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Libros de Urban romance para Mujeres

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Pelirroja y sin miedo..!

Pelirroja y sin miedo..!

Reishel aprendió a defenderse en la vida...Su padre Fred Limver miembro de una banda criminal, se muda con su madre a un barrio muy peligroso, y Amapola la madre de Reishel ignoraba los verdaderos oficios de su marido. Cuando la policia lo descubre, Fred de una madera cobarde las deja abandonadas alli y mas nunca aparecio. Se fue y una socia de la banda con mucho dinero, lo ayuda a cambiar de identidad y ademas le paga una cirugia facial que le hace adquirir otras facciones.Fred logra no solo cambiar de identidad sino tambien de vida. Ahora se llama Ruben Santillano, se volvio a casar con una mujer muy rica que muere dejandolo inmensamente rico y viudo, con ella crio dos hijos, Kathlyn que tenia un año cuando Fred la conocio y su hijo varon tambien de aire Irlandes como su padre Román Santillano. Menores que Reishel por poco tiempo. La vida de Reishel y su madre en ese barrio fue bastante dificil. Fueron victimas del hampa de muchas maneras y Reishel empezó a pelear, aprendio artes marciales, gracias al maestro Sunny que murio despues que Reishel habia aprendido de el lo suficiente y formarse como instructora y optar por el cinturon negro. A Reishel le temian los bandoleros del barrio tenia buena fama y ella enfrentaba todo sin el menor temor. Su madre vivia con una angustia terrible por el caracter y temple de su hija. Y un dia Reishel es testigo de un atraco. A un guapo y joven CEO de la industria musical lo estaban asediando dos malandros, lo tenian acorralado y Reishel con sus piernas de acero y agilidad mental, los alcanza con sus giros y patadas, desarmandolos y neutralizandolos, huyeron y ella se quedo con el arma en la mano. Mauricio no lo podia creer, una muchacha tan bella, con una hermosa melena roja y una cara de angel...logra lo que ninguna...
Mi Venganza, Mi Renacer

Mi Venganza, Mi Renacer

El zumbido monótono del aire acondicionado no podía acallar mis propios gritos internos. Después de dos días y dos noches suplicando, las palabras finalmente escaparon de mis labios resecos: "Tía, por favor. Cancela la boda." Mi tía Elena, la CEO de moda más importante del país, me analizaba con sus ojos afilados. Yo creí que Carlos Torres, con su sonrisa encantadora, era mi príncipe azul. Pero él me prometió el paraíso mientras excavaba mi tumba. Recuerdo el metal frío contra mi piel, el olor a gasolina y su risa mezclada con la de Blanca Ruiz. Me dejaron por muerta, arruinada y humillada. Pero de alguna manera, desperté en mi cama, tres años antes de la tragedia, el día de mi compromiso oficial con él. El terror era demasiado real, un veneno helado que corría por mis venas. "Tía, quiero cumplir mi compromiso con la familia Delgado." Mi tía frunció el ceño. "¿Los Delgado? ¿Los productores de aguacate del norte? Fue una broma entre amigos." "Para mí es real," dije con una firmeza que no sabía que poseía. Mi vida anterior me enseñó que Ricardo Delgado era un hombre de honor. Justo entonces, Carlos Torres irrumpió en la oficina, ignorándome por completo, hasta que sus ojos fríos se posaron en mí. "Sofía. ¿Qué demonios estás haciendo aquí? Deberías estar en casa, preparándote para la fiesta de compromiso de esta noche." Su voz, baja y amenazante, me paralizó de pánico. "Se quedará conmigo," dijo mi tía, interponiéndose. "Ahora, si me disculpas, tenemos mucho de qué hablar." Carlos se inclinó, su tono peligrosamente suave. "Puedes esconderte detrás de tu tía todo lo que quieras, Sofía. Pero eres mía. Y harás lo que yo te diga." Caí de rodillas, temblando incontrolablemente. Esa misma noche, Carlos irrumpió en el penthouse. "Te dije que vendría por ti," dijo con una calma que precedía a la tormenta. "Ya no soy tu prometida," repliqué. Él me agarró del brazo, con fuerza brutal. "No vas a cancelar nada. Te lastimaré mucho más si sigues desafiándome." Su mano se estrelló contra mi mejilla, enviándome al suelo. Blanca Ruiz entró, fingiendo preocupación, y luego se llevó una mano al vientre, interrumpiendo todo. "Oh… el bebé… creo que la tensión me está afectando." Carlos, absorto en ella, me miró con una crueldad inhumana. "¿Ves lo que provocas? Con tus estupideces, estás poniendo en riesgo a mi hijo." "Ese hijo ni siquiera es tuyo, Carlos," solté, llena de un odio que no conocía. En mi última vida, descubrí su engaño. Él me agarró del pelo y me arrastró hasta una bodega oscura, sin ventanas. "Te quedarás aquí hasta que aprendas a comportarte. Quizás un poco de tiempo a solas te ayude a recordar cuál es tu lugar." La oscuridad era total. El pánico se apoderó de mí, arañando mi garganta, asfixiándome. "¡Carlos! ¡Sácame de aquí! ¡Por favor!" Se rió. "Oh, sí me atrevo, Sofía. Y cuando decida sacarte, rogarás por casarte conmigo." La puerta se cerró con un golpe sordo, seguido por el sonido de la llave girando. Me acurruqué en un rincón, temblando. Estaba rota. Las horas se desdibujaron, y el terror infantil de la oscuridad regresó. Las sombras tomaron forma, susurrando mi nombre. En medio de la locura, mis padres aparecieron en una luz cálida. "Estamos aquí, mi niña. Todo está bien. Ven con nosotros." Estiré mi mano para tocarlos. Pero la puerta se abrió de golpe, y la voz de mi tía Elena rompió el hechizo. "Sofía, por Dios, ¿qué está pasando? ¿Ese hombre te ha hecho algo?" Las empleadas susurraron sobre Carlos y Blanca riendo, mientras yo me perdía en la oscuridad. Una rabia fría y dura como el acero comenzó a gestarse en mí. No volvería a ser su víctima. "Tía," dije, mi voz aún débil pero firme. "Llama a los Delgado. Diles que acepto. Me casaré con Ricardo Delgado. Me iré al norte. Lo más lejos posible de aquí."
Amor y Odio: Una Danza Final

Amor y Odio: Una Danza Final

Durante años, me desviví por complacer a la familia de la Cruz. Para ellos, convertí el Ballet Folclórico Nacional en un referente mundial. Todo mi esfuerzo culminaba esa noche: mi ascenso a directora artística. Pero la puerta se abrió de golpe. Mi esposo, Ricardo, entró con su amante, Valentina, que presumía un vientre abultado. Él me gritó: "¡Perra! ¡Si no puedes darme un hijo, lárgate!". Ella me arrojó tequila a la cara, la humillación quemándome más que el alcohol. Me arrodillé, suplicando por mi carrera, pero Ricardo pisoteó mi hombro y me espetó: "¡Una mujer que no puede dar un hijo es un estorbo!". Lo que no sabían es que tenía un plan secreto para salvar su empresa de la bancarrota. "No tienen derecho a despedirme", les dije, buscando apoyo en mis suegros. Pero ellos solo miraron el vientre de Valentina. "Lo más importante es la descendencia", dijo mi suegra. Mi mundo se desmoronó al escuchar: "¿Las ganancias multiplicadas por cinco no valen nada comparado con un hijo?". Ricardo arrancó el collar de perlas de mi cuello, símbolo de un amor que nunca existió. "¡Empaca tus cosas y lárgate!". Con una sonrisa amarga, saqué un documento: "Un acuerdo de colaboración con el Grupo Cortés... con la condición de que yo sea la líder". Ricardo lo hizo pedazos. "¡Nadie como tú le interesaría al señor Cortés!". Llamé a Ricardo Cortés, pero solo se escuchó un tono ocupado. La sala estalló en burlas. "¿De qué sirve diseñar o bailar? Lo que importa es tener un hijo para amarrar a un hombre", dijo Valentina, triunfante. Entonces, Ricardo sacó un informe médico: "Ovarios dañados... infertilidad permanente". La sala se llenó de carcajadas. "¡Falsificaste el informe! ¡Eres una mentirosa!", me acusó Ricardo, arrojándome el papel a la cara. Mi suegra me lanzó un cenicero: "¡Malagradecida! ¡Dañaste a mi hijo con tu cuerpo infértil!". Valentina sacó unos papeles: "¡Tus obras premiadas son un plagio de las mías!". Traté de explicar que sus diseños eran inviables, pero Ricardo ordenó destrozar mi laboratorio y quemar mis investigaciones. Caí de rodillas, viendo mi vida arder en una pequeña pantalla. "¿Todavía no te arrepientes?", me siseó antes de golpearme y echarme. Me obligó a firmar el divorcio y una renuncia, bajo los aplausos de todos. En ese momento, mi teléfono vibró. La voz de Ricardo Cortés resonó: "¿Señorita Romero? ¿Empezamos nuestra colaboración?".
Traición con Sabor a Ausencia

Traición con Sabor a Ausencia

Soy Roy Castillo, un pastelero, y hoy mi matrimonio de seis años, cimentado en la promesa de un amor inquebrantable, se desmoronó por completo. Mi esposa Lina, mi salvadora desde la infancia y el ancla de mi frágil mundo, supuestamente me amaba solo a mí. Pero un hombre llamado Máximo irrumpió en mi tranquila pastelería, Dulce Marea, sonriendo con suficiencia mientras pronunciaba las palabras que desgarrarían mi alma: "Ella y yo estamos juntos, está embarazada. El hijo es mío". El impacto fue tan brutal que ahogó mis pulmones, desatando un ataque de asma que me arrastró a los recuerdos de mi trauma infantil, mientras la humillación se grababa en mi delantal con un mate arrojado. Lina me prometió y suplicó en la clínica que todo era una mentira, sellando su arrepentimiento bloqueando a Máximo frente a mis ojos, pero la semilla de la duda y la inmensa traición ya había germinado en mi corazón, ¿cómo podía ser tan ingenuo? Entonces, una foto anónima de un reloj caro sobre un lujoso automóvil similar al de Lina, junto con un mensaje burlón de Máximo, confirmó mis peores temores sobre su aventura. Pero el verdadero terror llegó cuando, una noche, fingiendo dormir, escuché a mi esposa susurrar a su amante que no volveríamos a tener hijos, porque cada noche, en mi infusión relajante, vertía espermicida, asegurándose de que yo nunca fuera padre. Todo, desde su repentino anhelo de maternidad hasta su rechazo a mi beca soñada en Le Cordon Bleu, había sido una cruel manipulación para mantenerme atado mientras ella me envenenaba. La herida de la traición superó al asma, dejando un vacío helado en mi pecho, y en ese instante, el juego de Lina terminó; ahora, la siguiente jugada era mía.
Mi Amor Hecho Basura

Mi Amor Hecho Basura

Perseguí a Mateo por diez años, dedicando cada minuto de mi vida a un hombre que apenas me veía, ignorando a mis amigos y a mi propia existencia. Hoy, para su cumpleaños número treinta, preparé su pastel favorito, decoré su apartamento, lista para gritar "¡Sorpresa!". Pero la sorpresa fue mía: Mateo no entró solo, sino de la mano de Sofía, una mujer alta y delgada riendo de la burla de mi presencia. Luego, frente a mis ojos, Mateo arrojó la caja con todos nuestros recuerdos a la basura, desechando diez años de mi amor como si fueran basura. Me trató como una extensión de sus propias necesidades, una asistenta personal, y vi cómo me desechaba junto a los recuerdos, sin el menor remordimiento. A la mañana siguiente, bajo una lluvia torrencial, lo vi de nuevo con Sofía, protegiéndola bajo su paraguas mientras yo, empapada, intentaba recuperar mis recuerdos rotos de la basura. Mateo pateó un trozo de mi caja y me ordenó: "Ya te dije que es basura. Supéralo". Sofía se rio con malicia: "Déjala, mi amor, es lo único que tiene, pobrecita". ¿Cómo pude haber sido tan ciega, tan patética, tan dependiente? Esa fue la gota que derramó el vaso; decidí que ya no sería más la sombra de nadie. Tiré los restos empapados de mis recuerdos a la basura, y mi voz se alzó con una certeza inquebrantable: "Tienes razón. Es basura". Me di la vuelta y me fui, escuchando a Mateo gritar: "¡Sabes que no puedes vivir sin mí!". Pero yo sabía, con una absoluta claridad, que ya no volvería arrastrándome a sus pies. Mi vida, por fin, iba a ser mía.
El Heredero de Hierro del Sol: Mi Regreso Triunfal

El Heredero de Hierro del Sol: Mi Regreso Triunfal

Mi relación de diez años con Sofía, mi mánager y prometida, terminó el día de nuestra boda. O, para ser más precisos, el día que se suponía que sería nuestra boda. Me dejó plantado en el altar por Mateo, su amor platónico de juventud. Cuando regresó, inició un cruel juego de manipulación, despojándome de mi carrera, mis trofeos, y el prestigioso premio 'Estoque de Oro' , al que tanto me sacrifiqué. La humillación pública alcanzó su cúspide cuando, en la ceremonia de entrega del premio, Mateo, instigado por ella, me ordenó que le limpiara los zapatos. Me negué, y en medio del caos, Mateo fingió una agresión para incriminarme, mientras Sofía me abofeteaba, confirmando mi caída en desgracia. Fui acusado de violento, mi imagen pública destrozada, mi carrera suspendida indefinidamente. Mi calvario no terminó ahí; en un engaño cruel, Mateo destrozó mi mano de torero y me abandonó en un pajar en llamas, con Sofía observando y eligiendo salvarlo a él. Yace en el hospital, con mi carrera destrozada y mi mano inmovilizada, abandonado por todos. ¿Cómo iba a superar esto, cómo un torero sin su mano derecha podría seguir adelante? Lo que ellos no sabían era que esa herida no era el final, sino el inicio de mi verdadero legado. Era el momento de que el heredero de "Hierro del Sol", la dinastía más poderosa del toreo, revelara su verdadera identidad y reclamara lo que era suyo.
La Heredera de la Cicatriz: Un Legado Reclamado

La Heredera de la Cicatriz: Un Legado Reclamado

Introducción "Luciana, mi amor, Sasha acaba de llegar a la empresa, quiero que la guíes, que le enseñes bien." La suave voz de Máximo, mi prometido, me llenaba de una falsa esperanza. Yo, Luciana Salazar, la genio detrás de la destilación y heredera de un imperio tequilero olvidado, creía que finalmente había encontrado a alguien que me valoraba, a pesar de la cicatriz que ocultaba mis ojos y mi pasado. Pero su "Sasha", mi hermanastra ilegítima y la mimada de mi familia, apareció en "Castillo Spirits" para destrozar mi mundo. Utilizó su belleza y nuestro apellido para socavarme, llevándole mis ideas simplificadas a Máximo, mientras los colegas me miraban con lástima. Mi informe de "no calificada" fue mi última resistencia. La humillación fue pública, brutal. En la cata anual, Máximo rasgó mi informe frente a todos, promocionó a Sasha como Jefa de Destilación y me degradó a su asistente, como si yo, la verdadera maestra, tuviera algo que aprender de ella. Las risas resonaron en el salón. Salí, el peso de la vergüenza aplastándome. Luego vino lo peor: Sasha manipuló las pruebas, me acusó de sabotaje y acabé en una celda, donde Máximo me visitó para llamarme "hija bastarda" y venenosa. ¿Cómo pudo el hombre que prometió defenderme creerme capaz de tal bajeza? ¿Cómo pudo un amor tan puro convertirse en veneno tan rápidamente? ¿Qué secreto o qué influencia maligna lo cegó tanto? Pero el juego había terminado. La Luciana dócil y enamorada murió en esa celda. Ahora, solo quedaba la heredera implacable. Y la venganza, fría como el tequila sin alma de Máximo, acababa de empezar.
Mi Vientre, Mi Venganza

Mi Vientre, Mi Venganza

El aire en el estudio de "Sabor de Reyes" se podía cortar, no por la tensión culinaria, sino por un presagio. Yo, Sofía Ramos, diseñadora de moda aclamada, estaba allí como jueza invitada, solo para apoyar al prometido de mi exsocia, el famoso chef Ricardo "El Rey" Solís. De repente, la furia personificada irrumpió: Camila Vargas, mi rival más encarnizada y prometida de Ricardo, gritando una acusación que heló la sangre: "¡Sofía Ramos, esta ladrona no solo me robó el diseño con el que construyó su carrera, sino que también me está robando a mi prometido!" El estudio estalló en un frenesí, las cámaras enfocándome mientras las redes sociales me destrozaban con etiquetas como #LadyRobaMaridos. La situación empeoró cuando Camila me abofeteó en vivo, luego "presentó evidencia" de mensajes falsos y, finalmente, me empujó, golpeándome la cabeza. En mi desesperación por defenderme, grité: "¡El único hombre de la familia Solís que me importa es mi esposo, y estoy esperando un hijo suyo!" Mis palabras, destinadas a aclarar que me refería a Don Alejandro Solís, mi marido, fueron retorcidas por la turba. "¡Está embarazada de Ricardo!", "¡Qué descarada!", se leía en la pantalla gigante. Sentí un dolor agudo, un calambre. El terror me invadió. "¡Mi bebé!", grité. El público lo interpretó como una confesión. El odio se volvió tangible cuando un zapato me golpeó. Luego vi el horror: una mancha oscura creció en mi vestido. Sangre. Grité, rogando: "¡Llamen a Alejandro Solís! ¡Él es mi esposo!" Camila se burló, "¿Tu esposo? ¿Crees que somos idiotas?" Aprovechó la discreción de Alejandro para volverla en nuestra contra. "Alejandro," susurré a la cámara, "Ven por mí." La desesperación se convirtió en una fría determinación. Me humillaron, me agredieron, perdí a mi bebé por sus mentiras. Pero no sería en vano.
Mi matrimonio perfecto, su secreto mortal

Mi matrimonio perfecto, su secreto mortal

Durante tres meses, fui la esposa perfecta del multimillonario tecnológico Alejandro de la Cruz. Creía que nuestro matrimonio era un cuento de hadas, y la cena de bienvenida por mi nueva pasantía en su empresa debía ser la celebración de nuestra vida perfecta. Esa ilusión se hizo añicos cuando su ex, Diana, una mujer hermosa y desquiciada, irrumpió en la fiesta y le clavó un cuchillo de carne en el brazo. Pero el verdadero horror no fue la sangre. Fue la mirada en los ojos de mi esposo. Acunó a su atacante, susurrando una sola palabra tierna, destinada solo para ella: —Siempre. Se quedó de brazos cruzados mientras ella me ponía un cuchillo en la cara para quitarme un lunar que, según ella, yo le había copiado. Observó cómo me arrojó a una jaula con perros hambrientos, sabiendo que era mi miedo más profundo. Dejó que me golpearan, que me metiera grava en la garganta para arruinarme la voz y que sus hombres me rompieran la mano con una puerta. Cuando lo llamé por última vez, suplicando ayuda mientras un grupo de hombres me acorralaba, me colgó. Atrapada y dada por muerta, me lancé por una ventana de un segundo piso. Mientras corría, sangrando y rota, hice una llamada que no había hecho en años. —Tío Francisco —sollocé al teléfono—. Quiero el divorcio. Y quiero que me ayudes a destruirlo. Ellos pensaron que se habían casado con una don nadie. No tenían idea de que acababan de declararle la guerra a la familia Elizondo.
Mi Esposo Es Mejor Que Tú

Mi Esposo Es Mejor Que Tú

La noche más importante de la moda en la Ciudad de México prometía ser la culminación de un sueño. Elena, dueña de "Aura" y con un diseño esmeralda que captaba todas las miradas, se sentía en la cima, a años luz de la pesadilla que la había consumido. Pero el pasado, siempre acechante, resurgió con la fuerza de un tren desbocado: un recuerdo de su boda, cinco años atrás, cuando su prometido Ricardo, y su "mejor amiga" Sofía, la abandonaron en el altar con un mensaje devastador. "Ricardo dice que no eres lo suficientemente buena para él. Se ha dado cuenta de que me ama a mí." La humillación fue pública, dolorosa, un golpe que la dejó rota en mil pedazos, traicionada y sin aliento. Y ahora, aquí estaban, Ricardo y Sofía, caminando arrogantemente hacia ella en el mismo evento donde Elena brillaba, intentando volver a pisotearla. Su mundo se convirtió en un borrón de rostros conmocionados, luces parpadeantes y un dolor agudo que prometía humillarla de nuevo, ella era la costurera, la que no era "lo suficientemente buena". Pero esta Elena ya no era la chica rota, el dolor se había transformado en acero, y sin saberlo, ellos estaban a punto de descubrirlo de la peor manera posible. "¿Estás bien, amor? Llegué tan pronto como pude." La voz de Marcos Véliz la sacó de su tormento, sus palabras un bálsamo en medio de la tormenta, confirmando lo que nadie podía creer: la humillada costurera era, en realidad, la esposa del magnate más poderoso de México.
La Prometida Olvidada: El Regreso

La Prometida Olvidada: El Regreso

Regresé a la Ciudad de México después de dos años, con el corazón lleno de la ilusión de casarme con Javier, mi prometido de toda la vida. Pero la portada de una revista de sociales me golpeó como un balde de agua fría: Javier, sonriendo, con el brazo alrededor de una desconocida vestida de novia. El pie de foto lo confirmaba: "La boda del año: Javier Solís y Sofía Romero unen sus vidas en una ceremonia de ensueño". La mujer no era yo. Era una impostora que me había robado mi nombre, mi futuro. Corrí a casa de los Solís, buscando una explicación, pero la madre de Javier me recibió con frialdad y me dijo que su nuera, la verdadera Sofía, estaba arriba. "Tú no eres Sofía," sentenció, y la seguridad me escoltó fuera de la mansión que debería haber sido mi hogar. La rabia me quemaba por dentro. ¿Cómo era posible? ¿Cómo pudieron borrarme así, como si nunca hubiera existido? ¿Cómo Javier, el hombre que amaba, me había traicionado de esta forma tan cruel? Este no era solo un corazón roto; era un asalto a mi identidad, a mi honor. Y no iba a permitirlo. "No voy a permitir que se salgan con la suya," le dije a mi prima Lupita, y marqué un número, no para llorar, sino para desatar el infierno. "Arturo, soy Sofía Romero," dije con voz firme. "Necesito que congeles inmediatamente la cuenta conjunta de la boda. Código de seguridad: 'Abuela Rosa'."