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La Venganza del Padre Quebrado

La Venganza del Padre Quebrado

El aire de la bodega, que antes me recordaba a mi hogar, ahora olía a tumba. Mi hijo, Máximo, estaba colgado de una vieja puerta de roble, clavado por las muñecas y los tobillos con clavos oxidados. Kieran, el amante de mi esposa, se reía a su lado, mientras Sylvia, impasible en la videollamada, decía: "Es solo un susto, Patrick. Para que aprendas tu lugar." Intenté correr, pero dos matones me sujetaron, forzándome a ser testigo de la tortura de mi propio hijo. Después de que la llamada se cortó y me echaron, solo quedé con el eco de las risas y la imagen de mi hijo crucificado. Cuando por fin logré volver a la bodega, lo encontré con sus últimas fuerzas, susurrándome que le diera sus notas de la selectividad a su madre, esperando que así ella fuera "feliz de nuevo". Él murió en mis brazos, y cuando llamé a mi esposa para darle la devastadora noticia, ella se encogió de hombros, me llamó "patético" y me colgó. Pero la indiferencia de Sylvia no terminó ahí; la vi salir de una clínica de fertilidad con Kieran, anunciando que iban a tener otro hijo, "un heredero de verdad, no una decepción como el tuyo." Cuando me dirigí a la morgue para ver a Máximo, Kieran me aseguró que había contratado a "especialistas" para el funeral; pero lo que vi a través de la ventana de la sala de autopsias me rompió el alma: estaban disolviendo el cuerpo de mi hijo con ácido para borrar las pruebas. Grité, intenté matarlos, pero me inyectaron algo y desperté en una habitación acolchada, con una camisa de fuerza. Me habían declarado loco, y Sylvia y Kieran habían construido la narrativa perfecta: un padre afligido que, en su dolor, se había vuelto violento y había perdido el contacto con la realidad. La policía aceptó su versión; ¿cómo podía yo probar la verdad, encerrado, silenciado, y con la evidencia de la maldad de mi esposa y su amante literalmente disuelta? Pero lo que ellos no sabían es que Máximo había grabado un video antes de morir, una verdad que estaba a punto de desatar la furia más oscura imaginable.
Quién Es Isabella?

Quién Es Isabella?

El día del examen de admisión, Ricardo, el 'hijo perfecto' de los Mendoza, caminaba sintiéndose invencible. Pero un objeto azul en un arbusto, una credencial con el nombre «Isabella Mendoza» y una sonrisa tímida, lo cambió todo. Al llegar a casa, la mostró esperando elogios, pero encontró un silencio sepulcral, seguido de la furia incomprensible de sus padres, su padre lo golpeó y lo echó de la casa. Nadie quería hablar de Isabella: el guardia de la escuela lo amenazó, el director lo echó gritando, y hasta un reportero lo trató como "basura". Su amigo Mateo le sugirió publicar la foto en redes para encontrar a Isabella, y Ricardo, sintiéndose reivindicado, lo hizo. Minutos después, su teléfono estalló, pero no con mensajes de agradecimiento, sino con advertencias anónimas: «Bórralo, idiota», «No sabes con lo que estás jugando». La situación escaló violentamente cuando su madre lo llamó con voz rota: "Tu abuelo está en el hospital. Le dio un infarto. Es tu culpa" . En el hospital, la familia entera lo recibió con odio, su padre lo golpeó, y su madre lo culpó de la "muerte" de su abuelo, tachándolo de egoísta. Incluso su mejor amigo, Mateo, al ver la credencial, lo despreció: "Eres un cerdo, Ricardo. Un maldito cerdo" . Solo y humillado, fue arrestado bajo múltiples cargos de acoso y difamación. En la fría celda, sintió un terrorífico destello de lucidez: Isabella no era una extraña. ¡Era su hermana, la que le había prometido proteger de niño!
Sofía: El Renacer de una Traicionada

Sofía: El Renacer de una Traicionada

Desperté con el nauseabundo olor a mezcal barato, un hedor a muerte que ya conocía. Mi vestido de novia, hecho con mis propias manos, ahora estaba empapado y frío, pegado a mi piel mientras el eco burlón de mi propia fiesta de bodas vibraba desde la superficie del pozo. Lo recordaba todo: la traición de Mateo, el hombre al que me entregaron a los cinco años como su futura esposa. Recordaba el infierno de mi primera vida: diez años encerrada, vendida como ganado al carnicero Don Ramiro, y el día en que él ahogó a nuestras tres hijas en un barril de despojos. Salí de ese pozo de mezcal con una determinación helada, un fuego nuevo en mis ojos, dispuesta a cambiar mi destino. Pero la vida es cruel y el destino, terco. Mateo me arrastró de regreso, acusándome de arruinar su boda. Con una sonrisa sádica, cortó la cuerda que me ayudó a salir y me arrojó de nuevo al pozo. Isabella, su complice, me lanzó botellas y basura, gritando: "Púdrete ahí abajo, perra". Apenas logré aferrarme a una cuerda que, inesperadamente, dejó caer Don Ramiro, el carnicero, mi torturador en mi vida anterior, quien ahora me miraba con ojos lujuriosos. "Vaya, vaya... una sirenita empapada", dijo, y sentí sus asquerosas manos en mi cintura. La furia me invadió, un relámpago de dolor y odio, y lo golpeé con todas mis fuerzas, buscando escapar de nuevo. Corrí hacia el ruido de la fiesta, buscando testigos, pero fui recibida con desprecio. En lugar de ayuda, Mateo me abofeteó en público, humillándome, mientras Isabella, fingiendo inocencia, me acusaba de brujería. Cuando la abuela de Mateo se interpuso para salvarme de la turba, un cuchillo se hundió en su hombro. Mateo, cegado por la furia, me entregó a Don Ramiro, el carnicero, con una sonrisa fría. "Te la regalo. Haz con ella lo que quieras". "¡No!", grité, escupiéndole en la cara, mi desafío resonando en el patio. La abuela de Mateo, mi única aliada, murió por su herida y Mateo, en un ataque de locura, me golpeó hasta dejarme inconsciente, para luego encerrarme en la bodega. Isabella le prendió fuego con una sonrisa cruel: "Adiós, Sofía". Creí que todo estaba perdido, que la historia se repetía. Pero, ¿y si esta vez, el destino tuviera un giro a mi favor? ¿Y si lo que parecía mi fin, era en realidad el comienzo? ¿Podría un alma rota como la mía, volver para reclamar lo que le fue arrebatado, no solo de mis enemigos, sino de mi propio pasado?
El Amor Que Destruyó Todo

El Amor Que Destruyó Todo

La ruina llegó con el huracán, barriendo todo lo que conocía. Mi prometido, Ricardo, fue mi refugio en la tormenta que destruyó a mi familia. Me consiguió un puesto en la firma más grande, una segunda oportunidad para reconstruir mi vida. Creía que lo peor había pasado, que nuestro amor era mi salvación. Pero un día, al llevarle café a su oficina, escuché sus voces: la de Ricardo y la de don Emilio, mi nuevo jefe. "Luna no sospecha nada," dijo Ricardo, y su voz ya no era la de mi amor, sino la de un conspirador. "Cree que la estoy ayudando, que este trabajo es su salvación." Y don Emilio añadió, con una risa seca: "Arruinar a los Rojas fue una obra maestra. El viejo Rojas murió pensando que era un fracasado." Cada palabra fue un golpe, una puñalada helada. Mi padre honorable, mi familia destrozada… todo fue una mentira orquestada por el hombre que me consoló y el que me prometió amor eterno. Me desplomé en el pasillo, con la taza de café rota a mis pies, como mi corazón. Y el dolor se transformó en rabia pura, una rabia helada que me aclaró la mente. "Casarte con Luna," escuché que don Emilio decía. "Una vez que firmes el acta de matrimonio y tengas acceso legal a lo que queda del patrimonio intelectual de los Rojas, nos desharemos de ella." No solo querían mis diseños, querían borrar hasta el último vestigio de mi familia. Yo era la llave. La confianza y el amor se pudrieron en mi interior, dejando solo una ardiente sed de venganza. No iba a ser su víctima. El arquitecto que destruyeron iba a usar su última herramienta, no para construir, sino para demoler. Ellos creyeron que me habían matado. Pero de las cenizas de la vieja Luna, nacería algo mucho más peligroso. Soy Luna Rojas, la que creyeron muerta. ¡Prepárense, cabrones! Porque esta no es una historia de amor, es una de venganza.
La Venganza de una Madre: Amor Perdido

La Venganza de una Madre: Amor Perdido

El dolor agudo en la pierna de mi hijo Tadeo fue el comienzo de todo. Una mordedura de serpiente. Corrí con él al Hospital San José, donde mi hijo mayor, Daniel, trabajaba como médico de urgencias. Él salvaría a su hermanito. Pero en el momento en que irrumpí en la sala de emergencias, derrumbándome con Tadeo inerte en mis brazos, una enfermera rubia llamada Andrea Jiménez, la novia de Daniel, se volvió contra mí. Respondió a mi súplica desesperada de ayuda con una negativa helada, exigiéndome que llenara unos formularios. Cuando le rogué que buscara a Daniel, su mirada se endureció. Me empujó, siseando: "Fórmese como todo el mundo". Se burló de mis afirmaciones de ser la madre de Daniel, despreciando a Tadeo como un "mocoso", incluso amenazando con dejarlo morir. Me robó el celular y lo estrelló contra el suelo cuando vio el dije de plata de un gorrión —idéntico al suyo— en mi llavero, gritando que Daniel era un "infiel de mierda". Andrea incluso llamó a su hermano Kevin, un bruto, para que se encargara de mí. Otras enfermeras y pacientes nos miraban fijamente, pero no hicieron nada mientras Andrea, ignorando la respiración agonizante de Tadeo, se deleitaba con mi angustia. Pateó mi bolso volcado, esparciendo mi identificación, y se mofó de mis súplicas desesperadas. Exigió que me arrodillara, que inclinara la cabeza y suplicara su perdón, mientras filmaba mi humillación con su teléfono. Cuando los labios de Tadeo se pusieron azules, me tragué mi orgullo, presioné la frente contra el frío suelo y susurré: "Lo siento. Por favor... ayude a mi hijo". Pero ni siquiera eso fue suficiente para ese monstruo. Exigió que me abofeteara, diez veces. Fue entonces, mientras levantaba la mano, que vi a Tadeo. Inmóvil. Silencioso. Se había ido. Mi hijo estaba muerto. Y en ese instante, toda mi humillación, todo mi miedo, se consumió, reemplazado por una furia volcánica, al rojo vivo.
Renacer de Cenizas, Sofía

Renacer de Cenizas, Sofía

El "bip" rítmico de los monitores era lo único que me recordaba que estaba viva, o al menos eso creía. Había sobrevivido a una cirugía de emergencia que, según me dijeron, salvó mi vida y la de mi pequeño Leo. Pero una noche, en el frío corredor del hospital, la verdad me golpeó más fuerte que cualquier bisturí. Escuché las voces de mi esposo Mateo y su prima Camila Solís, esa "heroína" que me había estado cuidando. "Todo salió perfecto, Mateo. Mejor de lo que imaginé." Luego su voz, dulce y venenosa, retumbó: "Mi amor... la estúpida de tu esposa lo criará como si fuera suyo... yo lanzo mi carrera." "Sofía es la herramienta perfecta", respondió Mateo, "ingenua, confía ciegamente. Se casó conmigo por un vientre seguro para ti, Camila." Mi mundo se desintegró. No solo la boda, el bebé, mi vida entera… ¡sino también la muerte de mi madre! Camila confesó haberla empujado hacia la explosión que acabó con ella, y Mateo lo encubrió todo. ¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Tan estúpida? La humillación y el dolor me consumieron, pero en lo más profundo de mi ser, una furia helada comenzó a arder. Yo no era una herramienta, no era ingenua, ni mucho menos una víctima sin voz. En la oscuridad de la casa, mientras ellos celebraban su cruel victoria, contacté a mi hermano Ricardo. El juego de Mateo Vargas acababa de terminar. El mío estaba a punto de empezar.
El corazón que le robaron

El corazón que le robaron

Mi sótano olía a humedad y a desesperación. Llevaba tres años encerrada aquí, desde aquel accidente que me dejó las piernas inútiles. Hoy, mi esposo Ricardo estaba aquí. Pero no para verme a mí. Venía con Camila, la mujer que me había robado todo: mi nombre, mi carrera, mi esposo, y hasta a mi hijo. "Ricardo, mi amor, ¿de verdad tienes que mantenerla aquí? Da un poco de miedo," dijo Camila con una voz falsamente dulce. Él ni siquiera me miró. "Es por tu bien, Cami. Aquí abajo no puede hacerte daño." Me dijo que mi existencia era un fastidio. Apreté los puños. Querían mi corazón, para ella. El Dr. Vargas, su cómplice, lo confirmó. Estaba viva, pero solo hasta que fuera el donante compatible. Al día siguiente, Pedrito, mi hijo, apareció. "Mi mamá Camila dice que eres una mujer mala y que por eso vives aquí." Con un grito de rabia, arrojó el plato de comida al suelo. "¡Esto es para ti, bruja!" Más tarde, Ricardo me soltó la verdad. Mi enfermedad cardíaca congénita era un secreto que él usó para justificar mi encierro. Todo era una farsa. Una jaula para mantenerme "sana" hasta la cirugía. "Lo único que te importa es su vida, no la mía," le dije. Cerré los ojos, recordando nuestra propuesta, nuestro amor. Éramos invencibles, creía yo. Qué tonta fui. "El amor que sentía por ti… se acabó. Ya no existe." Vi una chispa de dolor en su rostro, pero rápidamente la ocultó. Luego, el Dr. Vargas y dos enfermeros entraron. Me ataron a la mesa de operaciones. "No es anestesia. Es un relajante muscular. Ricardo quiere que estés despierta." Sentí el frío metálico del bisturí. Justo entonces, un grito rompió el silencio. "¡PAPÁ, NO! ¡NO LA TOQUEN!" Pedrito estaba en la puerta, sus ojos llenos de horror. Ricardo quedó paralizado. Mi corazón, exhausto, se rindió. Mi alma flotó, observando la escena caótica. Ricardo estaba arrodillado, sollozando. Pedrito lloraba. Un médico real reveló que mi cuerpo mostraba signos de tortura. "Fui yo," susurró Camila, "yo quería que sufriera." Ricardo se abalanzó sobre ella, con odio puro en sus ojos. Volví a la vida, en un hospital real, con mi hermana Elena. Flor, mi sobrina, necesitaba un trasplante de corazón. Por ella, lo haría. "Envíame de vuelta," le pedí al sistema. Y regresé. Ricardo torturaba a Camila, revelando su posesividad. "Si ella no podía ser tuya, preferías tenerla rota y encerrada," gritó Camila. Era tiempo de hacer mi entrada. "Ricardo," dije. Mi voz era fuerte. Él se congeló. "¡Sofía! ¡Estás viva! ¡Sabía que no podías dejarme!" Corrió hacia mí para abrazarme. "No te acerques a mí." Lo miré a los ojos. "Quiero el divorcio." Su alegría se hizo añicos. "Tu amor es veneno, Ricardo. Y yo ya no quiero beberlo." Me di la vuelta. "Prepara los papeles del divorcio. Y prepara a los científicos de tu fundación. Tengo un trabajo para ellos." Era dueña de mi destino. Había vuelto para reclamar lo que era mío.
La Venganza de La Ceo Nueva

La Venganza de La Ceo Nueva

Una noche, la alegría de nuestro aniversario se transformó en un grito silencioso. Ricardo, mi esposo, aquel que juró protegerme, me sonrió mientras celebrábamos, nuestro hijo creciendo en mi vientre. Pero en un instante, todo se desmoronó, un empujón brutal y la caída por las escaleras me robaron el aire, el bebé, y la movilidad de mis piernas. Desperté en el hospital, con Ricardo a mi lado, su angustia parecía real, hasta que escuché las voces veladas. Camila, su amante, confirmando el éxito del "aborto planeado" y discutiendo mi parálisis. "El médico lo confirmó, el aborto fue… exitoso. El problema es la parálisis, no estaba en el plan que fuera tan evidente" . "Con ella paralítica y sin el bebé que nos estorbaba, el camino está libre para Marcos. La herencia será para mi hijo, para nuestro hijo" . ¡No fue un accidente! Mi esposo, el hombre que amaba, había orquestado la muerte de nuestro hijo y mi parálisis para beneficiar a su bastardo. La noticia de mi infertilidad me vació, pero en medio de la desolación, una chispa de fuego helado encendió mi alma: no más lágrimas, solo una férrea determinación. Fingiría sumisión, la muñeca rota que querían, y usaría su confianza en su contra. Me fui a Suiza, no para una cura milagrosa, sino para mi renacimiento, mientras ellos celebraban su falsa victoria en mi ausencia. El juego acababa de cambiar de reglas. Cuando la empresa de Ricardo colapsó, regresé no como la víctima, sino como la nueva presidenta, lista para reclamar lo que era mío y ajustar cuentas.
El Precio de un Corazón

El Precio de un Corazón

El funeral de mi padre, un respetado guitarrista de flamenco, era un día de dolor y silencio en Sevilla. Mientras ajustaba su camisa blanca en el ataúd, una fina cicatriz roja en su pecho me heló la sangre: era quirúrgica y fresca. Mi padre murió en un accidente, sin tiempo para cirugías. La verdad llegó con un mensaje de texto brutal: "El corazón de tu padre fue donado. Consentimiento firmado por Mateo Vargas, familiar más cercano". Mateo, mi prometido de seis años, el hombre por quien lo dejé todo, había entregado el corazón de mi padre a Carmen, mi mejor amiga. «Carmen lo necesitaba», dijo él con descaro, «su corazón estaba fallando y lleva a mi hijo en su vientre. Necesitaba ese corazón para sobrevivir». Mi mundo se hizo pedazos: mi padre, mi prometido, mi amiga... todo era una mentira, y él pretendía que aceptara a su bastardo. Cuando cancelé la boda, su respuesta fue arrastrarme y arrojarme a la oscura y asfixiante bodega, la peor de mis pesadillas. Emergí, empapada y cojeando, solo para escucharlos burlarse de mí y su promesa de que "dependerá de mí y aprenderá". La humillación hirvió en mis venas, pero la impotencia de la justicia "normal" me asfixiaba. Un solo número brilló entonces en mi mente, uno que juré jamás volver a marcar. Javier, el Patriarca, el hombre al que había abandonado por Mateo, era mi única esperanza, aunque el precio fuera un juramento de boda que cambiaría mi destino para siempre. «Me casaré contigo», le respondí, mi voz firme, mientras la oscuridad de la habitación de mi padre sellaba el pacto.
Recuperando Mi Vida Robada

Recuperando Mi Vida Robada

Desperté después de cinco años en coma. Un milagro, dijeron los doctores. Lo último que recordaba era haber empujado a mi esposo, Diego, para quitarlo del camino de un camión que venía a toda velocidad. Lo salvé. Pero una semana después, en la oficina del Registro Civil, descubrí un acta de defunción expedida hacía dos años. Los nombres de mis padres estaban en ella. Y luego, la firma de Diego. Mi esposo, el hombre al que salvé, me había declarado muerta. El shock se convirtió en un vacío helado. Regresé a nuestra casa, solo para encontrar a Angélica Herrera, la mujer que causó el accidente, viviendo allí. Besó a Diego, con una naturalidad que dolía. Mi hijo, Emilio, la llamaba "mami". Mis padres, Alba y Genaro, la defendían, diciendo que ya era "parte de la familia". Querían que perdonara, que olvidara, que entendiera. Querían que compartiera a mi esposo, a mi hijo, mi vida, con la mujer que me lo había robado todo. Mi propio hijo, el niño que llevé en mi vientre y amé con toda mi alma, gritó: "¡Quiero que se vaya! ¡Lárgate! ¡Esa es mi mami!", señalando a Angélica. Yo era una extraña, un fantasma rondando su nueva y feliz vida. Mi despertar no fue un milagro; fue una molestia. Lo había perdido todo: mi esposo, mi hijo, mis padres, mi propia identidad. Pero entonces, una llamada desde Zúrich. Una nueva identidad. Una nueva vida. Catalina Garza estaba muerta. Y yo viviría solo para mí.
Venganza Cruel a mi Mujer

Venganza Cruel a mi Mujer

El aire en el despacho de mi padre, impregnado del aroma a café viejo y papel, me recordaba una vida dedicada a desenterrar verdades, esas mismas verdades que, ahora lo sé, lo llevaron a su muerte. Sentado en su silla gastada, no pude evitar ver la fotografía sobre su escritorio: "El Guardián Silencioso" , una figura prehispánica que él mismo había marcado como la causa de su fin. La policía lo llamó un robo fallido. Yo sabía que era Alejandro Vargas, el coleccionista de arte al que mi padre investigaba, el principal sospechoso de su asesinato. Laura, mi esposa, entró al despacho, su reflejo en la ventana más importante que mi dolor, y con voz vacía me anunció que Vargas me había invitado a la vista previa de su nueva colección. Al enterarme, la rabia me consumió, acusándola de cómplice, y ella, con un desprecio escalofriante, me advirtió: "Tu padre era un idiota entrometido que consiguió lo que se merecía. Y si no dejas esto en paz, lo próximo que le pasará a tu querida hermanita Sofía hará que lo de tu padre parezca un accidente de tráfico" . ¿Cómo pudo una mujer que juró amarme pronunciar tales palabras, cómo pudo mi familia desmoronarse tan rápido? Esa noche, arrastrado y humillado de la galería de Vargas, recibí la llamada que destrozó mi mundo: Sofía, mi hermana, muerta. No fue un accidente. Fue Laura. Entonces supe que no buscaría justicia, sino venganza.