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La Traición de Mi Prometido: Mi Héroe, Mi Verdugo

La Traición de Mi Prometido: Mi Héroe, Mi Verdugo

Mi vida era un cuento de hadas, forjado entre los lujos de Bogotá y el amor profundo que sentía por Alejandro Rojas, el leal jefe de seguridad de mi padre y mi flamante prometido. La noche de la gran gala benéfica de la Fundación Nuevo Amanecer, con el preciado anillo en mi dedo, sentía que lo tenía todo. Pero bajo las luces cegadoras, Alejandro sacó una placa de la DIJIN y su voz, antes de amor, tronó una acusación helada: mi padre, el respetado filántropo, era un narcotraficante y criminal de guerra. El caos estalló y, en un instante de horror, fui disparada por su lealtad, cayendo mientras mi mundo perfecto se desintegraba a pedazos. Desperté en un hospital estéril, el dolor de mi hombro pálido ante la cruda verdad: Alejandro, el hombre que amaba, me confirmó sin piedad que siempre fui solo una "herramienta", parte de una "misión", un objeto desechable. Me sentía sucia, humillada, la hija de un monstruo, y cada mirada a mi alrededor, cada palabra de su fría exnovia Elena, confirmaba que no era más que daño colateral. Él me bloqueó, me ignoró, sus ojos vacíos me atravesaron como si fuera invisible, dejándome sola y rota. ¿Cómo podía el amor de tres años, las noches compartidas, la promesa de una vida juntos, no significar "nada"? ¿Cómo el hombre que me salvó la vida podía ahora destrozarme el corazón con tanta crueldad, llamándome la "hija de un asesino" mientras el misterioso número 734 revelaba la impensable traición de mi padre contra mi propia madre? Mi héroe era un monstruo, mi amor, un verdugo, y la verdad se había retorcido hasta volverse irreconocible, dejándome ahogada en un océano de dolor y de preguntas sin respuesta. Pero entre las cenizas de mi mundo en ruinas, una chispa de rabia y un oscuro secreto materno-mi madre había sido una valiente infiltrada asesinada por mi padre-encendieron el fuego de una venganza implacable. Ya no era Sofía Vargas, la niña rica traicionada; ahora era "Luna", la "adicta" infiltrada en las fauces del cartel de "El Espectro", dispuesta a sacrificarlo todo para vengar a mi madre y purgar los pecados de mi padre, aun si eso significaba mi propia destrucción.
La Novia Olvidada

La Novia Olvidada

Para detener una guerra de cárteles que pintaba mi país de rojo, acepté mi destino: casarme con Miguel, el nuevo líder del cártel de Sinaloa. Él era mi amor de la infancia, ahora el peor enemigo de mi familia. El pacto era simple: un matrimonio a cambio de paz. Pero el día de nuestra boda no hubo vestido blanco, solo el silencio pesado de un rancho remoto, un presagio del infierno que se avecinaba. Esa noche y las siguientes, Miguel me tomó con brutalidad, una posesión que dejó marcas en mi piel y un vacío en mi alma. Creí, en mi inocencia, que era una forma torcida de amor, que el niño que me regalaba flores silvestres aún vivía dentro de él. Me aferré a la frágil creencia de que mi sacrificio estaba funcionando, que la paz, aunque precaria, se mantenía. Pero una mañana, mi ilusión se hizo añicos. Miguel, el hombre que compartía mi cama, lideró a diez mil sicarios en un devastador asalto coordinado sobre la Ciudad de México. El pacto de paz era una mentira, una treta para bajar la guardia del gobierno. Me obligó a mirar: el Palacio Nacional en llamas, a mi padre desmembrado, a mi hermano acribillado, a mi madre humillada. En medio de la carnicería, se volvió hacia mí, sus ojos vacíos de emoción, una sonrisa cruel. "¿Ximena?", su voz era un susurro cortante. "¿De verdad creíste que tu belleza cautivaría mi corazón? ¿Que entregándote en mi cama saldarías la deuda de sangre?". El mundo de Ximena se derrumbó: no había amor, solo un odio frío y calculador. Fui despojada de mi nombre, de mi estatus, de todo, confinada en una hacienda olvidada. Intenté morir, pero él me lo impidió, amenazando con desenterrar a mi familia. "¡No te atrevas a morir sin mi permiso! ¡Tu vida me pertenece!", me gritó. Así que dejé de luchar, convertida en una sombra, un cuerpo que respiraba pero que había muerto por dentro. Un día, en la celebración de su unificación de poder, me exhibió, me humilló, me hizo bailar. Cuando la sangre brotó de mi boca, me acusó de fingir para llamar su atención: "Vaya teatro", dijo. Pero en sus ojos yo vi un destello de pánico que él se apresuró a ocultar. En su habitación, me reveló la verdad más cruel: sabía de nuestro hijo y me había vaciado para que nunca más pudiera concebir. Y entonces, Sofía, embarazada del nuevo heredero, anunció su alegría. Miguel se transformó, mostrando la ternura que una vez me negó. "Y tú, Ximena, servirás a Sofía. Lavarás su ropa, limpiarás sus aposentos, te asegurarás de que no le falte nada." ¡El infierno en la tierra! Me quedaban solo dos días. Sofía me torturaba, y Miguel me golpeó al ver mi sangre, amenazándome con desenterrar a mi madre. "¿Olvidaste al bastardo que perdiste? ¿Sabes dónde enterré lo que quedó de… eso?", susurró. "En el campo, donde cagan los perros. ¡Un movimiento en falso, Ximena, y juro que lo desenterraré con mis propias manos y te haré comer la tierra de su tumba!" Enloquecida, rogué por mi hijo, golpeándome la cabeza hasta sangrar, hasta que el suelo fue un charco carmesí. Él solo me miró con desprecio y se fue con Sofía. En mi agonía, mientras las moscas zumbaban sobre mí, fui mordida por una tarántula. El veneno, combinado con el que ya llevaba dentro, me consumió. Entre alucinaciones de mi padre y mi hermano, vomité una podredumbre negra, y algo vivo se retorció. No era una muerte tranquila; era brutal. Miguel, al verme "morir", entró en pánico. El chamán le reveló que mi "medicina" había acelerado la muerte del Gu, el veneno que tomé para salvarlo a él, diez años atrás. Todo lo que había hecho por él, Miguel lo había ignorado. En un flashback, recordó mi sacrificio, mi amor, y su propia ceguera. La había asesinado. Miguel, desesperado, le suplicó al chamán un ritual. Con su propia sangre, en un acto de redención tardía, Miguel me trajo de vuelta a la vida. Pero mis ojos solo reflejaban un vacío infinito. "No me llames así. Mi nombre es Prisionera Número Siete," respondí, mi alma rota. Él trató de expiar sus pecados, vengándose de Sofía y llevando a cabo el entierro de nuestro hijo, a quien nombré Ángel. "Yo sabía que Sofía me traicionaba. Usé su crueldad hacia ti como una excusa", confesó. "¿Y eso hace que mi sufrimiento fuera menos real?", pregunté, la calma escalofriante. El ritual me devolvió el aliento, pero mi vida ya estaba entregada. Mi cuerpo se debilitaba, mi alma cansada. El imperio de Miguel se desmoronaba, pero a él ya no le importaba. Pasó sus últimos días a mi lado, hablándome, sosteniéndome la mano. Una tarde, le susurré: "¿Recuerdas el arroyo? Dijiste que contarías las estrellas para mí." "Lo haré, esta noche, y todas las noches," respondió él, la voz ahogada. "Estoy cansada, Miguel." "Descansa, mi amor. Yo vigilaré." Y así, en sus brazos, en medio de un imperio en llamas, Ximena exhaló su último aliento. Miguel se quedó allí, sosteniendo mi mano ya fría, el rey de un reino de cenizas, destruido por la mujer a la que había destruido.
Ecos de un amor traicionado

Ecos de un amor traicionado

El eco de una llamada vieja resonaba en mi cocina, una voz llena de orgullo: -Mamá, ¡me dieron el proyecto de la mina de San Lorenzo! La misma donde papá… Pero esa voz, la de mi Camila, se cortó, y yo completé en mi mente: "Donde lo secuestraron y lo dieron por muerto." La última vez, sonreí, la abracé. Esa misma noche, el cártel la silenció para siempre. Hoy, mi café seguía caliente, el sol entraba por la misma ventana, el calendario marcaba la misma fecha. No era un recuerdo. Estaba sucediendo otra vez. El horror me paralizó. Mi hija entró a la cocina, radiante con el mismo vestido amarillo. -¡Mamá, tengo noticias increíbles! ¡El proyecto de la mina de San Lorenzo es mío! Ahí estaba. El principio del fin. Intenté advertirle: -No vayas, Camila. Es peligroso. Pero entró mi hermana Elena y su esposo Javier, siempre sin tocar. -¡Felicidades, sobrina! -exclamó Elena, con un destello de triunfo en sus ojos al verme. Sacó su celular. -Deberíamos organizar una cena para celebrar antes de que Cami se vaya a San Lorenzo la próxima semana. Estaban filtrando la información. A propósito. Me lancé, intentando arrebatarle el teléfono. -¿Qué haces? ¿A quién le estás diciendo? Elena me empujó. Javier se interpuso, agarrándome. -Ya cálmate, Sofía. Estás haciendo una escena. Estás asustando a tu hija. Su agarre era doloroso, su mirada fría. Me empujó. Caí. Mi familia, quienes debían protegerla, la estaban entregando. Y yo era la única que lo sabía. El ciclo había comenzado.
Un Error Irrecuperable Para Nosotros

Un Error Irrecuperable Para Nosotros

El aroma del mole madre y el maíz fresco en "Alma de México", mi restaurante, solía ser la sinfonía de mi vida, una que había orquestado al regresar a casa. Pero esa tarde, el único perfume era el de Mateo García, el "mejor amigo" de mi esposa Sofía, entrando en nuestra casa como si fuera suya, con una niña asustada aferrada a su pantalón. "Mamá", susurró la pequeña Luna, y el mundo que conocía se desmoronó. Emilio, nuestro hijo de nueve años, la empujó con furia animal, y la cabeza de Luna golpeó la mesa de mármol. Sofía, con lágrimas que ahora sé que eran veneno, me rogó perdón por un "error de una noche", mientras ofrecía desterrar a Luna, mi hija, la sangre de mi sangre, que ni siquiera sabía que existía. Estúpidamente, la perdoné. Pero ese perdón no curó nada; solo enmascaró el veneno, haciendo a Emilio más agresivo. Dos días después, lo encontré rociando a Luna con gasolina, su sonrisa retorcida resonando: "Vamos a jugar a 'incendiar personas'". Luna no gritó, solo tembló, con los ojos fijos en el encendedor. La ingresaron en cuidados intensivos, cubierta de quemaduras. Con el corazón destrozado, fui al hospital, y allí, a través de la puerta entreabierta, escuché las voces de Sofía y Mateo. "¿De verdad fuiste tú quien le dio a Emilio la gasolina y el encendedor? ¿Tú lo convenciste de quemar a esta mocosa?", preguntó él, con admiración. "Ella nunca debió nacer", respondió Sofía, con una frialdad que me heló, "y ahora mismo, le voy a quitar este tubo de oxígeno. No podemos arriesgarnos". Entonces, el beso. Sus cuerpos entrelazados junto a la cama de mi hija, mientras el monitor cardíaco de Luna marcaba una línea recta inquebrantable. "Si Ricardo se entera de que cambiaste a nuestro hijo por el suyo, y que la que podría morir es en realidad su hija, ¿qué crees que hará?", susurró Mateo. "Ya te prometí que nuestro Emilio sería el único heredero", contestó Sofía, su voz un veneno dulce. Diez años de matrimonio, una farsa. Diez años de medicación para la infertilidad, una traición silenciosa. Luna, mi hija, maltratada y luego asesinada por su propia madre biológica. "Sofía Morales, divorciémonos", le dije, mi voz vacía de emoción, mientras la sangre goteaba de mis puños. Ella se negó, arrogante, "¡Sin mí, no eres nada!". Pero yo ya tenía un plan. "Hola, Ana. Soy Ricardo", dije, llamando a mi abogada. "Acabas de enviudar y yo estoy a punto de divorciarme. ¿Qué tal si nos unimos?".
Traición y Tamales: Mi Venganza

Traición y Tamales: Mi Venganza

El dulce aroma de los tamales, el sustento de mi vida, se adhería a mí, a mi ropa, a mi piel, a mi alma. Cansada pero con el corazón lleno, regresaba a casa con Jorge, mi esposo, y Pedrito, nuestro hijo. Pero al acercarme, una risa ajena a mi hogar me detuvo en seco: Esmeralda, mi «mejor amiga». Pegada a la ventana, mi mundo se desmoronó con cada palabra que escuché. "Cuando nos casemos, quiero una casa grande y que nadie sepa que vienes de… esto" , dijo Esmeralda. «Una vez que nos deshagamos de Xochitl, todo será diferente», respondió Jorge, con una ambición helada en su voz. Y luego, la voz de Pedrito, mi Pedrito, me apuñaló el alma: "Mi mamá Xochitl huele feo a masa, tú hueles a perfume caro, Esmeralda, quiero que tú seas mi mamá" . Mi suegra, Doña Elvira, a quien consideraba una segunda madre, también se unió a la conspiración: "Haz lo que tengas que hacer, hijo, si es por tu bien y el de mi nieto" . La traición era total, un golpe brutal que me dejó sin aire. Era la misma pesadilla de una vida anterior, donde mi hijo "desapareció" y yo, destrozada, busqué a un fantasma mientras ellos construían su imperio sobre mis ruinas. Pero esta vez, no sería así. Las lágrimas de rabia se secaron, dejando paso a una fría determinación. La vendedora de tamales había muerto esa tarde, y una nueva Xochitl, una guerrera, estaba lista para luchar.
Demasiado tarde: La hija que sobra se le escapa

Demasiado tarde: La hija que sobra se le escapa

Morí un martes. No fue una muerte rápida. Fue lenta, fría y meticulosamente planeada por el hombre que se hacía llamar mi padre. Tenía veinte años. Necesitaba mi riñón para salvar a mi hermana. La refacción para la niña de oro. Recuerdo las luces cegadoras del quirófano, el olor estéril a traición y el dolor fantasma del bisturí de un cirujano abriéndome la carne mientras mis gritos resonaban sin que nadie los oyera. Recuerdo mirar a través del cristal de observación y verlo a él —mi padre, Joaquín Villalobos, el Patrón del Cártel de Monterrey— observándome morir con la misma expresión gélida que usaba al firmar una sentencia de muerte. La eligió a ella. Siempre la elegía a ella. Y entonces, desperté. No en el cielo. No en el infierno. Sino en mi propia cama, un año antes de mi ejecución programada. Mi cuerpo estaba completo, sin cicatrices. La línea de tiempo se había reiniciado, un fallo en la cruel matriz de mi existencia, dándome una segunda oportunidad que nunca pedí. Esta vez, cuando mi padre me entregó un boleto de ida a Madrid —un exilio disfrazado de liquidación—, no lloré. No rogué. Mi corazón, antes una herida abierta y sangrante, era ahora un témpano de hielo. Él no sabía que estaba hablando con un fantasma. No sabía que yo ya había vivido su traición definitiva. Tampoco sabía que seis meses atrás, durante las brutales guerras territoriales de la ciudad, fui yo quien salvó a su activo más valioso. En una casa de seguridad secreta, suturé las heridas de un soldado cegado, un hombre cuya vida pendía de un hilo. Él nunca vio mi rostro. Solo conoció mi voz, el aroma a vainilla y el toque firme de mis manos. Me llamó Siete. Por los siete puntos que le puse en el hombro. Ese hombre era Dante Montenegro. El Capo Despiadado. El hombre con el que mi hermana, Isabella, ahora está destinada a casarse. Ella robó mi historia. Reclamó mis acciones, mi voz, mi aroma. Y Dante, el hombre que podía detectar una mentira a un kilómetro de distancia, creyó el hermoso engaño porque quería que fuera verdad. Quería que la niña de oro fuera su salvadora, no la hermana invisible que solo servía para dar refacciones. Así que tomé el boleto. En mi vida pasada, luché contra ellos, y me silenciaron en una mesa de operaciones. Esta vez, les dejaré tener su mentira perfecta y dorada. Iré a Madrid. Desapareceré. Dejaré que Sofía Villalobos muera en ese avión. Pero no seré una víctima. Esta vez, no seré el cordero llevado al matadero. Esta vez, desde las sombras de mi exilio, seré yo quien sostenga el cerillo. Y esperaré, con la paciencia de los muertos, a ver su mundo entero arder. Porque un fantasma no tiene nada que perder, y una reina de cenizas tiene un imperio por ganar.
Mi Pasado, Su Precio

Mi Pasado, Su Precio

Mi novio, Ricardo, era el hombre perfecto, o eso le decía a todo el mundo. Guapo, atento, y con amnesia, lo encontré herido cerca del hospital donde trabajaba. Lo llevé a casa, lo cuidé, le di de comer. Él me daba su compañía y cariño. Creí que era una relación perfecta. Pero un día, la realidad me golpeó. Una caravana de camionetas blindadas apareció, y en un instante, mi "amnésico" se transformó en Ricardo "El Patrón" Morales. Su secretario, Jorge, me tendió un cheque: "El Patrón le agradece sus cuidados. Son cinco millones de pesos." Mi corazón se hizo pedazos. Le susurré: "No quiero tu dinero, yo te amo." Rompí el cheque en mil pedazos. Él solo me lanzó una mirada de desprecio, se rio y subió a la camioneta. Desesperada y humillada, intenté exponerlo, pero fui tildada de "Enfermera Interesada" . Me despidieron, perdí todo. Luego, sus hombres irrumpieron en mi casa y me llevaron a Jalisco. Allí, Ricardo me obligó a casarme con él, una farsa cruel. Me encerró en una jaula de oro, me ignoró, y se acostó con otras mujeres frente a mí, especialmente Isabella, que se deleitaba en mi sufrimiento. Ella me reveló cómo Ricardo había destruido a mi familia. El dolor era insoportable. Subí a la azotea y salté, mi último pensamiento: debí haber tomado los cinco millones. Entonces, desperté. En mi cama, en mi apartamento, un año antes de que todo comenzara. Esta vez, no cometería el mismo error. Esta vez, el objetivo era claro. El dinero.
Demasiado tarde: El traidor inocente que destruí

Demasiado tarde: El traidor inocente que destruí

Salí del penal federal con un diagnóstico de cáncer terminal y exactamente seis meses de vida. Desesperada por dinero para pagar un entierro celestial, volví con la familia Villarreal, la misma gente que ahora me quería muerta. Alejandro, el hombre que había amado desde niña, me miró con puro odio. Él creía que yo era el monstruo que mató a su madre. No sabía que yo había confesado un crimen que no cometí para ocultar la horrible verdad: que ella se había quitado la vida. Para castigarme, Alejandro se volvió un sádico. Me obligó a trabajar como sirvienta, haciéndome montar guardia frente a la puerta de su habitación mientras estaba con su prometida, Sofía. Cuando la hacienda se incendió, no lo dudé. Corrí hacia el infierno. Arrastré a Alejandro a un lugar seguro, mi espalda ardiendo mientras los escombros caían sobre mí, dejándome cicatrices para siempre. Pero cuando despertó, me escondí en las sombras y dejé que Sofía se llevara el crédito. No podía dejar que se sintiera en deuda con una "asesina". Pensé que eso era lo peor. Estaba equivocada. En la víspera de su boda, Sofía tuvo un accidente y necesitó una transfusión de sangre. Yo era la única compatible. Alejandro no sabía que mi cuerpo ya se estaba apagando. No sabía que mi sangre estaba envenenada con marcadores de cáncer. —Sáquenle toda —le rugió a los doctores, ignorando mi cuerpo frágil y tembloroso—. Salven a mi esposa. Morí en esa mesa, desangrada para salvar a la mujer que me robó la vida. No fue hasta que el monitor marcó una línea recta que su mano derecha finalmente arrojó un expediente al regazo de Alejandro. —Ella no mató a tu madre, Alejandro. Y no se fue de la ciudad. Acabas de ejecutar a la única persona que realmente te amó.
El cruel contrato del amor, su arrepentimiento interminable

El cruel contrato del amor, su arrepentimiento interminable

Mi esposo iba a matarme. No con una bala, sino con un mensaje de texto que nunca debí haber visto. Apareció en el iPad de la familia: "Lo de anoche fue una locura. No puedo dejar de pensar en esa habitación de hotel. Me debes el segundo round... URGENTE". Lo primero que pensé fue en nuestro hijo de dieciséis años, Marco. Pero un foro anónimo en internet rápidamente me señaló los huecos en mi teoría: el hotel carísimo, el tono transaccional y un emoji de berenjena, un código para estimulantes sexuales que usan los hombres de la edad de mi esposo. La verdad me golpeó cuando encontré un condón en su ropa sucia, de la misma marca que había encontrado en el cuarto de nuestro hijo meses atrás. Nunca fue Marco. Era mi esposo de veinte años, Lorenzo. La traición se hizo más profunda cuando lo escuché hablar con nuestro hijo. Se reían de mis "crisis" y se burlaban de mí por ser aburrida. Marco incluso le dijo a su padre: "Deberías dejarla y estar con Katia". Katia, su maestra particular de historia. Su conspiración, tramada dentro de las paredes de mi propia casa, destruyó lo último que quedaba de mi amor por ellos. Ahora, he reunido mis pruebas, y su mayor logro profesional, la gala del premio al "Innovador del Año", es la próxima semana. Es el escenario perfecto. Él cree que seré la esposa comprensiva colgada de su brazo, pero se equivoca. No solo lo voy a dejar; voy a quemar su mundo hasta los cimientos, frente a todos.
Cuerdas Rotas: La Huida de la Esposa del Mafioso

Cuerdas Rotas: La Huida de la Esposa del Mafioso

Me estaba desangrando en la oscuridad, atada a una silla, cuando escuché a mi esposo decirle a otra mujer que quemaría el mundo entero por ella. Dante Montenegro no sabía que yo estaba al otro lado de esa pared delgada como el papel. No sabía que, diez años atrás, fui yo la chica que le salvó la vida en una cueva helada, no su amante, Sofía. Sofía me había robado mi historia y ahora me estaba robando la vida. Cuando intenté dejarlo, Dante me encadenó en su sótano y me azotó hasta que perdí el conocimiento, diciendo que estaba "disciplinando" a su esposa. Cuando Sofía usó las cuerdas de acero de mi violonchelo para cortarme los dedos, destruyendo mi capacidad para volver a tocar, él simplemente miró para otro lado. Incluso eligió salvarla a ella en lugar de a mí cuando caímos al océano helado, dejándome ahogar porque "Sofía es mi alma". Esa noche, finalmente dejé de luchar por un hombre que no existía. Llamé a mi hermano, el Patrón de Sinaloa. —La alianza se acabó —susurré al teléfono—. Llévame a casa. A Dante le tomó tres meses descubrir la verdad. Ver los registros médicos que probaban que fui yo quien lo sacó de esa cueva. Quemó su propio yate para atraparnos en una isla, rogándome por una segunda oportunidad. —Puedo arreglar esto —suplicó, con lágrimas corriendo por su rostro mientras tocaba mis manos llenas de cicatrices, arruinadas. Lo miré, y luego miré al hombre que estaba detrás de él con un rifle, el hombre que realmente me amaba. —No puedes arreglar un jarrón hecho pedazos, Dante —dije. Luego vi cómo mi nuevo protector apretaba el gatillo.
El Libro Negro: Cuando El Amor Se Convierte En Cero

El Libro Negro: Cuando El Amor Se Convierte En Cero

Tenía un "Libro Negro" donde restaba puntos a mi matrimonio cada vez que mi esposo, el Capo de Chicago, elegía a su amante sobre mí. Cuando el saldo llegara a cero, el contrato se rompería para siempre. El día del aniversario de la muerte de mi padre, Dante me obligó a bajar de nuestro coche blindado en medio de una tormenta torrencial. ¿La razón? Isabella lo llamó llorando por una llanta pinchada. Me dejó tirada en el arcén de la carretera para correr a socorrerla, sin importarle mi seguridad. Segundos después, un vehículo fuera de control me atropelló. Desperté en la unidad de trauma, desangrándome. El médico llamó a Dante desesperado: necesitaba el código de desbloqueo de su banco de sangre privado para salvarme a mí y a nuestro bebé de ocho semanas. Pero la voz de Dante resonó fría en el altavoz: "Isabella se cortó el dedo con el gato del coche. Guarden la sangre para ella, es la prioridad. Busquen otra bolsa". Escuché cómo mi esposo condenaba a muerte a su propio heredero por un simple rasguño de su ex. Sentí cómo la vida de mi hijo se apagaba dentro de mí mientras él consolaba a una mentirosa. Con el corazón destrozado y el cuerpo roto, abrí el libro por última vez con manos temblorosas. "Por Isabella, sacrificó a nuestro hijo. Puntuación: Cero". Dejé los papeles de divorcio firmados sobre su escritorio junto al cuaderno y desaparecí, decidida a que Dante Moretti nunca más volviera a verme, ni siquiera cuando se diera cuenta de que había quemado su propio mundo.
La Bailarina del Jefe

La Bailarina del Jefe

Miro mis manos vacías, siento el veneno lento que me consume. Era Sofía Romero, la bailarina que honraba a la tierra, la hija del líder respetado. Ahora soy solo la esposa de Miguel Sandoval, "El Jefe", el hombre que masacró a mi familia. Me casé para "limpiar" el nombre de los míos, para "proteger" a los que quedaban. Pero la farsa se desvaneció. Noche tras noche, con una sonrisa torcida, él celebraba su venganza. "Mi cartel perdió a cien hombres por tu padre, Sofía, tu padre los entregó a las autoridades como si fueran ganado." Su aliento a tequila, su odio innegable, me consumían. "Mi familia fue traicionada por la tuya. Así que te haré pagar. Haré de tu vida un infierno." Y lo cumplió. El infierno alcanzó su punto más bajo cuando, con siete meses de embarazo, su otra mujer, Isabella, le susurró el veneno al oído. "Esa niña que llevas dentro es una Romero, lleva la sangre de la traición, Miguel, será una amenaza para ti." Esa noche, Miguel me forzó a beber su droga abortiva. El dolor fue indescriptible, pero el verdadero horror llegó cuando arrojó el cuerpo de mi hija sin vida a los perros. Ese día, mi corazón se hizo añicos. Conseguí veneno, decidida a terminar con mi existencia. Diez días me daban de vida, pero antes de que pudiera irme en paz, Isabella, "La Reina", entró en mi habitación. "Pobrecita Sofía," dijo con falsa piedad. "Te ves terrible. Pero no te preocupes, yo cuidaré bien de Miguel. Alguien tiene que darle un heredero de verdad." Llevaba un vestido rojo y joyas que anunciaban su victoria. "¿Sabes? Miguel me compró un collar nuevo anoche. De diamantes. Dijo que era para celebrar que nos libramos de... un problema." Sus palabras, crueles y calculadas, finalmente encendieron el fuego que creía extinto. La rabia, pura y salvaje, me impulsó a abofetearla con todas mis fuerzas. ¿Creíste que Sofía Romero se rendiría sin luchar, incluso en la muerte? Lo que Miguel no sabía es que mi venganza, mi verdadero infierno, apenas estaba por comenzar.