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Libros de Urban romance para Mujeres

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De Chica Pobre a Magnate

De Chica Pobre a Magnate

El aire denso y sofocante de la habitación de hotel barata me asfixiaba. Frente al espejo manchado, la joven de ojos vacíos que me devolvía la mirada era casi una extraña. Pero el montón de billetes en la mesita de noche era real, sucio, tangible. Cien mil pesos. El precio, me convencía, de la vida de Alejandro. Por él, todo valía la pena; incluso la pureza que había sacrificado. Con el corazón latiéndome entre la esperanza y el pánico, corrí al hospital, el olor familiar a antiséptico prometiendo un nuevo comienzo. Pero al doblar la esquina, risas. No, no risas de alivio, sino carcajadas burlonas; la voz de Valeria, mi detestable rival, seguida por la de Alejandro. "¿En serio te creíste que esa tonta iba a conseguir la lana?" , dijo Valeria. "Claro que sí, mi amor. Sofía es tan ingenua... Le monté el numerito del enfermo terminal y se lo tragó enterito. Ya debe estar vendiendo hasta el alma para juntar el dinero" , respondió Alejandro. El suelo bajo mis pies se derrumbó. Su enfermedad, nuestro amor, todo era una farsa cruel. Una elaborada venganza por una beca que yo gané con mi esfuerzo. "Cuando traiga el dinero, la grabaré... Será la humillación de su vida" , susurró Alejandro, su voz conspiradora. Ahogué un sollozo, el dolor físico y emocional era insoportable. Me habían golpeado, manipulado, usado para el entretenimiento de una audiencia cruel. ¿Por qué? ¿Por qué esta maldad? En medio de mi desesperación, el teléfono sonó. Una llamada de Londres. La inoportuna noticia de un abuelo al que creía muerto para mí. Pero en ese instante de quiebre, una idea. Una única y afilada oportunidad para escapar. Decidí que no me destruirían. Esta vez, se acabó la Sofía ingenua. Ahora solo quedaba una Sofía decidida a contraatacar. Y ellos, mis torturadores, pagarían.
Una Mentira Perfecta: Su Esposa de Muñeca

Una Mentira Perfecta: Su Esposa de Muñeca

Fui una buena arquitecta, supervisando el proyecto de mis sueños, hasta que un incendio en el piso 45 convirtió mi vida en cenizas. Salvé a un hombre, pero a cambio, las llamas me arrebataron el rostro y mi futuro, dejándome como un monstruo desfigurado. Entonces apareció él como un salvador: Carlos Garza, el brillante cirujano plástico del que había estado secretamente enamorada durante años. Prometió restaurarme. Prometió protegerme. Incluso se casó conmigo. Después de dos años de cirugías dolorosas, el día que me quitaron las últimas vendas, me entregó un espejo. El rostro que me devolvía la mirada era el de una hermosa desconocida. Me mostró la foto de una influencer, una mujer llamada Gia. "Mi único y verdadero amor", dijo, con una mirada nostálgica en sus ojos. Me habían esculpido para ser su réplica perfecta. Su plan era monstruoso. Yo sería su doble, un escudo humano para protegerla de los escándalos. "Eres mi obra maestra", dijo con frialdad. "Me lo debes". Miré al hombre con el que me había casado, el hombre que prometió salvarme. Amenazó con publicar fotos de mi rostro quemado si desobedecía. No era mi salvador; era mi creador y mi carcelero. Mi reflejo se burlaba de mí. Ya no era Alina Montes. Era una copia, una falsificación atrapada en una jaula de oro construida sobre su obsesión. Y no tenía escapatoria.
Cásate con mi ligue de una noche

Cásate con mi ligue de una noche

El aire en la oficina estaba denso, pesado, casi tanto como los tres años de mi vida que se evaporaban con una firma. Frente a mí, el documento de divorcio. Alejandro Morales, la estrella de rock, mi exesposo, ni siquiera se dignó a aparecer. "Señorita Romero, si tan solo firma aquí, todo habrá terminado." Tomé la pluma, con mis dedos temblorosos por una extraña mezcla de alivio y furia. "Dígale que le deseo toda la felicidad del mundo con Paulina." Firmé. Sofía Romero. Libre. Dejé mi carrera por él, organicé giras, manejé sus redes, aguanté sus humores. Todo para que, al alcanzar la fama, decidiera que yo no era suficiente. "Te has vuelto aburrida, Sofía," me dijo, sus palabras cortando más que cualquier traición. Salí a la Ciudad de México y el sol me golpeó la cara. Por primera vez en meses, no sentí que me quemaba, sino que me calentaba. "¡Ya está! ¡Soy oficialmente una mujer divorciada!" le grité a Carla. "¿Cómo te sientes?" "Como si pudiera respirar de nuevo." Esa noche, usé un vestido rojo que Alejandro odiaba por "demasiado llamativo" . En un club exclusivo, pedí la botella de champaña más cara. "Por los nuevos comienzos," brindé, "y por no volver a permitir que nadie me diga que no soy suficiente." La champaña dio paso al tequila. Bailé, queriendo sacar cada recuerdo de Alejandro. Cuando el alcohol me pasó factura, busqué el baño, pero terminé en una sala VIP. Allí, un hombre increíblemente atractivo estaba reclinado, sufriendo. "¿Mal día, guapo?" solté, mi voz arrastrada. Él abrió los ojos. Eran oscuros, intensos. "Lárgate," dijo, ronco. Estaba demasiado dolida y ebria para aceptar órdenes. "Necesito que te vayas," repitió, su voz más baja, más peligrosa. "Ahora." Me incliné, "¿O qué?" "Me drogaron," susurró. "Y tú eres exactamente lo que necesito para solucionarlo." Antes de procesar, me agarró la muñeca, jalándome a su regazo. "Tú… vas a ser mi antídoto." Su cuerpo ardía. Mi mente gritaba que huyera, pero su vulnerabilidad me desarmó. "Por favor," dijo, su mano subiendo por mi espalda. ¿Qué estaba haciendo? ¿Entregarme a un desconocido? "Está bien," susurré. Sus labios encontraron los míos en un beso hambriento. Me despojó del vestido rojo. Fue una colisión de dos extraños, una explosión de necesidad. Desperté en una habitación de hotel desconocida. El hombre dormía. Dejé un fajo de billetes en la mesita de noche. "¿Qué es eso?" dijo, despertando. "Un pago. Por tus servicios." Él recogió el dinero. "Yo no cobro. Pero sí me hago responsable." "¿Responsable? ¿De qué? ¿De una noche?" "Yo me lo estoy pidiendo a mí mismo," insistió. "Dame tu número. Te llamaré." Negué con la cabeza. "Olvídalo. Adiós." Me acorraló contra la puerta. "No me gusta que me den órdenes," susurró. "Y no me gusta que me dejen." "Esto no ha terminado, Sofía." Me quedé helada. ¿Cómo sabía mi nombre? "Te encontraré. Y cuando lo haga, terminaremos lo que empezamos." Le di un beso rápido. "Buena suerte con eso, empresario." Salí corriendo de ese hotel.
Un voto de separación

Un voto de separación

Un mensaje de texto llegó, acompañado de cinco fotos incriminatorias: lencería entrelazada, dedos firmemente entrelazados, sábanas arrugadas, un reflejo borroso en el baño... Esta no era la primera vez que Rona recibía este tipo de provocación. La mano grande que apretaba con fuerza la muñeca de otra mujer... Rona la reconoció al instante como la de su novio, Darren. Miró la fecha en las fotos, y vio que coincidía con su tercer aniversario juntos. Ese día, Rona recibió una llamada de emergencia del hospital, informándole que Darren había tenido un accidente automovilístico. Presa del pánico, se saltó tres semáforos en rojo para llegar allí, solo para ver a él entrar corriendo en la sala de urgencias, sosteniendo a su secretaria, Khloe, cubierta de sangre. Sin ninguna explicación, desapareció por nueve días, y finalmente reapareció con esa mujer a su lado. Se decía que ella había sufrido heridas graves y pérdida de memoria mientras salvaba a Darren, lo que la llevó a una gran dependencia de él. Sintiéndose culpable, Darren la colmó de ternura, permaneciendo a su lado constantemente por profundo agradecimiento por haberle salvado la vida. Rona soltó una risa fría y cerró el mensaje. Luego le escribió a su madre, quien la había estado presionando persistentemente: "Acepto el matrimonio concertado familiar". Pero antes de irse, planeaba preparar tres regalos especiales para Darren.
Un Malentendido Hace 3 Años

Un Malentendido Hace 3 Años

El mensaje de voz equivocó su destino, y mi cuerpo se paralizó de pánico. Se lo envié a Javier, el hermano de Sofía, el hombre al que había estado evitando durante tres años. Su respuesta fue una llamada que no me atreví a contestar. Recibí un mensaje suyo: "Valentina, conozco tu historial. No juegues conmigo. O vienes a mi clínica ahora mismo, o iré a tu casa y te sacaré de allí delante de tus padres." La vergüenza me quemó el rostro, reviviendo el escandalo de hace tres años. Hui a Buenos Aires por él, para no recordar la humillación de la que creí que me odiaba. En la clínica, Javier me trató con una frialdad profesional que escondía un resentimiento que yo no entendía. Me sentí semidesnuda bajo su escrutinio, culpada de una herida que él creía más profunda que un simple dolor de espalda. En la fiesta familiar de bienvenida, mi madre me humilló frente a Javier, revelando mi supuesta "obsesión" y el "escándalo" que nos llevó a todos a la vergüenza. Me quedé helada. Javier había escuchado todo, y su rostro, una máscara de piedra, me hizo creer que mi desgracia era un hecho consumado. ¿Cómo pude perder tres años de mi vida en el exilio, creyendo que el hombre que amaba me despreciaba por completo? La verdad sobre su "odio" y su "rechazo" se había revelado; ahora era el momento de dejar de huir.
Tres veces morí, sus llamadas sin contestar

Tres veces morí, sus llamadas sin contestar

Regresé a San Miguel de Allende después de cuatro años, felizmente comprometida y con la esperanza de invitar a mi tutor, Marcos, a mi boda. Pero me encontré con una pesadilla: Marcos estaba comprometido con Sofía Dávila, la chica que me había hecho la vida imposible en la preparatoria. Él descartó la noticia de mi boda como una “mentira”, favoreciendo ciegamente a Sofía mientras ella me atormentaba sistemáticamente. Permitió que me culpara de cosas que no hice, me forzó a disculparme y dejó que me robara mi obra de arte más preciada. Cuando lo denuncié, él detuvo la investigación policial, acusándome de “causar problemas” y encerrándome. Su cruel desprecio y su favoritismo ciego fueron una traición profunda. Abrumada por la injusticia, decidí cortar todos los lazos. Le devolví cada centavo que había gastado en mí, dejándole una nota: “La deuda está saldada. Me voy”. Mientras volaba a Florencia, el engaño de Marcos se desmoronó. Corrió a través de continentes, frenético por detener mi boda en la Toscana. Irrumpió en la ceremonia, desesperado y llorando, solo para encontrarme radiante. Con calma, le revelé las tres veces que casi morí, sola y abandonada, después de que él me echara de su vida. Cada vez, mis llamadas quedaron sin respuesta. Mi felicidad inquebrantable con David y la fría verdad de su negligencia lo destrozaron por completo.
Lo Adoraba, Azotada por Él

Lo Adoraba, Azotada por Él

Yo era solo una estudiante de historia del arte de veinte años en el Tec de Monterrey, haciendo prácticas en la constructora de mi papá. Pero en secreto, mi mundo giraba en torno a Alejandro de la Vega, el socio brillante y guapísimo de mi padre. Mi amor por él era puro, absorbente, completamente ingenuo. Él siempre había sido tan amable, un verdadero caballero. En una gala de beneficencia, vi cómo Isabel Rivas, la socia de Alejandro, le ofrecía copas sutilmente. Cuando intenté ayudarlo a llegar a su suite, Isabel nos "encontró". Su jadeo perfectamente sincronizado y el flash discreto de su teléfono sellaron mi destino. A la mañana siguiente, los titulares gritaban: "Sofía Garza, becaria del Tec, captada en situación comprometedora con Alejandro de la Vega". Fotos borrosas y condenatorias las acompañaban. Siguió la llamada helada de Alejandro: "¡Isabel te encontró aprovechándote de mí! ¡Mi reputación está por los suelos por tu berrinche infantil!". Le creyó a ella. Completamente. Los susurros y las miradas hostiles en la oficina de mi padre se volvieron insoportables. El hombre amable que yo había adorado ahora me miraba con absoluto asco. Mis sueños se hicieron añicos. ¿Cómo podía ser tan ciego? ¿Tan cruel? Este no era el Alejandro que yo conocía. Se sentía brutalmente injusto. Esa semana, la chica ingenua que lo idolatraba murió. En su lugar, amaneció una conciencia más fría: el mundo no era amable, la gente no era lo que parecía. Él pensaba que yo estaba jugando, pero yo ya había terminado. Este fue mi punto de inflexión.
No Hay Vuelta Atrás

No Hay Vuelta Atrás

El día que Isabela y yo íbamos a firmar nuestra unión de hecho, ella me canceló por una supuesta emergencia, con una voz apresurada y esquiva. Con los sencillos anillos de nuestra unión en la mesa, sentí un vacío, pero el negocio era su mundo y traté de justificarla. Sin embargo, la curiosidad me llevó a abrir un misterioso sobre dirigido a ella, y lo que encontré me destrozó: ¡un acta de matrimonio entre Isabela Valbuena y su asistente, Adrián Soto, con la fecha de hoy! De repente, todo encajó: sus llamadas nocturnas, las "reuniones de trabajo" hasta tarde y la forma en que él la miraba se revelaron como la más vil traición. Cuando la confronté, ella balbuceó mentiras patéticas sobre una "enfermedad terminal" de Adrián y un matrimonio por "compasión", intentando manipular mi empatía. El asco me subió por la garganta, y al rechazar su farsa, su máscara cayó, revelando su verdadera furia y control, amenazando con destruirme. Aun así, decidí irme, pero ella me persiguió hasta mi pueblo, arrastrándome a la fuerza para que presentara mi mezcal "El Alma de Oaxaca" en la Gran Cata, un evento crucial para su empresa. Frente a cientos de personas, incluido el consorcio europeo que cerraría un trato millonario, Isabela me humilló una vez más, anunciando públicamente nuestro compromiso falso para salvar su negocio. Pero ya no era el Mateo ciego y enamorado; tomé el micrófono, revelé su matrimonio secreto con Adrián y cancelé mi derecho sobre "El Alma de Oaxaca" ante todos, haciendo que el acuerdo de Gourmet Mondial se desmoronara. "Sin mí, no eres nadie. ¡Te arrepentirás!", siseó Isabela, pero el sabor de la libertad y la dignidad era mucho más dulce que cualquier promesa suya. Su desesperación por recuperar lo perdido era palpable, ofreciéndome de nuevo el mundo que me había arrebatado, pero ya era tarde: mi camino se bifurcaba hacia una nueva vida, libre de sus mentiras, dejando atrás todo lo que un día creí que era mi futuro.
Cuando el Amor Se Quiebra

Cuando el Amor Se Quiebra

El aroma a pan recién horneado siempre había sido mi refugio, un recordatorio de la vida simple que amaba, incluso mientras la fortuna de mi esposa, Sofía, crecía exponencialmente. Éramos Ricardo, el panadero humilde, y Sofía, la magnate de la moda; un contraste que, según ella, nos hacía fuertes. Pero esa fortaleza se desmoronó cuando un reloj de lujo, un regalo para su joven asistente Luis, se convirtió en el símbolo de una traición pública. Lo vi en la panadería, entregándole el costoso reloj con una familiaridad hiriente, como si celebraran un secreto que no me incluía. Intenté hablarlo esa noche, pero Sofía, con una frialdad que me destrozó, desestimó mis sentimientos, acusándome de celos infantiles. Años de lealtad, de construir su imperio hombro con hombro, se desvanecían bajo la sombra de un descarado favoritismo. El desprecio se hizo público en la fiesta anual de la empresa. Luis, exhibiendo un nuevo y más caro reloj aún, se jactaba de la "generosidad" de Sofía, mientras ella nos observaba y giraba la cara. Escuché los murmullos, las miradas de lástima de los demás, confirmando que mi humillación era el espectáculo de la noche. ¿Cómo podía la mujer que me prometió un "nosotros contra el mundo" pisotear nuestra promesa con tanta indiferencia? ¿Era ciego o el único que no veía que este hombre ponía en peligro todo lo que habíamos construido? La ira y la decepción se fusionaron en una decisión fría: Sofía no solo había roto una promesa; había declarado la guerra. Y yo, el Vargas que nadie conocía, estaba a punto de recordarle al mundo lo que significa el verdadero poder.