De Pobre A Heredero Recuperado

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Adolf Dunne

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Capítulo

El día de mi boda. Creí que sería el más feliz de mi vida, el culmen de años de sacrificio como repartidor para casarme con Sofía, mi amor de la infancia. Pero justo en el altar, ella apareció del brazo de otro hombre, Ricardo, un tipo rico que siempre me despreció. No solo reveló que no se casaría conmigo, sino que lo anunciaron frente a todos, burlándose de mis ahorros al decir: "Gracias, Miguel Ángel, por pagar la fiesta de nuestra boda". La humillación pública fue indescriptible. Mi corazón se hizo pedazos al darme cuenta de que todo, cada promesa, cada beso, era una cruel farsa mientras Ricardo exhibía el anillo que él le había dado, mucho más caro que mi humilde argolla de plata. Fui un títere, un "muerto de hambre" al que solo usaron. No entendía cómo la mujer que amaba pudo ser tan cruel, cómo mis abuelos, mi único apoyo, se quedaron sin palabras ante la escena, y cómo mi familia sería testigo de esta desgracia. Cuando Sofía, sin remordimiento, tiró el anillo que le di, algo se encendió en mí. No era parálisis, ¡era fuego! Me alejé de ese circo de humillación, dejando atrás todo lo que creí que era mi vida. Pero la historia apenas comenzaba, pues afuera, dos lujosos autos negros se detuvieron, y una voz temblorosa me llamó: "¿Miguel Ángel? Hijo... te hemos buscado por tanto tiempo."

Introducción

El día de mi boda.

Creí que sería el más feliz de mi vida, el culmen de años de sacrificio como repartidor para casarme con Sofía, mi amor de la infancia.

Pero justo en el altar, ella apareció del brazo de otro hombre, Ricardo, un tipo rico que siempre me despreció. No solo reveló que no se casaría conmigo, sino que lo anunciaron frente a todos, burlándose de mis ahorros al decir: "Gracias, Miguel Ángel, por pagar la fiesta de nuestra boda".

La humillación pública fue indescriptible. Mi corazón se hizo pedazos al darme cuenta de que todo, cada promesa, cada beso, era una cruel farsa mientras Ricardo exhibía el anillo que él le había dado, mucho más caro que mi humilde argolla de plata. Fui un títere, un "muerto de hambre" al que solo usaron. No entendía cómo la mujer que amaba pudo ser tan cruel, cómo mis abuelos, mi único apoyo, se quedaron sin palabras ante la escena, y cómo mi familia sería testigo de esta desgracia.

Cuando Sofía, sin remordimiento, tiró el anillo que le di, algo se encendió en mí. No era parálisis, ¡era fuego! Me alejé de ese circo de humillación, dejando atrás todo lo que creí que era mi vida.

Pero la historia apenas comenzaba, pues afuera, dos lujosos autos negros se detuvieron, y una voz temblorosa me llamó: "¿Miguel Ángel? Hijo... te hemos buscado por tanto tiempo."

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