Mercurio Lunar: El Despertar del Hielo
de Lyon: El Depr
olor a tierra vieja bajo la lluvia. Estaba sentado allí, con una camisa de algodón que me apretaba los hombros y el fastidio de una corbata de
me servían de escudo perfecto. Pero para mí mismo, no era más que un lobo enjaulado en un disfraz de civilización. Mi Alquimia de fuego bullía bajo mi piel, impaciente tras semanas de contención f
a a papel viejo de los académicos que se creían sabios, y el hedor metálico, seco y sin vida de los vampiros de sangre pura. Los Vandermir apestaba
s, el mundo
o, como el hielo de un glaciar que nunca ha sido tocado por el sol desde el inicio de los tiempos. Pero bajo esa capa de escarcha inicial, había algo más... a
scara de aburrimiento académico. Mis ojos grises escanearon la
estab
ro lo que me detuvo el corazón de un golpe seco fueron sus ojos. Violetas. Un color que no debería existir en este lado de la realidad, un color que las leyendas prohibidas de mi manad
ritorial, sino de reconocimiento absoluto. Sentí una descarga de calor tan violenta en mi pecho que temí seriamente que la mesa de madera frente a m
l escenario y reclamarla allí mismo. Ella era una Moldoveanu, el emblema de mis enemigos jurados, la hija del hombre que yo deb
l Depredad
rgentes de mi manada que llegaban por canales encriptados. El olor de la chica -esa mezcla de frío glacial y flores nocturnas- seguía impregnado en mi memoria sensorial, desafiando tod
a la bestia que llevo dentro, pero hoy solo servía para agudizar mis instintos de caza. Dejé mi maletín sobre el gastado escritorio de roble y me quité las ga
s propios cuerpos contra la humedad del sótano. Los vampiros, liderados por un Viktor Vandermir que caminaba como si fuera el d
eaba la sala con ojos de halcón. La chica de los ojos violetas, Engel, caminaba como si esperara que el suelo de piedra se rompiera bajo sus pie
ella era un faro en la noch
estremecieran y revisaran sus apuntes con nerviosismo-. Soy el Dr. Lyonechka Ursu. Y hoy no vamos a hablar de fórmulas memorizadas. Vamorno. Mi Alquimia estaba inquieta, respondiendo a su cercanía. Podía sentir el frío que emanaba de ella al fondo del aula; era una pre
nmediato, fijándola en sus manos entrelazadas, pero pude notar el leve, casi imperceptible temblor de sus hombros-. El calor para derretir la estructura,
vertebral y se instalaba en mis colmillos. Quería confirmar si su piel era tan fría como el
iqueta. Pude oler su confusión, su miedo delicioso y ese rastro dulce y e
nas de cristal golpeadas por un viento helado. Frágil en la superf
jara de la seguridad de su prima y de su aura azul. Necesitaba que estuviera
sepulcral. Viktor Vandermir entornó los ojos, sus pupilas dilatándose mientras intentaba entender por qué yo estaba prestando tanta
e apartaba ni un milímetro de ella-. Es el elemento del cambio, el mensajero entre loque el contacto físico fuera inevitable pero lo suficientemente breve para pasar desapercibi
a, pero que se sintió como una explosión de dinamita en mis venas. El mercurio en el matraz, que debería haber permanecido estable, empezó a hervir instantáneamente, agitándose c
etas estaban empañados por el miedo y por algo que se parecía peligros
d en sus iris. Supe en ese instante que ella no era una vampira común, ni siquiera una híbrida ordinaria. Ella era la clave. Puse mi mano sob
en medio de la estática del laboratorio-. El monstruo en mí está reconociendo algo en ti que ni tú mism
obos en ese sótano. Solo había dos criaturas salvajes, dos errores de la naturaleza reconociéndose en el borde de un abismo compartido. Mi lobo interior aulló en un t
e para ocultar la dilatación de mis pupilas y la intensidad de mi mirada-. Vuelva a su asiento, señorita Moldoveanu. Y el rest
odavía ardiendo como si hubiera tocado el corazón de una estrella. Mi misión en Snorre-Vik, la venganza que había planeado durante años, a
ispuesto a destruir cada ley