Mercurio Lunar: El Despertar del Hielo
de Lyon: La Jaul
to Engel Moldoveanu cruzó el umbral de la puerta, escoltada por esa chica del aura azul defensiva, el aire se sintió repentinamente vacío. Me quedé unos segundos apoyado contra la mesa de demostraci
un simple fallo en el material o una descarga de estática inusualmente f
risa aristocrática y vacía que me daban ganas de borrarle a puñetazos-. Un experimento... interesante. Nunca
el trabajo de intimidación por mí. Viktor era un sangre pura, un hijo del privile
les -le respondí con un tono tan gélido que lo hizo borrar la sonrisa de inmediato-.
aba. Recogí un ejemplar de "Tratados sobre la Volatilidad del Alma", un libro de cuero viejo y desgastado que contenía
la luz de la tormenta, convirtiéndola en sombras alargadas. Mis botas resonaban contra el suelo de granito, un eco rítmico que intentaba ocultar el latido acelerado de mi corazón. Sabía e
a exterior estaba inyectando en el edificio. Estaban solas. Bianca, la guardiana, hablaba en susurros urgentes, mientras Engel man
aran con claridad antes de alcanzarlas. No quería asustarl
ita Mol
instinto defensivo que casi me hizo sonreír. Valiente, pero inútil. Yo
los ojos dilatados por la cautela-. Íbamos camino a
distancia, podía ver el ligero temblor de su bufanda de seda. Podía oler su con
turalidad que me sorprendió a mí mismo, ext
pasillo, ese color parecía cobrar una vida propia, brillando con una intensidad que me hizo apretar los dientes p
denso, casi sólido. Era una presión atmosférica que hacía que mi lobo rascara las paredes de mi conciencia, exigiendo que la
ró ella. Sus labios estaban a pocos centímetros de mi campo de vi
con el calor que emanaba de mi cuerpo para que sintiera la diferencia entre su mundo de sombras y mi incendio interno-. Hay capít
lante, rompiendo la bu
or. Nos aseguraremos de que lo
, pero antes de que se dieran la vuelta para marcharse, fi
. Lo que pasó en el laboratorio no fue un error del cristal. Fue tu sangre respondiendo a la mía. Y e
, en la penumbra, inhalando el rastro de su perfume que aún flotaba en el aire estático. Sabía que los Vandermir estarían vigilando, que mi misión estaba en la cuerda fl
la Oficina:
raba la oscuridad con una claridad insultante, convirtiendo mi refugio en un mapa de sombras nítidas. Me arranqué la corbata con un gesto vi
ó mi garganta con un calor familiar pero insuficiente. Dejé que mi frente descansara
os odiando cada átomo de su especie, jurando que el fuego de los Ursu los borraría del mapa.
mpira -susurré al v
abilizar mi Alquimia de la forma en que ella lo hacía. Al tocarla, no sentí el asco que había entr
a lógica había muerto en ese pasillo. Ella era mi Mate. Mi pareja destinada. La única mujer en
mi reflejo en el cristal, donde mis ojos ya no eran grises, sino del plata brillante d