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LOST

Capítulo 3 2. La ficciòn de la luz

Palabras:4442    |    Actualizado en: 24/01/2026

mas borrachos entre los rascacielos. Todo era blanco nuclear, cristal ahumado y acero quirúrgico; un lugar donde hasta la suciedad parecía pedir permiso

original de Arihwa aún flotaba en algún rincón oscuro de la carne, gritando sin voz, arañando las paredes del cráne

a en ondas perfectas sobre la espalda desnuda. La luz del amanecer atravesaba los ventanales y la b

a mandíbula de Arihwa, esa mandíbula que había hecho llorar a medio mundo en revistas y panta

es frente al espejo. La sonrisa número 7: "cariño

ro despertar -respondió, modulando la voz

a a vainilla y a la crema hidratante de cuatro

onaste todo ese dinero... brillabas, Ari. No era la luz de los

, Sancer sin

en

umo comparado con la moneda real: doce almas firmando su ruina en letra pequeña

a solo ve

deslizando el brazo alrededor de sus

ndo la palma de su mano-. Es ser.

que no siguiera hablando de salvaciones que él nunca podría ofrecer. La besó

rato -dijo al fin, a

al se quebró como cristal barato. Sancer se miró las manos q

de oro y espejos que se multiplicaban hasta el infin

luz de luna, ojos de cielo invernal, la cara que hacía que las vi

tal con dedo

ara de san

eflejo

o la de un reptil, y una sombra negra trepó por el cuello como cáncer líquido. El verdadero rostro pu

dientes hasta que crujiero

as como ácido corrosivo. El amor enfermizo, posesivo, abrasador que sentía por Elena era la llama que más rápido

ombra se hundió. El ánge

río, temblando dentro de la bata de seda

l espejo, voz rota-. La mentir

itaba

taba v

de que la piel prestada

abía elegido para él ("te hace parecer un prí

fec

blemente

azufre viejo. Las ratas corrían entre latas aplastadas y

l umbral, el a

ue lamía el techo, cadenas tintineando como cam

y arrastrada-. ¿Trajiste galletitas para los po

thius -respondió San

carcajada que hizo

Infierno. Dicen que te encariñaste con la humana. Que duermes abrazado a ella como

endo cómo la rabia le trepaba por

embla como virgen en burdel cad

o, negro, con motas doradas flota

o. Te mantendrá bonito unos días más. Pero t

pó el frasc

qué me

s por una mortal -Zythius sonrió con todos los dientes, afilados como cuchillos-. Recuerda: e

plosión de ceniza y ol

La rabia fría y deliciosa llenó el hueco donde antes había fatiga. Por un momento se sintió invencible. Por un mo

(nombre en clave Géminis) bebía café frío de un vaso de c

SANCER/ARIHWA – ático de lujo, fre

A CAÍDO – barrios bajos del puerto, sin act

dientes blancos

edecible, dem

ió un paquete diminuto por una f

a iridiscente de ángel caída (a

z de Arihwa diciendo "Eres mía" en la gala, con un le

de Sancer besando a Elena en el balcón, pero con l

celestial que jamás haya existido. El que nunca perdona. El que

onductor, encendió un cigarrillo elect

ece el es

tico. El cielo era una herida a

un vino que costaba más que el sueldo anual de un profesor. Elena ll

odía dejar

Elena con una nitidez dolorosa: la curva de su cuello, la forma en que su corazón latía por él, la devoción absoluta qu

o ella al fin, voz p

ión absoluta. La rabia del frasco burbujeaba, exigiendo

a mesa con tanta fuerza que el cristal se agrietó en forma de estrella, un patr

se enc

como si te estuvieras apagando. Ayer en la cama, me abrazaste ta

a. Un insulto. El recordato

del crepúsculo lo hizo parecer más alto, más ancho, más peligroso. La rabia del estabilizador rugía en

r mi luz? -preg

el cielo de incendio. La besó como quien marca territorio: duro, sin ternura, con sabor a ceniza y amenaza. Un beso que era una violación calculada del al

biertos, una mezcla peligrosa de sumisión y excitación. Había

hwa, sino una octava más grave, más profunda, como si viniera de muy lejos-

y la fascinación enfermiza que él había cultiva

ntes, un tablero de ajedrez donde él había creído ser el rey. Se sentía p

rvada. Unos ojos ardían en la oscuridad del callejón, muy abajo. Ojos que brillaban con la

e ánge

a goteando de las plumas arrancadas. Su cuerpo original (la carne torturada que Sancer había dejado con la médula drenada) había s

, pero f

onr

promesas de venganza. La sonrisa de un

ilizador se le escapaba en

d había r

o de la expulsión demoníaca. El mismo que había usado el arcángel Miguel para echar a Lucifer. No

eco, una punzada en la nuca, justo

ojos, como si escuchara una orden que solo

tre las sombras. Había cumplido

ababa de empezar. Y esta vez, el ángel caído no

a de un rayo, no en el cuerpo de Arihwa (que Sancer hab

omo si miles de alfileres de luz se clavaran en el lugar

z se esta

-preguntó Elena, da

ó fue un gruñido gutural. La mandí

a sombra líquida de su verdadera forma comenzó a deslizarse por su cu

ie lo viera fallar. Corrió hacia el baño, el cubo de má

obada de Arihwa, esa mosca atrapada en la lámpara

caigas, voy a gritar tan fuerte

ío, apretando la cabeza, luchando por mantener la ilusión. Vomitó, pero lo que salió no fue

odo el poder restante de la do

. El rojo de su ojo se apagó. Pero la tensión era

itaba

pero controlada. Elena seguía junt

ar. Estás asustándome.

a el armario para agarrar las llaves de su h

ación? ¿Es el dinero? -Las lágrimas le corrían p

tió un asc

ilidad

aquí. Duerme. Olvídalo -Su v

puerta. Su cuerpo temblaba, per

ma... el color de tus ojos... te has ido,

do lo golpeó con l

meses, no usó la Sonrisa Número 7. Us

i. Por esta farsa de perfección. Esta situación de mierda huele a

mana. Ella se golpeó contra la pared. El sonido de su grito se

n el ascensor privado, su me

l ángel caído

eñal, significaba que tenía minutos, no hora

ar en la cara de Arihwa. Necesitaba un lugar donde pu

almacén abandonado a las afueras del distrito fina

ta y se dejó caer en

sintiendo cómo los huesos

osa eléctrico y sus gafas

de teclear en su consola-. El sabueso ya está activado. Su último ra

ento. La piel alrededor de sus ojos est

que había sido relegada a la posición de un pasajero aterrorizado, sintió la inyección de poder qu

lo

ma expulsada era peor que

empezó a salir. No por la boca, sino por la piel, como si una pitón se deshiciera

olarizado. El olor a ozono

fue dobleme

a, cuernos de carnero retorcidos, ojos de lava.

temblando, con sus ojos de cielo invernal abiertos de par en

abía llevado un trozo

sostuvo

o! ¡Fuera!

una túnica negra de la guantera. Estaba debili

n furia, la misma cara de santo, pe

propósito -Sancer sonrió con sus colmillos de tiburón-. A

o hasta el final, intentó leva

ara con un revés que hizo crujir su recién recu

su nariz. El guardián, el sabueso Thaeriel, ven

nclinó haci

sector beta. Una pluma más, un grito

es -murmuró Vezroth, tecleando órdenes que harían que

e, vestido con una armadura de kevlar negro y una gabardina de cuero) se materializó en el centro de un polígono

hecha serafín: cero piedad,

pequeña pluma iridiscente de ángel, la que Vezroth había enviado, sa

profunda que hacía eco en el metal c

te, como una brasa. El rastro de la posesión era incon

comunicación. Protocolo

Sancer, Príncipe de la Mentira. Recuperar hués

se activaron. No había

plosión de energía demoníaca concentrada que venía del centro de

uidoso. Dema

rabia pura de Sancer significaba que estaba débil y que intentaba

za. Olfateó el aire que olí

tético y ozono caro. El perfume de Elena. Y el rastro diminuto

del fuego y el caos. Siguió e

ejando la pluma en el charco. Sabía dónde encontrar a

nde viví

y la silla volteada eran un eco de la violencia de Sancer. Estaba aterrorizada, p

negra que Sancer había vomitado. Olía a incienso quemado y a alg

o es h

e estar, donde la luz del atardecer

ello pl

a ciudad parpadeando a sus espaldas. Su gabardina se agitaba sin viento, y el aire en e

uietud absoluta, una paz helada q

jo Thaeriel, su voz era como el sonido de u

azó sus

otro de sus amig

ca, pero a diferencia de la belleza engañosa de Arihwa,

perdido. El hombre al que llamas Arihwa... no es Arih

a nota aguda

Él es el ser m

nto, su caridad, su fundación para cosechar almas para su legión. La lu

que había traído del charc

disfraz y ha huido, llevándose la

a miró la plum

sonó fría y matemática-. Ese amor no es una debilidad para Sancer. Es

tengo qu

endió, y Elena sintió una descarga eléctrica, una verdad antigua y dolorosa in

coacción. Necesitaba

debes abrazarlo, sin miedo. La luz que tienes ahora es la única que él nunca podrá robar. Lo hará vulnerab

so violento de Sancer. Los ojos llenos de lágrimas, p

hwa? -p

ndo, su voz se suavizó-. El ángel caído pagará

viento de la ciudad entró. El

ancla, su trofeo. Estar

in dejar rastro, como

z de los rascacielos. Y ella, con la pluma del ángel en la mano, se convi

al tocador

ra una

na tr

er ser mejor,» ha

tu palabra,» pensó Elena,

, con sus alas rotas y su médula drenada, tenía a un Gua

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