Amnesia Fingida Me trae Novio Nuevo

Amnesia Fingida Me trae Novio Nuevo

Jia Zhong De Lao Shu

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Capítulo

Mi mundo, el escenario, se volvió negro bajo mis pies. La siguiente vez que abrí los ojos, el hospital y el olor a desinfectante me confirmaron que algo andaba muy mal. Mi novio, Javier, que durante cinco años me profesó amor, estaba a mi lado, pero sus ojos estaban fijos en su teléfono, no en mí. Con una sonrisa forzada, me dijo que había sido una "mala caída" y una "conmoción cerebral leve". Pero algo se rompió en mí. Entonces, una idea, fría y afilada, se formó en mi mente. Con una calma aterradora, fingí no saber quién era. ¿Y qué hizo él? Sin dudarlo, me entregó a su mejor amigo, Mateo, el genio guitarrista que siempre pareció despreciarme, diciendo: "Él es Mateo. Tu novio." Me quedé helada. ¿En serio? ¿Me desecha tan fácilmente? Mi corazón se sentía hueco, pero ya no roto. No lloré. En cambio, sentí una calma gélida. Si Javier quería unas "vacaciones", le daría una jubilación anticipada de nuestra relación. El juego acababa de empezar. Y yo, Lucía, la "amnésica", no iba a perder.

Introducción

Mi mundo, el escenario, se volvió negro bajo mis pies. La siguiente vez que abrí los ojos, el hospital y el olor a desinfectante me confirmaron que algo andaba muy mal.

Mi novio, Javier, que durante cinco años me profesó amor, estaba a mi lado, pero sus ojos estaban fijos en su teléfono, no en mí.

Con una sonrisa forzada, me dijo que había sido una "mala caída" y una "conmoción cerebral leve".

Pero algo se rompió en mí. Entonces, una idea, fría y afilada, se formó en mi mente.

Con una calma aterradora, fingí no saber quién era.

¿Y qué hizo él? Sin dudarlo, me entregó a su mejor amigo, Mateo, el genio guitarrista que siempre pareció despreciarme, diciendo: "Él es Mateo. Tu novio."

Me quedé helada. ¿En serio? ¿Me desecha tan fácilmente?

Mi corazón se sentía hueco, pero ya no roto. No lloré. En cambio, sentí una calma gélida.

Si Javier quería unas "vacaciones", le daría una jubilación anticipada de nuestra relación.

El juego acababa de empezar. Y yo, Lucía, la "amnésica", no iba a perder.

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5.0

Sentí el frío metal en mi espalda, un dolor agudo que me robó el aliento. Caí sobre el pavimento mojado de un callejón oscuro, la lluvia lavaba la sangre de mi abdomen. Vi la silueta de Sebastián, el chico que consideré mi hermano, sosteniendo el cuchillo que goteaba con mi vida. "¿Por qué?", susurré, la voz rota. Sebastián se rio, una risa cruel: "Porque eres un millonario ingenuo, Joaquín. Me diste todo, pero quería ser tú, no tu sombra." Se agachó, sus ojos brillaban con odio. "Ahora, todo lo tuyo será mío. Tus padres me verán como el hijo que perdieron. Nadie te recordará." El veneno de sus palabras se filtró en mis últimos momentos, más doloroso que las puñaladas físicas. El mundo se oscureció, y su risa victoriosa resonó mientras me hundía en la negrura infinita. Creí que era el final, que mi alma flotaría en la nada, llevada por el eco de esa traición inolvidable. De repente, una luz cegadora me golpeó. Parpadeé. El dolor se había ido. Estaba de pie, mi cuerpo intacto, en el auditorio de mi universidad, un lugar que sentía extrañamente familiar. En el escenario, bajo un cartel de "Donación para el Futuro", vi a la directora sonriendo, y a su lado, con un traje impecable y una sonrisa de santo, estaba Sebastián. El mismo Sebastián que me había asesinado. "Damos la bienvenida al joven Sebastián Rodríguez", decía la directora, "nuestro más generoso benefactor." Los aplausos resonaron. Lo miraban con admiración, como a un héroe. Vi a Elena, la chica más popular, sus ojos brillaban de adoración por Sebastián, la misma Elena que me humilló llamándome ladrón. Sebastián tomó el micrófono, su voz llena de falsa humildad. "Gracias, directora, solo quiero devolver un poco de lo mucho que la vida me ha dado." Una oleada de ira fría y pura me dejó sin aliento. No era un sueño, no era el más allá. Había renacido. Había vuelto al momento exacto en que la farsa de Sebastián alcanzaba su punto más alto, el momento antes de que firmara el acuerdo de donación. ¡Con mi dinero! La ingenuidad había muerto en ese callejón oscuro. Lo que quedaba era un hombre con un propósito. Mientras Sebastián disfrutaba los aplausos, saqué mi celular. Mis manos no temblaban. Marqué el número del banco privado de mi familia. "Buenos días, necesito un favor urgente," dije, mi voz con un filo de acero. "Quiero cancelar inmediatamente la tarjeta adicional con terminación 4822, a nombre de Sebastián Rodríguez." "¿Puedo preguntar el motivo?" "Actividad fraudulenta. Cancélala ahora." "Entendido, señor. Bloqueada y cancelada permanentemente." Colgué justo cuando Sebastián se sentaba en la mesa de firmas, pluma en mano. Una sonrisa fría se dibujó en mis labios. El juego acababa de empezar, y esta vez, yo conocía todas las reglas.

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Morí en el sótano oscuro y húmedo, asfixiándome lentamente. Mi tío, el hombre que amé toda mi vida, me observaba con una sonrisa malévola. «Debes morir…», susurró, mientras el dolor en mi vientre era insoportable y mi hijo nonato luchaba por nacer. Le rogué, le supliqué que me llevara al hospital, pero él se quedó allí, viéndome morir. Mi último aliento fue un susurro ahogado con su nombre. Desperté con un sobresalto, el corazón latiéndome a mil por hora. Estaba en una suite de hotel, y la fecha era la misma del día de mi muerte. ¡Había renacido! El pánico inicial dio paso a una extraña calma. Tenía una segunda oportunidad para no cometer los mismos errores. La puerta del baño se abrió y de ella salió Ricardo, mi tío. «Ximena…», su voz era un gruñido ronco. «Ayúdame… me siento muy mal». En mi vida anterior, caí, creyendo estúpidamente que él vería mi amor. Me entregué a él, solo para quedar embarazada y ser asesinada poco después. Pero esta vez, no. «¡Suéltame, tío!», mi voz sonó más fuerte y firme de lo que esperaba. Lo empujé. Su mirada confundida se encontró con la mía, ahora llena de frialdad y determinación. Ya no era la Ximena de antes. No dudé y marqué el número de la prometida de Ricardo. «Soy Ximena. Tu prometido no se siente bien. Alguien le puso algo en la bebida. Está en la suite 3205 del Hotel Grand. Será mejor que vengas rápido». Colgué. «Ella es tu prometida», respondí, mi voz sin emoción. «Ella es la que debería ayudarte». Abrí la puerta sin mirar atrás. «Ocúpate de tus propios asuntos, Ricardo». Salí de la habitación, cerrando la puerta con firmeza. Era el sonido de mi libertad. Mi nueva vida acababa de comenzar.

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