolo
Sancer, Príncipe de la Mentira. Recuperar hués
se activaron. No había
plosión de energía demoníaca concentrada que venía del centro de
uidoso. Dema
rabia pura de Sancer significaba que estaba débil y que intentaba
za. Olfateó el aire que olítético y ozono caro. El perfume de Elena. Y el rastro diminuto
del fuego y el caos. Siguió e
ejando la pluma en el charco. Sabía dónde encontrar a
nde viví
y la silla volteada eran un eco de la violencia de Sancer. Estaba aterrorizada, p
negra que Sancer había vomitado. Olía a incienso quemado y a alg
o es h
e estar, donde la luz del atardecer
ello pl
a ciudad parpadeando a sus espaldas. Su gabardina se agitaba sin viento, y el aire en e
uietud absoluta, una paz helada q
jo Thaeriel, su voz era como el sonido de u
azó sus
otro de sus amig
ca, pero a diferencia de la belleza engañosa de Arihwa,
perdido. El hombre al que llamas Arihwa... no es Arih
a nota aguda
Él es el ser m
nto, su caridad, su fundación para cosechar almas para su legión. La lu
que había traído del charc
disfraz y ha huido, llevándose la
a miró la plum
sonó fría y matemática-. Ese amor no es una debilidad para Sancer. Es
tengo qu
endió, y Elena sintió una descarga eléctrica, una verdad antigua y dolorosa in
coacción. Necesitaba
debes abrazarlo, sin miedo. La luz que tienes ahora es la única que él nunca podrá robar. Lo hará vulnerab
so violento de Sancer. Los ojos llenos de lágrimas, p
hwa? -p
ndo, su voz se suavizó-. El ángel caído pagará
viento de la ciudad entró. El
ancla, su trofeo. Estar
in dejar rastro, como
z de los rascacielos. Y ella, con la pluma del ángel en la mano, se convi
al tocador
ra una
na tr
er ser mejor,» ha
tu palabra,» pensó Elena,
, con sus alas rotas y su médula drenada, tenía a un Gua