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LOST

Capítulo 4 3. El rastro de las plumas negras

Palabras:2082    |    Actualizado en: 24/01/2026

dumbre. Arihwa avanzaba arrastrando los pies, dejando tras de sí un rastro intermitente de gotas doradas que brillaban tenuemente bajo los neones rotos. Cada

r. Los bordes estaban ennegrecidos, como si la carne se hubiera quemado desde dentro. La sangre que seguía brotando era dorada -la sangre inconfundible de un ángel-, pero ahora

ecido sin dejar cicatriz. Pero él... ya no sanaba. Tocó la herida y sintió cómo la carne se negaba a cerrarse, co

idada, piedra negra, el regalo de Elena en su penúltima vida humana juntos. Sancer se lo había quitado durante la pelea, junto con un mechón

insignificante. La esencia no se había disipado; se había corrompido, volviéndose negra en los bordes. Guardó el pendiente en el

palda como alas de cuervo moribundo. Algunas plumas negras se desprendían y caían al suelo

vagando cuando oyó los pasos. L

a era alta, envuelta en una capa oscura que parecía absorber la luz de las farolas. E

que no podría. Algo en la postura del otro le detuvo: había u

, baja, cuidadosa, como si

ía oído en los coros celestiales, en las batallas con

surró, la ga

abajo. Sus ojos dorados, idénticos a los que Arihwa había tenido antes de oscurecerse, se det

trás, como si lo hubieran g

gesto que le costó más esf

lo soy. O lo q

ió la cabez

ue estaba en peligro. Pero tú... -Su voz se quebró-. Tú estás... co

eda. El mundo giraba lentamente, co

o. Pero estoy al borde,

é te

. Mi rostro. Mi voz.

ció bajo la

? ¿Está

el movimiento le p

e soy yo. Y y

eridas abiertas, la sangre viscosa, las plumas

como si temiera que Arihwa

te así. Ven conmi

rumpió Arihwa con amargura-. Y tendrían razón. Ya

. La mancha dorada ahora era cas

dedos cuidadosos

. Ningún ritual puede corrom

ohibido incluso para los caídos. Robó mi

distancia, un gato maulló y algo metáli

a voz ronca-. Antes de que Elena se dé cuenta d

rato, los ojos lleno

diciones de enfr

ihwa, y la certeza en su voz era

o que parecía provenir

no lo ha

chispa de algo parecido a la es

¿Aunque creas q

iente en su propio b

que los humanos inventaran el fuego. No

mas le quemaban, pero no la

la luz de la cocina

ándose por la piel roja con un sonido húmedo. Elena estaba sentada en la

-preguntó con una sonrisa nostálgica que no alcanzaba los

rando los dientes p

las abejas. Lloriqueabas ha

ió el ceño

como un globo. Tú bajaste corriendo y me llevaste

o, pero su mano se de

nos castigó sin

Su voz era tranquila, per

o que era nuestro botín y que lo disfrutaríamos juntos. Nos

bados- se encontraron con los de ella. Por un

idamente-. Mezclé los r

fijamente, s

o a quejarse. Nos quitó el postre una semana entera. Tú me diste tu

sonrisa seguía allí, pero ahora era tens

ños, amor. Algunos d

brazos, retroc

e mis cereales favoritos cuando tenía siete años. El nombre del perro que atropel

ó, intentando t

ena

olvidar. Y recuerdas otras que nunca pasaron. Como aquella vez que dijiste que fuimos a la feri

fuera, la ciudad seguía su ritmo indiferente, p

echo como veneno. Ella estaba empezando a v

, más amplio, m

He estado trabajando mu

e que querías hijos. Tú siempre dijiste que no. Que éramos suficient

uerdos de Arihwa como páginas de un libro, pero n

vez, la voz b

ontigo quiero todo. Una fa

so atrás, chocand

lluvia. Olías a ozono y a plumas.

ncer se entrec

ijo Elena de pronto, cogiendo l

ena, es

abriendo la puerta. Sancer la sigui

a sobre la encimera, junto a las manzanas a m

o se movieron, alargándose como dedos vivos. Las había creado él mismo, fragmentos

tenida-. No la pierdan de vista. Si habla con al

por debajo de la puerta,

farola. Las lágrimas le quemaban en los ojos, pero se negaba a dejarlas

n. Lo sabía en los

recha, entrelazando sus dedos de una forma específica, como una promesa.

la lluvia: a tormenta y a algo puro,

ía que ella no se daba cuenta: como si fue

ista bruscamente. Por un instante, creyó ver ojos

ril

uma

e pie de

én es

ó, moviendo las hojas c

otra vez, más cerca, deslizán

ió, el corazón

enme

, pero las sombras eran más rápid

sintió su miedo como

erando el paso a pesar del d

del brazo pa

de que sea d

rápido, cubriendo el camino como una alfombra fúnebre. La san

o había

sombras de la ciudad,

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