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El Latido Final de Sofía

El Latido Final de Sofía

El chirrido del metal doblándose fue lo último que recordé antes de que el mundo se volviera un borrón de luces y dolor. Abrí los ojos para encontrarme atrapada en el coche, el cráneo palpitante y mi novio, Alejandro, el neurocirujano que amaba, llamando desesperado a mi "mejor amiga", Valeria. "Valeria, ¿estás bien? ¡Valeria!". Su voz, llena de una urgencia que nunca me había dado a mí, me atravesó más que cualquier cristal roto. Logré ver a Valeria, acurrucada, con un corte superficial en la frente, pero con sus ojos abiertos y una mirada de pánico perfectamente actuado. Cuando llegaron los paramédicos, Alejandro, en su arrogancia, apenas me echó un vistazo. "Sofía, solo son rasguños, estás bien, no te muevas mucho". Luego se arrodilló junto a Valeria. "Ella es la que está grave", les dijo a los paramédicos con voz autoritaria. "Miren la herida, podría tener una fractura de cráneo, una hemorragia. Necesita cirugía cerebral urgente, ¡yo la operaré!". Mientras me desangraba, mi cabeza golpeada, con una hemorragia cerebral que él se negó a ver, y el secreto de nuestro bebé latiendo en mi vientre, Alejandro se la llevó al quirófano prioritariamente. Fallecí sola, abandonada, mientras él operaba a Valeria por una herida inexistente. Convertida en un fantasma, fui testigo de su engaño: Valeria no tenía nada, pero la mentira de mi "traición" y de un hijo que no era suyo cegó a Alejandro, forzando un recuerdo deformado de mí. Su luto se convirtió en una grotesca negación, llenando una habitación de bebé para una inocente que él mismo había dejado morir. Mi madre, destrozada, no se rindió. Luchó incansablemente hasta que una cámara de seguridad reveló la verdad: Valeria simuló su herida y provocó el accidente. Alejandro, enfrentado por fin a la brutal realidad, a su propia ceguera y negligencia, vio desmoronarse su mundo. Perdió su licencia, su reputación y la mujer que amaba. Valeria fue condenada, pero la verdadera sentencia recayó en Alejandro: una vida de culpa, remordimiento y el fantasma de un futuro que él destruyó. Después de todo, la verdad, por devastadora que sea, siempre sale a la luz.
La Esposa Abandonada

La Esposa Abandonada

Un matrimonio arreglado nunca puede salir bien, menos cuando los que se casan ni se conocen. Ninguno de los dos quería aquella boda, pero era una obligación de parte de ambos. Cuando Alice supo que Robert no quería aquel matrimonio, sintió alivio, ya que ella tampoco deseaba casarse con él y amaba a otro hombre, por lo que recurrió a sus padres para la anulación del compromiso, pero estos se negaron, ya que si cedían ante la familia de Robert Graham, parecería que ellos eran más importantes y poderosos, por lo que los Taylor tenían que seguir adelante con aquel compromiso. Todo siguió su curso hasta el día de la boda y una vez celebrada, Robert sacó su ira contra la joven Alice por obligarlo a casarse con ella y no negarse al igual como hizo él. Pero Alice intentó explicarle que ella tampoco deseaba casarse con él e incluso le confiesa que ama a alguien más. Más aquellas palabras solo enojan a Robert, creyendo en todo momento que Alice se siente superior a él y por esa razón exige que le diga quién es el hombre que ella ama, pero Alice no puede contarle eso, pues se trata del mejor amigo de Robert, Jared. Aquella noche Robert, a pesar de que Alice se negó, decide tomar en la noche de bodas y luego se van de luna de miel, donde casa vez queda más claro que no, que no son compatibles y que el desprecio de él hacia ella sigue creciendo. La dejó abandonada en una casa, sin poder salir a menos que fuera con él o con su permiso. Robert pretendía vengarse de su esposa por amar a otro hombre.
Divorcio, Renacer y Dulce Éxito

Divorcio, Renacer y Dulce Éxito

Lo último que recordaba era el dolor cegador detrás de mis ojos, y después, la oscuridad. Cuando los abrí de nuevo, estaba de vuelta en mi cama, veinticinco años más joven, antes de que mi vida se convirtiera en un matrimonio hueco con Augusto Salvatierra, un Senador de la República que no me veía más que como un simple activo político. Un recuerdo doloroso emergió: mi muerte por un aneurisma, provocado por años de un corazón silenciosamente roto. Había visto una foto de Augusto, su novia de la universidad, Heidi, y nuestro hijo Kael en un retiro familiar, luciendo como la familia perfecta. Fui yo quien tomó esa foto. Salté de la cama, sabiendo que ese era el día de aquel retiro. Corrí hacia el aeródromo privado, desesperada por detenerlos. Los vi allí, bañados por la luz de la mañana: Augusto, Kael y Heidi, pareciendo una familia perfecta y feliz. —¡Augusto! —grité, con la voz rota. Su sonrisa se desvaneció. —Carolina, ¿qué haces aquí? Estás haciendo una escena. Lo ignoré y confronté a Heidi. —¿Quién eres tú? ¿Y por qué vas al viaje de mi familia? Entonces Kael se estrelló contra mí, gritando: —¡Lárgate! ¡Estás arruinando nuestro viaje con la tía Heidi! Se burló. —Porque eres una aburrida. La tía Heidi es inteligente y divertida. No como tú. Augusto siseó: —Mira lo que has hecho. Molestaste a Heidi. Me estás avergonzando. Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier puñetazo. Había pasado años sacrificando mis sueños para ser la esposa y madre perfecta, solo para ser vista como una sirvienta, un obstáculo. —Quiero el divorcio —dije, mi voz como un trueno silencioso. Augusto y Kael se quedaron helados, y luego se burlaron. —¿Intentas llamar mi atención, Carolina? Caíste más bajo que nunca. Caminé hacia el escritorio, saqué los papeles del divorcio y firmé mi nombre con mano firme. Esta vez, me elegía a mí misma.
Mi Hermana, Mi Pesadilla

Mi Hermana, Mi Pesadilla

El dulce aroma a almendras tostadas llenaba mi pastelería, un santuario de paz. Durante cinco años, Javier, mi novio guapo y el guía turístico del pueblo, y yo, la pastelera, habíamos sido la pareja perfecta, un ensueño andaluz. Pero esa noche, su teléfono vibró en el mostrador, boca abajo, mostrando el mensaje de una tal "Chloe": "Extraño tus explicaciones… y tu sonrisa. ¿Cuándo nos volveremos a ver?", seguido de un emoji de beso. La confrontación estalló, amarga y predecible. Necesitaba espacio, lejos de sus excusas y mis acusaciones. Decidí pasar la noche en la casa de mi abuela, un refugio solitario. "Claro, cariño. Tómate tu tiempo", dijo Javier, aparentemente aliviado. Ninguno de los dos sabía que esa decisión sería el primer escalón hacia el infierno. A la mañana siguiente, el trueno de su voz me despertó. "¡Sofía! ¿¡Qué demonios has hecho!? ¡Mira tu teléfono ahora mismo!". Abrí las redes sociales y vi un vídeo. Explícito. De mí. O de alguien idéntica a mí, riendo, bebiendo, y besando a varios hombres casados del pueblo. Se había vuelto viral. Javier, sin dudarlo, me colgó: "Se acabó. No quiero volver a verte. Para mí, estás muerta". Mi mundo se derrumbó. Los mensajes de insultos y amenazas llovían, mi reputación, construida con años de sudor y dulzura, hecha añicos. Incluso la mirada de mis padres, aunque intentaban creerme, estaba cargada de vergüenza. "¡No soy yo! ¡Es un montaje! ¡Estuve en casa de la abuela toda la noche, lo juro!", grité desesperada. Pero las pruebas se apilaban: el propietario de la casa rural, un viejo enemigo de mi padre, presentó un registro con mi firma. Y luego, el golpe final: el ADN encontrado en la habitación coincidía con el mío. Todo, el vídeo, la firma, el ADN, apuntaba a mí. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía ser esto tan real si yo no estuve allí? La tortura de los interrogatorios continuó. "Todas las pruebas dicen lo contrario", dijo el sargento. Pero en medio de la humillación, una pequeña luz: mi firma. "Esa no es mi firma actual", dije, una oleada de adrenalina barriendo mi desesperación. "Hace un año, una quemadura en mi mano derecha cambió mi forma de firmar. Solo mi banco y yo lo sabemos". Esta ínfima cicatriz, esta minúscula inconsistencia, era mi única esperanza. Una esperanza que, sin saberlo, revelaría una verdad mucho más oscura y personal de lo que jamás pude imaginar.
El Último Aliento del Amor Perdido

El Último Aliento del Amor Perdido

Llevábamos ocho años casados, y yo, Sofía, había perfeccionado el arte de sonreír mientras mi interior se desmoronaba. Él conducía, con una mano en el volante y la otra revisando mensajes. "Quiero el divorcio". La risa seca de Ricardo llenó el auto, desestimando mis palabras como "uno más de mis dramas". Justo entonces, su teléfono vibró, mostrando un nombre que lo iluminó todo: "Paloma". La voz joven y temblorosa de su secretaria, llena de lágrimas, salió por el altavoz. "Ricardo, mi amor, lo siento tanto... No quería que Sofía se enterara así... ¿Está muy enojada? Por favor, contéstame, estoy muy asustada". La disculpa no era disculpa; era una estaca en el corazón de mi matrimonio, expuesta públicamente. En casa, un collar de diamantes, frío y ostentoso, fue su patético intento de comprar mi silencio. Luego, la discusión: "Es por Paloma, ¿verdad? Es una niña, no significa nada", me espetó. La mención de mi hijo, Mateo, fue un golpe bajo, seguida de su cruel: "¿O qué? ¿Te vas a ir? No tienes a nadie. Tu carrera de arquitecta la dejaste tirada por ser mi esposa". Mi silencio se rompió: "Hace tres semanas tuve un aborto espontáneo". Su arrogancia se derrumbó: "Estaba sola en el hospital, mientras tú estabas en un 'viaje de negocios' con ella. Así que sí, he estado un poco ocupada perdiendo a nuestro segundo hijo. Sola". El silencio de Ricardo no fue de shock, sino de cálculo. "Quizás sea lo mejor. Con Mateo tan difícil, otro problema ahora no nos conviene", dijo. En ese instante, algo dentro de mí murió para siempre: la última chispa de esperanza, el último amor por él. Mi corazón se cerró, como una puerta de acero. Un suspiro amargo me devolvió a la sórdida realidad del hospital. Luego, lo vi en la clínica: Ricardo, con su amante, actuando su farsa. Su preocupación fingida por mí, su devoción absoluta por ella. "No necesito que te encargues de nada", dije, mi voz tranquila pero inquebrantable. "Y no voy a ver al médico de tu familia. Voy a ir a mi propio lugar, a mi refugio". "¿Qué refugio?", gritó a mi espalda, su voz cargada de ira posesiva. "¿A dónde crees que vas?". No respondí. Sentí el inicio de la libertad.
Promesas Rotas en Polanco

Promesas Rotas en Polanco

Hace seis años, en Oaxaca, mi abuela agonizaba y solo un costoso tratamiento podía salvarla. Desesperada, acepté un trato con un coleccionista de arte, sin saber que era una trampa orquestada por mi media hermana, Sasha. Fui drogada y agredida, el dinero desapareció y mi abuela murió. Para proteger a Máximo, mi idealista novio, mentí, diciéndole que me había vendido. Él me miró con desprecio y se fue, destrozando mi corazón y mi vida. Seis años después, siendo una artista reconocida a punto de escapar de México, Máximo, ahora un frío "tiburón" de las finanzas, me citó. Creí que era una oportunidad para explicarme. Pero fue una cruel puesta en escena: Sasha y mi padre me acusaron de malgastar el dinero y dejar morir a mi abuela, con Máximo creyendo sus mentiras. Incluso me arrojaron al sótano, donde un hombre intentó ultrajarme. La confusión y el terror me llevaron a aferrarme a él, sin saber que mi desesperación lo confundiría aún más. Cuando fui a denunciar a Sasha, ella simuló un accidente para que Máximo, ciegamente devoto, donara su sangre por ella y me obligara a retirar los cargos. ¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Cómo pude confiar en un hombre que, a pesar de todo, siempre elegía creer las mentiras de su manipuladora prometida? Cansada de la perfidia, retiré la denuncia y subí al avión hacia una nueva vida. Pero antes, envié un último mensaje a Máximo con toda la verdad, sabiendo que quizás nunca lo leería, pero necesitaba liberarme. Barcelona me esperaba. Por fin era libre. Pero, ¿podría el destino o el arrepentimiento cambiar lo ya sentenciado?
Danza de la Venganza

Danza de la Venganza

El aire acondicionado del hospital era helado, pero nada comparado con el vacío en mi pecho. Mi rodilla, destrozada, era el final brutal de mi carrera como bailarina, de mi sueño, de mi vida entera, hecha añicos en una sola noche. Mateo, mi prometido y coreógrafo, el hombre que amé y en quien confié ciegamente, me dio champán "para la buena suerte" antes de la función. Minutos después, en el escenario, el mareo me invadió y mi rodilla cedió con un chasquido horrible. Ahora, en esta estéril cama, la neblina de los sedantes se disipaba y escuché voces que no debieron estar juntas: ¡Mateo y Camila, mi mejor amiga y rival! "¿Estás segura de que nadie sospechará?", susurró Mateo. La risa de Camila fue baja y cruel: "Todos vieron cómo Sofía se desplomó sola. Un trágico accidente. Su rodilla está destrozada, nunca volverá a bailar. El papel principal es mío, por fin. Y tú, serás el coreógrafo más famoso, ¡conmigo como tu musa!" Un beso húmedo y prolongado selló su traición. Me habían destrozado el cuerpo y el alma. Quería gritarles, abofetearlos, pero una frialdad calculadora se apoderó de mí. Él entró, tomó mi mano con una ternura fingida, pero su teléfono sonó y su expresión cambió. Era ella: "Camila se siente mal, voy para allá", mintió, y me dejó sola con el eco de sus mentiras. Las enfermeras confirmaron mis sospechas: "Pobre la chica de la 203. Su novio no se ha despegado de la otra bailarina". Cada palabra fue una puñalada, pero entre la oscuridad surgió una idea. Con manos temblorosas, marqué un número. "Alejandro, soy yo. Tu propuesta de matrimonio... ¿sigue en pie?"
Su error fue subestimarla

Su error fue subestimarla

Abril Rojas siempre vivió empequeñecida: su madre le repitió toda la vida que era más seguro no destacar, no usar el apellido de su padre, no hacer preguntas sobre el "accidente" que lo mató ni sobre la quiebra de la empresa familiar. Ahora, Abril tiene 26 años, trabaja como analista financiera brillante pero invisible, y sale con Diego Larraín, heredero de una de las familias empresariales más poderosas del país. Ella hace los modelos, él presenta los resultados. Ella se esconde, él brilla. En la gala empresarial del año, donde Diego le prometió que por fin la presentaría como su futura esposa, todo se da vuelta: delante de cámaras, autoridades y medios, Diego acusa a Abril de haber filtrado información confidencial que arruinó un gran negocio con el fondo de inversión más temido del país, Valverde Capital. La acusa de ambición, de traición... y la deja. La familia Larraín se lava las manos. La prensa la destroza. Las redes la convierten en meme. Y el hombre al que supuestamente dañó, León Valverde, cuarentón rico, frío, guapo, el típico hombre que todas desean, la observa con una mezcla inquietante de desprecio... e interés. León descubre que detrás de la supuesta traición hay una mente brillante, un estilo de análisis muy particular y una historia familiar que huele a encubrimiento. En lugar de hundirla, le propone un pacto peligroso: Trabajar para él. Casarse con él ante el mundo. Y usar su talento para derribar al verdadero enemigo: el imperio de los Larraín, responsable de la caída de la empresa de su padre y del silencio en el que la han tenido toda la vida. Mientras Abril asciende desde la humillación hasta el centro del poder, se enamora del hombre que podría ser su padre en edad, pelea contra su propio trauma y descubre que la peor traición no vino solo de los Larraín, sino de su madre, Marcela, que firmó un acuerdo secreto para borrar su apellido real: Villalba. La incógnita que atraviesa toda la novela es: ¿Por qué Marcela aceptó borrar el apellido de su hija y colaborar en encubrir la muerte de su marido? Y, cuando Abril por fin lo descubre, deberá decidir no solo qué hacer con su madre y con su apellido, sino también con el hombre que terminó amando en medio de todo: León Valverde.
El Amor Prohibido Nos Duele

El Amor Prohibido Nos Duele

Mi matrimonio con Mateo era un contrato, una alianza de familias, una farsa de cinco años con cenas silenciosas y besos fríos. Yo, Elena, la arquitecta, soñaba con la libertad junto a Javier, mi hermanastro y amor de toda la vida. Justo cuando expiraba el acuerdo, y creímos que al fin seriamos libres, Javier se convirtió en una pesadilla. Descubrí que su amor era una obsesión tóxica, una jaula que me sofocaba. Pero el verdadero terror comenzó cuando, al sospechar un embarazo de Mateo, me golpeó brutalmente, arrancándome la vida que crecía dentro de mí. Mateo me salvó, pero su ceguera ante la monstruosidad de Javier lo destrozó todo. Él, anclado a la memoria de su prometida muerta, Sofía, protegía a Javier a toda costa. La situación escaló hasta el límite: Javier nos secuestró, obligando a Mateo a elegir entre él y yo. Mateo, con lágrimas en los ojos, me abandonó, eligiendo al hombre que me había herido una y otra vez. Ese día, mi corazón se hizo pedazos. ¿Cómo podía amar a alguien que me destruía? ¿Cómo podía él, Mateo, aferrarse a un fantasma mientras yo me desangraba? La impotencia me carcomía. Decidí que era suficiente. Firmé el divorcio, dejé ir mi pasado, mi hogar, todo. Pero Javier no se detuvo. Volvió a secuestrarme, esta vez para destrozarme. Y entonces, apareció Liliana, una mujer idéntica a Sofía. Ella, con su valentía, me salvó, pero quedó gravemente herida. El ciclo de dolor se repetía, pero esta vez, yo era diferente. No había amor por Javier, ni consuelo en Mateo. ¿Podría un nuevo amor surgir de las cenizas de un pasado tan tormentoso? ¿Sería Liliana la verdadera Sofía que me liberaría, o solo otro fantasma en mi camino? La vida, después de tanto caos, me ofrecía una extraña y hermosa ironía.
Mi Primer Amor Me Duele

Mi Primer Amor Me Duele

En el bullicioso Mercado de la Ciudad de México, mi vida giraba en torno al chisporroteo del comal y el aroma a cilantro. Era Sofía, la "chica de los tacos", y creía tener un amor platónico inofensivo por Diego, la estrella de fútbol de la prepa, un chico de sonrisa perfecta. Pero un día, después de un almuerzo dudoso, un zumbido irracional comenzó en mi cabeza, una voz clara que lo cambió todo. Cuando Diego se acercó a mi puesto, su voz sonó amable, pero la otra voz, la de mi mente, reveló una verdad brutal: "Uf, la chica de los tacos. Siempre se me queda viendo. Sus manos seguro huelen a grasa y a cebolla. Qué asco". Esa revelación me dejó sin aire, las pinzas cayeron de mis manos y el dolor en mi estómago se volvió una garra punzante. La humillación, la náusea, y el sabor amargo de la bilis y la desilusión me quemaron por dentro. Mi primer amor resultó ser una farsa, y yo, el chiste. Días después, el infierno continuó: choqué con Diego en el pasillo y, mientras estaba en el suelo, su pensamiento resonó: "Genial. Lo que me faltaba. La chica rara de los tacos tirada a mis pies. Qué patética se ve". La humillación se hizo carne y hueso. El punto de quiebre vino cuando Valeria, la hija del magnate del tequila, y amiga de Diego, me acusó de robar un collar. Me sentí sucia, pobre, insignificante, y Diego permaneció en silencio, cómplice de su crueldad. Al comprender que él nunca me defendería, que sólo la elegiría a ella, decidí que no iba a destruirme. Quemé mi diario con los sueños tontos de un amor platónico y las cenizas se llevaron a la chica que fui. Años después, siendo una chef exitosa y con un nuevo amor, el destino nos puso de nuevo en la misma mesa. Diego, ya no el ídolo, sino un hombre con el semblante cansado, intentó acercarse. Pero la chica que él conoció, la estúpida que lo admiraba, ya no existía. La había matado.
Tu Boda, El día de Despedirme

Tu Boda, El día de Despedirme

Mi prometido, Alejandro Vargas, tuvo un accidente automovilístico. Cuando despertó en el hospital, me miró con los ojos de un extraño. "Disculpe, ¿quién es usted?" El médico me dijo que sufría de amnesia, pero yo sabía la verdad: estaba fingiendo. Dos días después, mi teléfono sonó y escuché su voz fría: "Necesito verte en el Registro Civil en una hora. Para firmar los papeles del divorcio". Mi corazón se detuvo. En el Registro Civil, no estaba solo. Valeria Sánchez, su ex, estaba colgada de su brazo, con una sonrisa triunfante. Ignoré su provocación y miré a Alejandro, pero él evitó mi mirada. "¿Estás seguro de esto?", mi voz apenas un susurro. Fue Valeria quien respondió: "Por supuesto que está seguro. Él no te recuerda, Sofía". En menos de treinta minutos, tenía en mis manos un certificado de divorcio. Nuestro matrimonio, que ni siquiera había comenzado, había terminado oficialmente. Valeria me dijo que tenía una hora para sacar mis cosas de la villa, o serían consideradas basura. Él permaneció en silencio, como si los cinco años que pasamos juntos no hubieran significado nada. Me apoyé contra la fría ventana del taxi, el dolor finalmente rompiendo mis defensas. Cinco años de amor, reducidos a una farsa cruel. Su amnesia era la traición más cobarde. Y lo peor era que yo, la única que conocía la verdad, había decidido jugar su juego. Las siguientes semanas fueron un infierno. Un día, mi socio me llamó con una noticia devastadora. "Sofía... la familia Vargas te ha solicitado para planear una boda". "¿La familia Vargas?" "Sí. Para Alejandro Vargas y Valeria Sánchez. La boda es en tres semanas." Mi mundo se inclinó. Me estaban pidiendo que planeara la boda del hombre que me destrozó, con la mujer que había tomado mi lugar. Tuve que aceptar; me tenían acorralada. Cuando llegué al lugar, un campo de lavandas que yo había soñado para nuestra boda, ellos ya estaban allí. "Alejandro encontró este viejo plan en su tableta", se rió Valeria. "Usaremos esto como base. Solo cámbiale algunas cosas para que sea más... espectacular. Más a mi estilo". Era mi plan, mi sueño, robado y profanado. La fecha que eligieron era la misma que Alejandro y yo habíamos fijado para la nuestra. "Por supuesto", dije, con una sonrisa tirante y falsa. Si querían un espectáculo, les daría el mejor de sus vidas.
La Receta de Mi Venganza (Sin Ti)

La Receta de Mi Venganza (Sin Ti)

Viví durante cinco años en una cocina que apestaba a grasa quemada, resignando mi sueño de ser pastelera para que Máximo persiguiera el suyo de ser director. El Día de los Inocentes, pensaban que me gastaban una broma. Máximo se casaba, pero la novia no era yo; la pantalla del teléfono de mi amiga Rosa mostró un tráiler de boda donde él besaba a Scarlett Salazar, su "musa" y nueva becaria. Horas después, vi a Scarlett dejarlo ebrio en la puerta de nuestro apartamento, y sus risas íntimas me helaron. Máximo, dormido, susurró el nombre de Scarlett, confesando que no se atrevió a hablarle en la universidad porque era "demasiado pobre para una diosa como ella". Entonces lo entendí: mi vida, mis cinco años de sacrificio, pagar sus deudas, creer en su "talento", todo había sido una mentira, un premio de consolación para su ego herido. Fui su plan B, su ama de casa, la payasa de su teatro. En el hospital, con una vía en mi brazo, él me suplicó que volviera, diciendo que me "necesitaba" y que "se había acostumbrado" a mí. Pero un correo en mi teléfono cambió todo. Me arranqué la aguja y salí de allí, dejando atrás la farsa y la ciudad que me había visto humillada. Dos años después, convertida en una chef reconocida en Ciudad de México, él volvió a llamar, desesperado y enfermo. Con el peso de mis nuevas libertades, la vida que construí y la mano de mi nuevo amor en la mía, colgué el teléfono sin decir una palabra.
La Hija Que No Vio

La Hija Que No Vio

Amé a Máximo Castillo durante diez años, un amor silencioso que solo mi padre conocía. Él, un magnate hotelero retirado, desesperado por mi sufrimiento, organizó una trampa hace cuatro años. Drogó a Máximo y lo guio a mi habitación de hotel, de donde nacieron nuestro matrimonio forzado y nuestra hija, Sofía. Para él, fui un error; para mí, un sueño imposible, aunque nacido de una mentira. Él cumplió su deber, pero nunca nos dio su corazón, reservando todo su afecto para su exnovia, Sabrina, y la hija de ella, Isabella. Cuando Sofía corrió a abrazarlo en el aeropuerto, después de tres años de ausencia de Máximo, él ni siquiera la miró, solo ajustó la maleta de Sabrina. Su afecto estaba reservado para otra, mientras nosotras éramos invisibles sombras en nuestra propia casa. Sofía bailó con el corazón roto en su recital porque la silla de su padre estaba vacía. Esa misma noche, vi fotos de Máximo aplaudiendo sonriente a Isabella en un evento similar, llamándola "su heroína". Luego, Máximo me pidió que me llevara a Sofía de casa porque a Isabella "le molestaba" vernos. La gota que colmó el vaso llegó en su cumpleaños, cuando Isabella rompió el abanico que Sofía le había hecho con tanto amor y la llamó "bastarda". Máximo defendió a Isabella, culpándome a mí, mirándome con desprecio. Esa noche, sentada frente a él, dije la frase que había tardado años en pronunciar: "Quiero el divorcio" . Él se burló, creyendo que jamás me atrevería a dejarlo. Pero entonces vi un video en redes sociales: Máximo sonriendo, diciendo que su momento más feliz fue con Sabrina e Isabella en Dubái. Mi última esperanza, esa tonta brasa en mi corazón, se extinguió, dejándome vacía. La verdad desnuda me golpeó, ¿Cómo pude estar tan ciega? Días después, Sofía cayó en la academia de baile, apenas respirando, producto de su asma. Llamé a Máximo desde urgencias, mi hija palidecía mientras me decía que todos los especialistas estaban con Isabella, quien había tenido una "reacción alérgica grave". Máximo, al otro lado de la línea, me acusó: "Deja de inventar enfermedades para competir por mi atención". ¿Mi propia hija moribunda y su padre me acusaba de mentir? Esa fue la última vez que acepté ese desprecio. En ese instante, supe que era hora de liberarnos para siempre.
Tu Amor Solo Existe Cuando Ella No esté

Tu Amor Solo Existe Cuando Ella No esté

Era nuestro segundo aniversario de bodas, y mi corazón, aunque roto, aún guardaba una chispa de esperanza. Preparé la cena perfecta, esperando a mi esposo, Ricardo, en la mesa del comedor, iluminada por velas. Pero él nunca llegó. Sabía dónde estaba: en su oficina, riendo con Sofía, su primer amor, su mano acariciando el cabello de ella con una ternura que nunca me había mostrado a mí. Un dolor agudo me atravesó el pecho al verlos tan íntimos, y mi mano, que protegía mi vientre, se retiró bruscamente. En ese instante, en el silencio de ese pasillo, la verdad me golpeó: yo no era su amor, solo un contrato. Este matrimonio había sido un frío acuerdo para salvar el negocio de mi padre, y yo, tontamente, me había enamorado. Creí que él también sentía algo, pero la reaparición de Sofía lo cambió todo, volviéndolo distante e irritable. La humillación alcanzó su cima en una cena de gala, donde Sofía me trató como una extraña, monopolizando a Ricardo mientras yo guardaba el sonajero de plata para nuestro bebé, un secreto que arruinó esa noche. Pero la gota que derramó el vaso fue cuando Sofía llegó a nuestra casa, fingiendo mareo, y Ricardo me ordenó que le preparara un té, ignorando mis propias náuseas matutinas. "Estoy embarazada, Ricardo," pensé, pero él solo me vio como un drama. Me dijo que nuestro matrimonio era solo un acuerdo, que Sofía era su amiga y yo debía respetarla. En ese momento, la dolorosa verdad de saber que la traición de Ricardo había llegado tan lejos me causó una decepción abrumadora, revelando su ceguera y la farsa de nuestro amor. Las pruebas de su infidelidad llegaron en forma de fotos y videos enviados anónimamente: él y Sofía en batas de baño, riendo, besándose, con un mensaje final: "Él nunca dejó de amarme. Siempre fue mío. Ríndete, Elena." Mi corazón se hizo pedazos, el futuro que soñé se convirtió en cenizas. No iba a permitir que mi hijo fuera la segunda opción de nadie. Firmé los papeles de divorcio y los dejé sobre su almohada, lista para empezar de nuevo.