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Libros de Urban romance para Mujeres

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La venganza más dulce del sustituto

La venganza más dulce del sustituto

Mi trabajo de diez millones de pesos al año como entrenadora personal interna para el multimillonario Alejandro Garza era exigente, pero increíblemente sencillo. Yo me encargaba de su salud, y él me pagaba una fortuna. Todo se fue al diablo en el momento en que su exnovia, Isabella, regresó a su vida. Me vio una sola vez y decidió que yo era su "sustituta", una imitación barata que él había contratado para llenar el vacío que ella dejó. Su misión se convirtió en hacerme pedazos. Me acusó de robo, intentó humillarme frente a sus amigos y montó una escena sangrienta, gritando que la había apuñalado. Alejandro, el hombre al que me pagaban por mantener sano, fue demasiado cobarde para detenerla, ofreciéndome más dinero solo para que fuera "discreta". Los delirios de Isabella se salieron de control hasta que terminó en una cama de hospital, exigiendo uno de mis riñones como compensación por su falsa herida. Yo era una profesional con un título del Tec de Monterrey, no una villana en su retorcida fantasía romántica. Mi carrera, mi reputación... todo estaba en juego. Renuncié. Pero ella me persiguió hasta las redes sociales. Publicó mentiras para arruinar mi reputación para siempre. Supe que ya no podía quedarme callada. Ella se creía la protagonista. Pero se olvidó de un pequeño detalle: yo tenía los recibos.
Sus bellas mentiras, mi mundo hecho pedazos

Sus bellas mentiras, mi mundo hecho pedazos

Durante cinco años, mi esposo Gabriel fue el hombre perfecto. Era un productor atento y tierno que vio la magia en mí, la compositora discreta que trabajaba tras bambalinas. Todos decían que la forma en que me miraba era pura adoración. Y yo les creí. Pero su amor no era para mí. Era un escudo para proteger su verdadero proyecto: mi hermana menor, la estrella pop Aria. Me estaba robando mis canciones y mi arte, regalándole mi alma para que ella pudiera brillar mientras yo permanecía en la sombra. La prueba final llegó en una fiesta para celebrar su último triunfo robado. Cuando Aria fingió una caída, el grito de mi esposo con su nombre resonó con un amor crudo y desesperado que yo nunca había escuchado en todo nuestro matrimonio. Era un amor reservado solo para ella. Luego se giró hacia mí, con los ojos gélidos, y siseó: —¿Qué le hiciste? En ese instante, la mujer que lo amaba murió. Mi mundo entero, construido sobre sus hermosas mentiras, se hizo añicos por completo. Yo no era su esposa; solo era la gallina de los huevos de oro, y mi corazón era simplemente un daño colateral. Así que cuando me preguntó qué quería para mi cumpleaños número treinta, le di una sonrisa pequeña y vacía. —Quiero salir en el yate. Solo nosotros dos. Para ver el amanecer. Él pensó que era una escapada romántica. No tenía ni idea de que era el escenario de mi desaparición y el comienzo de su ruina.
La amarga venganza de una esposa

La amarga venganza de una esposa

Mi esposo, Bernardo, y yo éramos la pareja de oro de la Ciudad de México. Pero nuestro matrimonio perfecto era una mentira, sin hijos por una rara condición genética que, según él, mataría a cualquier mujer que llevara a su bebé. Cuando su padre moribundo exigió un heredero, Bernardo propuso una solución: un vientre de alquiler. La mujer que eligió, Camila, era una versión más joven y vibrante de mí. De repente, Bernardo siempre estaba ocupado, apoyándola en "difíciles ciclos de fertilización in vitro". Se perdió mi cumpleaños. Olvidó nuestro aniversario. Traté de creerle, hasta que lo escuché en una fiesta. Les confesó a sus amigos que su amor por mí era una "conexión profunda", pero que con Camila era "fuego" y "euforia". Estaba planeando una boda secreta con ella en el Lago de Como, en la misma villa que me había prometido para nuestro aniversario. Le estaba dando una boda, una familia, una vida; todo lo que me negó a mí, usando una mentira sobre una condición genética mortal como excusa. La traición fue tan absoluta que se sintió como un golpe físico. Cuando llegó a casa esa noche, mintiendo sobre un viaje de negocios, sonreí y actué como la esposa amorosa. Él no sabía que yo lo había escuchado todo. No sabía que mientras él planeaba su nueva vida, yo ya estaba planeando mi escape. Y ciertamente no sabía que acababa de llamar a un servicio que se especializaba en una sola cosa: hacer desaparecer a la gente.
Tu Traición En Nuestro Gran Día

Tu Traición En Nuestro Gran Día

El sol brillaba con insolencia el día de mi boda, como si el universo conspirara para celebrar mi felicidad. Vestida de blanco, me excusé para tomar un respiro, un último momento como Sofía antes de convertirme en la Sra. de Ricardo. Pero en un rincón apartado del jardín, los encontré: Ricardo, mi prometido, besando apasionadamente a Camila, mi mejor amiga de la infancia. La imagen nítida de sus labios unidos me robó el aliento, tiñendo mi pureza nupcial con la humillante mancha de la traición. Ni siquiera se inmutaron, su sonrisa cínica sellando mi destino. Cuando los confronté, Ricardo lo llamó un "pequeño inconveniente", y Camila, con voz dulzona, lo justificó como un "impulso" por los nervios previos a la boda. ¿Un impulso? ¿Un error? El collar de diamantes con forma de mariposa, el primer regalo que Ricardo me hizo, brillaba en el cuello de Camila, revelando la premeditación de su engaño. "El traidor y la ladrona" , les espeté, el asco superando mi dolor. En el hospital, al borde de la muerte por su "olvido" de mis alergias, Ricardo aún la eligió a ella, llevándole rosas y croissants de almendra a Camila, para quien yo era solo un inconveniente logístico. Su "preocupación" por su cómplice era tan clara como su indiferencia hacia mi vida. Al final, supe que no había sido un error, sino un plan, una manipulación: Camila misma lo admitió, y me grabé. Con el video como mi arma, lo publiqué, haciendo añicos su reputación, mientras mis padres me daban la espalda por "destruir" su negocio. Ricardo, desesperado, me siguió a otro continente, escenificando una patética propuesta pública. Pero ya no era aquella Sofía ingenua. Denuncié su acoso a la policía, me despidí de mis crueles padres y de su amor condicional. Ahora, en una nueva tierra, libre de los restos de su traición, la única promesa que me importaba era amarme a mí misma.
Renacer de su fría traición

Renacer de su fría traición

El contrato matrimonial que fusionaría nuestros dos imperios corporativos estaba frente a mí. Se suponía que debía firmar y entregarle mi vida a Javier Robertson, el hombre que había amado desde que éramos niños. Pero mi amor se había consumido la noche en que cayó el candelabro. Cuando se vino abajo, mi prometido no me jaló para ponerme a salvo. Me empujó a un lado para proteger a mi prima, Casandra, con su propio cuerpo. La eligió a ella. Por instinto. Mi propia madre corrió a su lado, y más tarde me dijo que necesitaba ser más comprensiva. "Casandra siempre ha sido delicada, Elisa. Javier hizo lo correcto". Fue entonces cuando lo recordé todo. En mi vida pasada, morí sola en la fría habitación de un hospital por un cáncer que encontraron demasiado tarde. Javier estaba en un viaje romántico a Los Cabos con Casandra. Mi madre estaba en un almuerzo de caridad. Mi último pensamiento fue un arrepentimiento tan profundo que podría abrir un agujero en el universo. Había desperdiciado mi única y preciosa vida en personas que solo me veían como un escalón. Pero ahora, estaba de vuelta. La pluma en mi mano, el contrato sobre la mesa. Javier quería a Casandra. Mi madre la adoraba. Perfecto. Que se queden juntos. Con mano firme, tracé una sola línea limpia sobre mi nombre en el espacio para la firma y escribí uno nuevo: CASANDRA COLEMAN. Esta vez, viviría para mí.
Mi Venganza: De Ingeniero a Dueño

Mi Venganza: De Ingeniero a Dueño

El aire se cortaba con la anticipación. Hoy, mi esposa Sofía, la brillante cofundadora de "Innovación Financiera", finalmente me presentaría, Ricardo "El Ingeniero" Morales, no solo como el cerebro técnico, sino como su esposo oculto. Pero en el escenario, en su lugar, ella levantó la mano de Mateo Vega, el arrogante pero carismático pasante, la mano de otro. No una, sino dos veces, me humilló frente a toda la industria que yo mismo había ayudado a construir, llamándome solo un "cerebrito" y luego permitiendo que ese chico, ese pasante, me suplantara. Me vi forzado a tragar la amarga píldora de mi insignificancia. Aún peor, cuando confronté a Sofía, ella se puso de su lado, acusándome de celos y de intimidar "al futuro de la empresa". Me amenazó con arruinar mi carrera si persistía en mi "berrinche". ¿Cómo podía? ¿Cómo podía olvidar que yo hipotequé la casa de mis padres y vendí mi auto para financiar nuestro sueño? ¿Cómo podía ignorar que yo escribí cada línea de código, que yo creé cada patente? Mientras observaba a Sofía cenar con Mateo en "nuestro" restaurante, en "nuestra" mesa, la última ficha del dominó cayó. El silencio se posó en mi alma, era el momento. No más humillaciones. No más vivir en las sombras. Era hora de que mi trabajo y mi valía fueran reconocidos. Al día siguiente, con una calma que venía de lo más profundo de mi ser, le di a Sofía los papeles del divorcio y le confesé mi secreto: soy el propietario legal de todas las patentes de la empresa. Mi camino hacia la libertad, por fin, había comenzado.
El hombre que abandonó su amor

El hombre que abandonó su amor

Durante diez años, creí que César Estrada era mi salvador. Él me sacó de mi pequeño pueblo en Jalisco y me trajo al deslumbrante caos de la Ciudad de México, donde me convertí en su devota prometida y en una exitosa modelo de manos. Entonces, una manicura sorpresa que César reservó en el salón de su exnovia, Carina, me destrozó las manos, arruinando mi carrera a solo unos días de firmar un contrato millonario. Cuando mi agente amenazó con demandar a Carina, la furia de César explotó. Me acusó de querer arruinarle el negocio a ella. Días después, me llevó en coche a lo más profundo del Desierto de los Leones, me sacó a rastras del auto, tiró mi bolso al suelo y se fue, dejándome abandonada, embarazada y sin señal en el celular. Después de dos días de pánico y deshidratación absoluta, volví a casa solo para encontrar a César riendo a carcajadas con sus amigos, presumiendo cómo me había abandonado, llamándome "un comodín" y burlándose de mi carrera. Ahí reveló su verdadera y monstruosa naturaleza. No podía entender cómo el hombre que amaba, el padre de mi hijo, podía verme como un objeto desechable, sobre todo después de que mi propia familia me hubiera dado la espalda, dejándome completamente sola y sin un lugar a donde ir. Sin nada que perder, tomé una decisión: cortaría todos los lazos con César, empezando por el bebé, y recuperaría mi vida, sin importar el costo.
Creía que eras gigoló

Creía que eras gigoló

La voz de Marco, mi prometido de siete años, era tranquila, casi serena, mientras me soltaba la bomba: su jefa, Isabella, ¡estaba esperando un hijo suyo! Pero el verdadero golpe llegó cuando, con la lógica más retorcida que jamás había escuchado, me dijo que me despidió de mi trabajo "por mi bien" y que "cuando la tipa se aburra de él", podríamos casarnos. El mundo se me vino encima cuando Isabella apareció de la nada en nuestro pequeño apartamento, riéndose y llamándome "empleaducha de cuarta", exigiéndole a Marco que me echara de inmediato como si mi hogar fuera suyo. La humillación no terminó ahí; Marco, el hombre al que amé, me empujó violentamente, haciéndome caer y golpearme la cabeza, mientras Isabella vomitaba a mi lado y me acusaba de querer dañar a su bebé. Con el corazón roto y el alma pisoteada, huí a Cancún, nuestro paraíso soñado, solo para encontrarlos a ellos, Marco e Isabella, disfrutando de "su" escapada romántica, y para que Marco me amenazara y me arrastrara por la arena. Cansada de ser la víctima, me emborraché en el bar, y en un acto de desesperación, le ofrecí dinero a un extraño para que fingiera ser mi pareja y Marco lo viera. "¿Cuánto cobras por una noche?", le susurré, sin saber que el destino, en su cruel ironía, me había puesto frente a Matías, mi amigo de la infancia y heredero del conglomerado que acaba de adquirir la empresa de Isabella. Ahora, de vuelta en esa sala de juntas donde fui humillada, con Isabella acusándome de seducir a Marco y Marco suplicándome que me disculpara, respiré hondo. No más. Mi silencio y sumisión habían terminado. Era hora de que supieran quién soy realmente, y quién era yo todo este tiempo.
La Traición de Mis amados

La Traición de Mis amados

Hoy era el día de mi boda, el día más feliz de mi vida, o al menos eso creía. Mi teléfono vibró y la voz de mi prometido, Ricardo, al otro lado de la línea, heló mi corazón. "No voy a ir, Sofía. Se acabó. Estoy con alguien a quien realmente amo, alguien que no es una diseñadora fracasada como tú." Y entonces, escuché su voz. "Ricardo, mi amor, cuelga ya, tenemos cosas más importantes que hacer." Era Valeria, mi propia hermana. El mundo se derrumbó a mis pies, y después, la oscuridad. Desperté en un hospital, el dolor en mi cabeza y en mi alma era insoportable. Laura, mi dama de honor, me mostró la pantalla de su teléfono. Ricardo y Valeria, besándose apasionadamente en Instagram, rumbo a París. "Empezando la verdadera aventura con el amor de mi vida, mi Valeria. Te compré el taller de tus sueños." Y la foto de mi sueño, el local de mi taller, con un letrero de "Vendido". Corrí al baño, vaciando mi estómago mientras la humillación me consumía. Ricardo nunca me amó. Fui solo un escalón para él. Mi hermana, mi cómplice. La verdad me golpeó con la fuerza de un rayo cuando el médico confirmó la pérdida de mi bebé. No lloré. Ya no quedaban lágrimas. Regresé al departamento para recoger mis cosas, encontrando a Valeria ya instalada, riéndose de mí mientras Ricardo la arropaba con mi bata. Mis diseños. Ricardo se negó. "Valeria los va a usar, ella sí sabrá cómo sacarles provecho." La rabia me cegó, pero él me empujó, me encerró en el armario, en mi peor pesadilla, mientras se entregaban al placer al otro lado de la puerta. "Te arrepentirás de esto, Sofía." Sus palabras resonaron. Pero al día siguiente, cuando Ricardo abrió la puerta, ya no encontró a la Sofía rota y sumisa. Una fría determinación nació en mí. Le tendí los papeles del divorcio, disfrazados de seguro. Él firmó, ajeno a mi jugada. Mientras Ricardo celebraba el triunfo de Valeria en televisión, mostrando mi vestido como suyo, supe que era el momento. "Gracias por la lección", escribí en la nota que dejó en su cama, junto al informe de mi aborto. Con Laura, me escapé por una puerta trasera. El aeropuerto me esperaba. Adiós, Ricardo. El juego acaba de empezar.
Vendida por Amor Roto

Vendida por Amor Roto

La luz cegadora me despertó de golpe, sintiendo el frío mármol bajo mis pies descalzos y un aire pesado cargado de susurros masculinos. Mi mente era una niebla hasta que lo vi: Alejandro, mi prometido, sentado en primera fila con una mirada fría, y a su lado, mi prima Isabella, sonriendo con dulzura venenosa. De repente, un hombre frente a mí anunció una subasta, y el martillo golpeó la madera: yo era la mercancía, y Alejandro me vendía sin inmutarse. Intenté gritar su nombre, pero mi voz se perdió mientras las ofertas volaban como buitres, sellando mi destino. Luego, todo se volvió oscuridad, frío y hambre, encerrada en un sótano donde los hombres me trataban como un objeto, perdiendo allí lo más preciado de mi vida: a nuestro hijo. La verdad me golpeó con la voz de un doctor: "Señor Alejandro, la pérdida fue completa. La chica sobrevivirá". La cruel ironía me trajo de vuelta a la mansión de mis padres biológicos, quienes me entregaron a Alejandro y ahora me recibían como una mascota indeseada. Pero la humillación no terminó ahí, Isabella, la traidora, apareció vestida como una novia, aferrada a su brazo, para destrozarme con una sonrisa: "Sofía, qué oportuna. Justo a tiempo para conocer a mi esposa". Mi mundo se desmoronó al ver la barriga de Isabella, anunciando el hijo que gestaba con el hombre que me quitó todo, el que me arrebató la posibilidad de ser madre. Reaccioné, y la respuesta fue brutal: Alejandro me empujó, me golpeó, me humilló, recordándome que yo era solo "su posesión". Caí de rodillas, el alma rota, mi pequeña chispa de esperanza consumida en la oscuridad de ese sótano. Pero las palabras de Isabella, el veneno puro que salió de su boca confesando que me había manipulado con mentiras y que ella había ordenado todo, incluyendo la paliza que me hizo perder a mi bebé, encendieron una furia volcánica dentro de mí. Una furia que se transformaría en el motor de mi venganza, una fuerza implacable que me guiaría más allá del dolor y la desesperación.
Adiós, Pasado Roto y Falso

Adiós, Pasado Roto y Falso

Ricardo "Rico" Mendoza, heredero del imperio culinario, creía que su novia Sofía era el ingrediente secreto de su vida. Le había perdonado incontables veces sus ausencias por "juntas de negocios" o "oportunidades de modelaje" en Cancún. Pero esa noche, el perdón se agotó cuando los descubrió. A ella, con mi primo Miguel, en mi propia casa, en la biblioteca de mi abuelo. No solo estaban juntos, sino que planeaban cómo despojarme de mis restaurantes como si ya fueran suyos. "Rico es demasiado sentimental" , dijo Miguel, sirviéndose de mi tequila, "Necesitamos vender la sucursal de Polanco para tu línea de moda, Sofí" . "Él nunca lo aceptará" , respondió ella, con fastidio, "Sigue apegado a esas recetas viejas de su abuela" . Cuando entré, el silencio fue total, pero Sofía rápidamente se recompuso, intentando abrazarme. "Mi amor, qué bueno que llegas, Miguel y yo estábamos…" , dijo. "Sé exactamente lo que estaban haciendo" , la interrumpí, mi voz helada. "Estaban repartiéndose mi vida" . Luego, en un intento desesperado, Sofía lanzó su última y más cruel jugada: "¿Y qué pasará con nuestro bebé?" . Miré su vientre plano, y un mareo me invadió. La manipulación era descarada. En ese instante de distracción, Miguel se movió y sentí una presión fría y aguda. Uno de mis cuchillos de chef sobresalía de mi costado. Sofía gritó, pero no había horror, solo molestia. Caí de rodillas. Mientras la sangre formaba un charco, los miré. No había amor ni preocupación, solo la inconveniencia de mi cuerpo sangrando en su camino. La traición me ahogaba, pero una decisión floreció, clara y afilada como el cuchillo en mi costado. Se acabó. Esta vez, para siempre.
Su Hombre, Su Mejor Amigo

Su Hombre, Su Mejor Amigo

Estaba sentada en el restaurante más caro de la ciudad, esperando a Damián, mi prometido, para celebrar el rotundo éxito de su empresa. La habíamos construido juntos durante cinco años. Nunca llegó. En su lugar, me encontré con una historia de Instagram de mi mejor amiga, Karen. En ella, Damián estaba desmayado en su sofá, sin camisa, mientras ella se cubría la boca en un gesto juguetón. El texto decía: "¡Trabaja tan duro! Tenía que asegurarme de que mi CEO favorito llegara a salvo a casa". El hombre con el que se suponía que me iba a casar estaba con mi mejor amiga, otra vez. Cuando finalmente llegó a casa, tropezando, me dio un asistente de hogar inteligente barato, el modelo básico que Karen acababa de tirar a la basura. A la mañana siguiente, Karen estaba en su coche, presumiendo la versión de lujo. Cuando le dije que se bajara, sonrió con burla. —Oblígame. La rabia estalló. La agarré del brazo y ella chilló, lanzándose fuera del coche. Damián corrió hacia ella, me empujó a un lado y la acunó, mirándome con furia. —Tienes problemas serios, atacando a tu propia amiga. Se fue a toda velocidad. La llanta trasera de su auto me alcanzó la pierna, fracturándome el peroné. En el departamento, Karen estaba recostada, comiendo los duraznos que Damián le había pelado, los mismos duraznos que él siempre había estado demasiado ocupado para conseguirme a mí. Entonces vi el relicario de mi abuela, su último regalo, en el collar del perro de Karen, cubierto de marcas de dientes. Damián solo se quedó ahí, mirándome con desaprobación. —¿Tú también lo ves así? —le pregunté. No dijo nada. Apreté el relicario arruinado, me di la vuelta en la silla de ruedas y me fui sin mirar atrás.