Rodrigo descubrió algo sorprendente, lo que siempre había soñado y que nunca creyó que existiese. Era ya casi de noche, cuando se asomó a la ventana que daba a la calle y, sin tiempo a pensar siquiera, miró a la mujer más bella del mundo. Aquel ser maravilloso poseía un cuerpo perfecto, que parecía sacado de algún cuento de fantasía divina. Era casi irreal a no ser porque estaba allí, presa fácil de su glotona mirada. Rodrigo acarició con su mirada a ese monumento, a la belleza que se movía con gracia, haciendo unos ademanes transfundidos de coquetería, mientras emitía una suave voz que llegaba presurosa a sus oídos. Fue testigo fiel de aquel episodio colmado de amor, la noche de encantos que había descubierto en una primera mirada, a la armonía del amor que nace, al renacer de la esperanza, a la maravilla de sentirse vivo. El frío abrazó a Rodrigo, quien se durmió de inmediato colmado de la satisfacción que a él llegaba y que tenía cuerpo de mujer. Algo similar le sucedía a Zoraida, ella irremediablemente también se sentía atraída por aquel joven elegante y bien parecido, amén de preparado profesionalmente. Se trastornaba hasta con el pensamiento, ya que bien sabía que no era amor lo que sentía. Le gustaba mucho y, a no ser por un importante detalle, se diría que estaba enamorada de él. Era un detalle sagrado, era un detalle dantesco para Rodrigo y hasta ese momento también para ella; su corazón, su alma y su amor pertenecían a Roberto, a su novio; al hombre a quien amaba con el amor inocente de sus dieciocho años. Con un amor divino, delicioso y perseverante que producía el encanto de mirar hacia el futuro, donde una familia prometía el calor de un hogar en brazos del matrimonio. Rodrigo sabía que ese amor no era suyo, decidió abandonarlo todo. No sería capaz de tomar nada que no fuese suyo. Sentía que ese amor que creyó tener enteramente para él, no era suyo. Era hora de decidir, por lo que, arropado en un gran sacrificio de amor, dos días después de aquella plática consigo mismo, sin despedirse, se marchó de Buenaventura para nunca más volver. Un gran amor merece ese tipo de sacrificio, el sacrificio del amor. Después de aquel sacrificio, el amor le jugó una jugarreta a Rodrigo, tal vez por no haber sido capaz de luchar por él. El sentimiento más noble de todos le jugó una broma macabra. Lo atrapó en las redes del tiempo eterno en una especie de máquina de viaje hacia el pasado. En ella, lo envió a tres épocas distintas, donde el amor era sentido de formas inimaginables, para que de esa forma tan peculiar, contemplara en primera fila, como se entrega hasta la vida misma por el amor de una mujer.
El día había llegado demasiado pronto. Era esperado con una sensación desconocida en la vida de un ser, tan mortal como sensible y apartado de algún gesto de desaire, de la mezquindad de pensar en alguna arrogancia, en algún asomo de egoísmo. Era esperado ese día, además de la esperanza prendida en el futuro que se visualizaba triunfante, con el gran sabor laboral de un compromiso que recién había adquirido. Era la gran responsabilidad de trabajo recóndito, el responsable de aquel apartado momento, el que decididamente llegaba sin decir nada.
Aquella tarde, en la empinada geografía de Buenaventura, se presentaba aquel presente soñado, tomado de las manos de un sol que, con crecida timidez, calentaba débilmente y susurraba su calor con galantería como, para en vez de cumplir la misión establecida, querer acariciar a quienes se presentaban en su dominio. Era la tarde que prometía el futuro, ese que llegaba en un sonoro vehículo que, lo más lento posible, había robado eternas horas de un tiempo delicado para propiciar una llegada que había sido planificada desde hacía ya varios días.
Rodrigo, detenido ya el rudimentario transporte, respiró profundamente y, cerrando fuertemente los ojos, permaneció estático por largo rato, atrapado en las tinieblas que se procuraba; cómo queriendo reconocer el tiempo aún no llegado, el cual quería, por sobre todas las cosas, que fuera colmado de muchos éxitos. Rodrigo había llegado a aquella parte de la serranía, para ejercer una profesión que recién estrenaba. Las demás personas descendían de la unidad con extrema lentitud, todos estaban agotados por el extenuante viaje realizado desde la capital del Estado. A sus ojos llegaba una plaza muy amplia, colmada de muchas personas que, en todas direcciones, caminaban callados. Al mismo momento de la llegada de aquella maltrecha unidad del transporte público, lo hacía otra, pero mucho más moderna; desde la capital de otro Estado, donde hacían vida comercial muchas personas de aquel poblado. De este, bajaban los pasajeros con suma rapidez. Mientras lo hacían, Rodrigo pudo notar que la felicidad y la complacencia se reflejaban en sus rostros, contrario a los rostros de sus compañeros de travesía y también el suyo, los cuales expresaban el desgano de lo incómodo, un gesto que en ese momento no sabría explicar. Solo miraba a aquel pueblo que, desde ese día, representaría su hogar por un tiempo aún no determinado, tal vez brevemente, posiblemente para toda la vida.
Cuando hubo tocado por vez primera aquel suelo de grandezas, sintió la fría brisa que a esa hora transportaba el desnudar de un tiempo refrescante, que se disponía de un clima delicioso. Dejó que la brisa bañara todo su cuerpo, como sagrada bienvenida llegada desde la gloria, para palpar sutilmente ese inolvidable momento de su llegada a la tierra que vio nacer a su padre y a muchos de sus antepasados y que desde niño, siempre soñó con conocer. Las personas caminaban a su lado, como lo harían al caminar al lado de cualquiera, nadie se percataba de que un extraño se agregaba a esa comunidad, ya que cada cual, pendiente de lo suyo, era precisamente de eso de lo que se preocupaba.
Inmediatamente frente a sí, estaba un lindo templo, una iglesia que cargaba todos los años del mundo, misma que era dueña de una extraordinaria historia y también de una estructura majestuosa. Había escuchado hablar de esa iglesia en muchas ocasiones, también había leído de ella en los diarios, de una restauración cuestionada que le hubo secuestrado el encanto de lo antiguo, para darle paso forzado, a un modernismo sin razón alguna. La iglesia llevaba el nombre que también poseía un tío suyo, Juan Bautista. Al poco rato, caía la noche trayendo con ella, una densa neblina propia de los primeros meses del año. Rodrigo, tomando su pesado equipaje, dirigió sus pasos hacia un sitio que no conocía. Le costó mucho dar con la dirección, así que se trasladó hacia el centro asistencial que desde el día siguiente habría de acogerlo por un tiempo indeterminado, dándose a conocer. Se presentó como el nuevo profesional que ocuparía aquel cargo asistencial, que llevaba algunas semanas sin ocupante alguno. Alguien le acompañó hasta el destino procurado. Por fin había llegado a aquella residencia antiquísima. Se trataba de una modestia casona, vetusta, pero que guardaba una arquitectura que, a pesar de lo añoso y rudimentaria, no dejaba de ser exquisita. Estaba desde ese momento, frente a lo que desde ese día habría de ser su habitual residencia. Esa noche descansó, más no pudo dormir, era presa de inmensos sobresaltos, ya que lo novedoso le exasperaba e incomodaba como siempre. El sueño se hizo presente bien entrada la madrugada, prácticamente, cuando ya faltaba poco para el alba.
Bien de mañana, se dirigió al pequeño centro asistencial que sería el lugar de sus sueños profesionales, donde con gran acierto comenzaría resolviendo las apremiantes situaciones relacionadas con los problemas de salud, mayormente en los más necesitados. Cada vez estaba más enamorado de su profesión, si, era amor lo que sentía al ejercer su carrera. Ya antes había hecho algunos trabajos ocasionales, suplencias de pocos meses de duración; pero que había bastado para redescubrir que para ello había nacido. Amaba su trabajo, sentía que al hacerlo, no trabajaba sino que se divertía. El lugar era una edificación de una sola planta, distribuido de tal manera, que cada cosa permanecía en su debido lugar. En cada rincón de ese sitio existía una gran caga de hermandad y altruismo. Del mismo modo, en cada parte de su cuerpo existía un aire de dedicación, un destello de vocación victoriosa, unas ganas pujantes de querer ayudar a quien necesitara de una atención oportuna y desinteresada y el orgullo desmedido de llevar a cuesta una bata blanca. Era ese el mundo donde sabía que iba a ser feliz, el lugar que realmente lo iba a ser feliz. Llegaba a aquel sitio que albergaría lo que adoraría por siempre, a saber, su trabajo, sus pacientes; los mecanismos utilizados para salvar vidas. Existía también el teléfono, desde donde, de vez en cuando, llamaría para estar en contacto con su familia.
El tiempo transcurría de esa manera tan importante para él sin que nada ni nadie perturbara su existencia. En cuanto a sus diversiones, no exigía mucho de la vida, leía los pocos periódicos que lograba adquirir, ya que tan pronto aparecían en el único puesto de ventas de aquel entonces, se agotaban de inmediato. En cuanto a lo que a su debilidad se refería, a las mujeres; desde que hubo llegado había despertado el entusiasmo en varias de ellas, e inmediatamente comenzó a hacer amistad con algunas. También disfrutó de fugaces romances, y una que otra relación pasada de tono. No se comprometía sentimentalmente aún, no nacía un sentimiento amoroso perfecto que decidiera engalanar la vida de aquel joven que no se dejaba envolver por ese entonces, por la delicada fragancia del amor.
Una tarde descubrió algo sorprendente, lo que siempre había soñado y que nunca creyó que existiese. Era ya casi de noche, cuando se asomó a la ventana que daba a la calle y, sin tiempo a pensar siquiera, miró a la mujer más bella del mundo. Aquel ser maravilloso poseía un cuerpo perfecto, que parecía sacado de algún cuento de fantasía divina. Era casi irreal a no ser porque estaba allí, presa fácil de su glotona mirada. Ella, de espaldas a él, conversaba plácidamente con alguien que desde su ubicación no se lograba distinguir, pero por las voces que llegaban, se trataba de otra dama. Aquella ensoñación estaba de pie. Su vestimenta consistía en una falda de satén cortísima, una blusa sedosa sencilla y unas babuchas de pana que le entretenían los pies. Bajo aquel manto, el precioso cuerpo era contenido, pero no ocultado. Su hermosura no tenía igual a los ojos de aquel muchacho que, a pesar de su corta edad, de belleza femenina sabía demasiado.
Rodrigo acarició con su mirada a ese monumento, a la belleza que se movía con gracia, haciendo unos ademanes transfundidos de coquetería mientras emitía una suave voz que llegaba presurosa a sus oídos. Cuando el perfecto cuerpo de aquella señorita se ubicó de frente, lo que el joven llegó a observar lo dejó sin respiración, lo transportó a un mundo irreal, le hizo ver a la belleza extrema representada en aquel ser angelical que le había robado la ternura a un lucero y la inspiración a la luna. Cómo era linda aquella mujer que Rodrigo miró aquella noche, la misma que le hubo propiciado el deseo de mirarla por siempre. Ella, sin proponérselo, descubrió a su vez a un joven que, asomado a una ventana, respiraba el aire de la recién llegada noche y, contemplándolo con curiosidad por ser la primera vez que le miraba, sintió un leve agrado por él. Le miró largamente y, sin ocultar lo sentido, dejó que su mirada se posesionara del rostro candoroso de aquel hombre que le hubo inquietado. Repentinamente, no sabiendo a ciencia cierta el porqué de esa reacción, dejó de mirarlo bruscamente para refugiarse en el interior de la casa.
Fue testigo fiel de aquel episodio colmado de amor, la noche de encantos que había descubierto en una primera mirada, a la armonía del amor que nace, al renacer de la esperanza, a la maravilla de sentirse vivo. El frío abrazó a Rodrigo, quien se durmió de inmediato colmado de la satisfacción que a él llegaba y que tenía cuerpo de mujer. Desde ese entonces, salvo los días que tenía que permanecer en el Centro de Salud, dedicaba largas horas a mirar el cielo nocturno de Buenaventura, como un pretexto huidizo para contemplar a la mujer que le robaba el amor. Si, se había enamorado de una visión, de la presencia sublime que era en extremo, bella. Nació de ese modo en el corazón de Rodrigo, el amor, para permanecer allí por el resto de su vida. A su edad, pensaba que para que llegase el amor deberían suceder demasiadas cosas antes, pero en realidad eso no se espera, el amor llega en el momento que cree más oportuno y el que es glorificado por siempre.
Zoraida también procuraba, día a día, encontrase con aquella mirada prófuga de la noche, aquella mirada que la envolvía dulcemente entre halagos callados, y que, dueña de una intensa timidez hasta entonces descubierta, se disolvía en la extensa y fría noche serrana, sin materializarse en alguna conversación trivial, sin significar algo más que solo miradas. Nunca pensó Rodrigo que el amor llegaría así, sin aviso alguno. Jamás se imaginó que sería sorprendido por una deidad que hubo llegado a él una noche que pasaría a la historia a través de una mirada que se había transformado en una mirada de amor. Zoraida, irremediablemente se sentía atraída por aquel joven elegante y bien parecido, amén de preparado profesionalmente. Se trastornaba hasta con el pensamiento, ya que bien sabía que no era amor lo que sentía.
Estaba segura aquella bella joven, de que se trataba solo de una intensa atracción por un cuerpo, de que era una sensación no experimentada anteriormente, ya que, por supuesto, no había un antes. No existía en su cuerpo huella alguna, lo lucía en una virginidad que llevaba tanto en el cuerpo como hasta entonces, en el alma. Se trataba de una sensación nunca antes experimentada lo que estaba sintiendo. Y lo más incomprensible, era que aquello que sentía, le gustaba demasiado. Le enloquecía todo aquello. La desquiciaba, le atraía grandemente el físico de aquel varón. Le gustaba mucho y, a no ser por un importante detalle, se diría que estaba enamorada de él. Era un detalle sagrado, era un detalle dantesco para Rodrigo y hasta ese momento también para ella; su corazón, su alma y su amor pertenecían a Roberto, a su novio; al hombre a quien amaba con el amor inocente de sus dieciocho años. Con un amor divino, delicioso y perseverante que producía el encanto de mirar hacia el futuro, donde una familia prometía el calor de un hogar en brazos del matrimonio.
Si, Zoraida tenía novio, era su novio de toda la vida a quien amaba, pero se sentía físicamente atraída por Rodrigo. El novio de Zoraida trabajaba en una gran ciudad. Cada quince días, viajaba a su tierra natal, donde vivía su familia y donde habitaba, además, el gran amor de su vida. Se conocían desde que eran niños. Desde la más tierna infancia habían compartido tanto ellos como sus padres. Habían sido vecinos y grandes amigos desde siempre. Él tenía dos años más que ella. Se habían enamorado en los relucientes momentos colegiales y continuaban de esa forma, enamorados eternamente. Pero para Zoraida, aquella embriagante noche de rocío y de encantos fascinantes, había dejado colar la duda, el complicado pasaje de su vida, el sentimiento que se debatía entre el amor puro e inocente, y la gran atracción física hacia un hombre que le gustaba demasiado.
Quiso como castigo hacia lo que a todas luces se vislumbraba inevitable, flagelar su cuerpo atrevido; pero la brutalidad de ese pensamiento no coincidió con su raciocinio. Sintió rabia hacia sí misma, pues no debería haber dudado del amor sagrado, ya que no en vano era este sentido en su alma y en su corazón. ¿Dónde quedaba el misterioso culto hacia el respeto, la consideración y la fidelidad que habían nacido en ella como fertilizantes de la verdad que cultivaba al amor que a sus vidas habían llegado? Era amor lo que sentía, nunca habría de dudarlo. Pero ¿qué pasaba ahora en su ya atormentada vida? ¿Qué tormento se había anidado ya en ella? No podía dejar de pensar en aquel joven de ojos de intenso negror, de cara angelical y de delicado aroma natural, que a su vista había llegaba noche a noche y que le llamaba poderosamente la atención.
¿Sería acaso una jugada cruel de la vida?, lo cierto era que, salvo las noches de guardia o de viajes, ella salía sin decidida y sin importarle nada ni nadie, a esperar las miradas cautivas de Rodrigo, que la transportaban a la gloria de lo prohibido. Le gustaba mucho, sentía que, si no le mirase allí en esa ventana ya adorada por ella, desfallecería de inmensa pena; pero amaba a su novio, lo que se trasformaba en un inmenso dilema, monstruoso por demás, que le carcomía la tranquilidad hasta ese entonces bien llevada, lo que le inquietaba la poca calma que le quedaba. Vacilaba su vida entre dos determinaciones, el amor y el gran deseo de vivir, de sentir. En las noches de eternas penumbras, el sueño abandonaba a Carolina y, su amigo secreto, el insomnio, le atrapaba en sus redes y le hacía dar vueltas y más vueltas en su cama, hasta desesperar y llorar por la situación inusual que le entonces le planteaba la vida. Le era difícil perder la fe en sí misma, dudar de lo sentido, dejar de pensar en aquel hombre que la trastornaba y a la vez, en su novio.
Rodrigo también estaba siendo tocado por el amor, hasta lo más profundo de todo su ser. Se había enamorado de aquella bella doncella, desde el primer instante cuando la vio. Justo el día cuando quiso irrumpir en la escena donde ella actuaba como la más perfecta diva de la vida, prefirió no hacerse sentir. Era que una especie de presentimiento, de corazonada, lo pedía a gritos silencio, le gritaba incesante, que se hiciera a un lado. No se explicaba lo que estaba sintiendo, por eso aquel temor tan intenso de mirar a través de la ventana. Por un momento, se debatió entre el deseo y la duda. Cuando su rostro apenas se asomaba a la ventana, miró algo que le causó un intenso dolor. Un impresionante dolor, como nunca antes lo había sentido. Miró a su gran amor en brazos de otro, entregados en un beso que prometía ser infinito y que le borró de un solo zarpazo, el brillo naciente de su mirada.
Ella, al notar su presencia, se apartó del lado de su novio con un movimiento inteligente y, sin mediar explicación alguna, corrió hasta el interior de la casa, como quien ha cometido un pecado. Sentía la bella dama, que le debía una gota de fidelidad a aquello que sentía por Rodrigo y eso acrecentaba aún más su conflicto interno. Roberto se quedó con la sorpresa enmarcada en su incrédulo rostro, pero que, sin salida, no pudo más que abandonar la estancia, tratando de encontrar en el frío de la noche, una respuesta al porqué de aquella reacción. Zoraida sintió algo que la hizo colmar de un nerviosismo ingrato. Nunca había experimentado algo así. Era el poder extraordinario de la atracción hacia Rodrigo, lo que le impedía ahora, sentir el amor hacia su novio.
Transcurrieron largos los meses, tiempo en el cual, la duda en Zoraida fue creciendo, como el deseo hacia aquel hombre. Día a día, ellos se miraban sin cesar y también, día a día, se acrecentaba la distancia entre la muchacha y Roberto, su novio. Hasta que ella, decidida, rompió con un compromiso que parecía inmortal. La pasión y el deseo la habían apartado sin miramientos del amor puro. Zoraida escuchó más a su cuerpo que a su alma y corazón y, sin poder resistir un día más aquella gran irresistible pasión, una noche iluminada, propició un encuentro deseado, alegando un falso malestar, en el cual se enfrentaría a los gritos de sus miradas, al silencio desmedido de aquellas voces que aunque se habían quedado en silencio, lo decían todo. Aquella noche, se dirían suavemente lo que sentían con tanta intensidad.
Rodrigo inició la emblemática conversación excusándose por su desmedida timidez y por su largo silencio, aunque ambos sabían que sus silencios habían hablado desde siempre. Ella no ocultaba su regocijo y el gran deseo de ser besada por aquel galán que le había robado sus pensamientos desde un primer instante. Un beso planificado irrumpió en aquellas bocas que ardían de deseo. El amor prohibido hacía eco en la vida de Zoraida. Aquel inmenso instante, la confusión se apoderó de los sentidos de la joven. Ese momento vio florecer a una relación equivocada. Zoraida no amaba sino a Roberto. Le gustaba Rodrigo y era esa fatal atracción, la que la colocaba al borde de un abismo sin igual. Roberto sufría intensamente y en el alcohol, quería erróneamente, tratar de ahogar ese sufrimiento, sucedía entonces todo lo contrario; este crecía hasta la locura.
La indecisión demacraba el rostro de Zoraida, quien deseaba ser besada y tocada por Rodrigo. El placer se iniciaba en su cuerpo y le hacía sentir el deseo irrefrenable de sentirse viva, de sentirse mujer. Las caricias se escapaban, llegaban a la cima de un cielo cubierto hasta ese día, de pudor. No parecía haber límites a las inquietantes ganas de sentir. Pero había algo que no terminaba de expresarse, era la fuerza del amor, del sentimiento que sentía Zoraida desde niña por aquel muchacho íntegro y trabajador que la amaba como a nadie había amado. Ese amor se interponía entre el placer y la razón y producían en ella, una inagotable fuente de angustia, de no saber que depararía el mañana, cuando lo sentido fugazmente se elevara como un ave migratoria. Ella sabía que eso podría ocurrir, pero hasta ese momento, eso le había importado.
Confundida, Zoraida pensó en Roberto y sintió algo verdaderamente inesperado, sintió pena por sí misma. Pero a la par de eso tan novedoso que comenzó a sentir, deseaba estar en brazos de Rodrigo, como desea un poema de amor ser escuchado por quien está verdaderamente empapado del embrujo del amor. Pensó Zoraida en ese sentimiento puro, en las promesas y en el futuro y se sintió triste, una tristeza que desembocó en un amargo llanto. Zoraida decidió enfrentar el camino incierto y, de manos de la ilusión que se asemejaba al amor, quiso entregarse a aquel hombre que la hacía delirar, que le gustaba hasta perderse en el fango de la locura. Se lo hizo saber y él, no sabiendo qué hacer en ese instante y cautivado por el gran amor que sentía, le prometió un momento inolvidables, para que esa entrega se materializara. Le pusieron fecha y sitio, solo esperarían que el momento llegara.
En el silencio de su habitación, Zoraida se debatía entre su amor y el deseo, pero sentía que este último le ganaba a sus fuerzas, a su raciocinio, a su justo proceder; sucumbiendo de este modo lastimosamente, el amor puro. Pensaba en Roberto, pensaba en ella y una inocultable intranquilidad la desvelaba. Sentía el amor bonito hacia su novio, pero resultaba tan grande el deseo y la atracción, que su decisión era fiel a sus ganas de amar físicamente, sin importar lo sentido. Se entregaría a Rodrigo, no le importaba el resto de lo que podría ocurrirle en la vida. Sintió Rodrigo aquel aire de duda que envolvía a su amada y, hurgando entre la verdad, sus pasos se dirigieron en su búsqueda. Sabía que Roberto se emborrachaba todos los días, gracias a la pena honda de padecer un desamor. Rodrigo quiso buscar en él la verdad, su verdad, la verdad del amor o del desengaño.
La ilusión perfecta que había mantenido Roberto de formar una familia, al lado de la mujer que amaba con desesperado ahínco, se esfumaba como lo hace el blanco humo de un cigarrillo en la inmensidad de la noche. Desesperado, estaba dejando su presente en nombre de su pasado, no sabiendo acaso; que con ello destruiría con mucha certeza, a su futuro. Lo cierto era que, entre copa y copa, acompañado de cualquier compañero oportunista, trataba de desaparecer en la embriaguez; la amarga realidad que le estaba tocando vivir. El amor era sentido en aquel ser, con toda la capacidad que se puede imaginar. No comprendía, cómo se podía terminar un amor tan real como el que siempre habían sentido él y Zoraida, de una manera tan aberrante, tan dura, que hacía de él; el hombre más desgraciado que existía en ese momento.
Roberto, bajo los efectos de un licor transparente y barato, le contaba a su compañero, todo lo que noche tras noche le contaba a quien no conocía ni le interesaba conocer, solo necesitaba exprimir su alma destrozada y verter al horizonte perverso de la vida, esa ponzoña que le estaba carcomiendo su existencia. Le contaba el tormento perpetuo que estaba viviendo desde el momento cuando su gran amor decidió terminar, lo que era para él la vida misma. Pero había algo que le producía aún más dolor. Esa aquello tan inexplicable que hubo sentido aquella detestable noche, cuando Zoraida decidió terminar con un bonito sueño. En ese triste momento, miró en ella al amor. Sabía que ella aún lo amaba, estaba seguro de que algo extraño sucedía con ella; pero que aún sentía amor por él. Estaba completamente convencido de que lo amaba como siempre se lo había dicho, incluso ese mismo día, cuando feneció aquel noviazgo.
Sabía que ella continuaba amándolo, porque un amor como aquel, en víspera de un gran futuro con galas de matrimonio, no podría nunca languidecer. No comprendía Roberto, qué fatal designio se había ensañado contra aquel amor de gloria que había nacido para la eternidad. A esa hora, en la tasca quedaban muy pocas personas ya. Se trataba de la única del sitio, lo demás eran bares abiertos que no habrían de cobijar adecuadamente las penas contadas, por ello, ambos hombres estaban allí, tan cerca y con tanto que decirse; pero era mejor que las palabras no fluyeran y asesinaran con sus ecos a la razón, a la vida misma. Rodrigo escuchó, sin proponérselo, aquella conversación demoledora a la que el interlocutor nunca prestó atención. Él sí pudo sentirla. Fue como un puñal que desgarraba las carnes y llegaba bien profundo, sintiendo que el dolor en el alma, nunca se podrá comparar con nada.
Sintió mucha pena Rodrigo. Necesitaba hacer algo en nombre del amor. Miraba a aquel hombre atrapado entre las garras del desamor y comprendió que el titubeo en la voz de Zoraida, no era otra cosa que la fuerza de un amor que nunca dejó de ser sentido, del placer que no tenía suficiente peso, de la pasión que no tenía fuerza por sí sola. Sentía Rodrigo lo superficial de unos besos fortuitos, la desesperación de los primeros sentires. Sintió el joven, que ese amor no era suyo. Él la amaba, pero su amor prematuro no era capaz de ocultar aquel sentimiento hermoso y puro que ellos sentían. Comprendió que Zoraida era presa del deseo por un cuerpo, no por un sentimiento. Rodrigo, en silencio, se levantó y se enfrentó a la noche que sentía que le expresaba muchos reproches. Sentía que su presencia en ese paradisíaco encanto que resultaba para él Buenaventura, había servido para sembrar solamente la desdicha y la duda.
Momentos después, en su habitación, se encontró consigo mismo. Platicó con su conciencia toda la noche. Quiso encontrar una respuesta, pero no la consiguió. Solo logró la superficialidad del absoluto silencio que le gritaba la culpa. Se sintió, el invasor que había llegado para perturbar un sentimiento hermoso y puro. Sentía que no merecía la pureza que estaba siendo ofrecida en una entrega planificada, esa entrega que pudo materializarse cuando ella se lo pidió, pero que solo en ese momento comprendía por qué la había dejado para luego. Hubo comprendido Rodrigo, que no era para él la pureza, la virginidad de cuerpo. No la merecía, no era capaz de aceptarla, no era capaz de aceptar aquella entrega total, sabiendo que nunca había sido para él; que todo había sido producto de un ímpetu fulgurante que pronto habría de apagarse, de seguro. Ese cuerpo de diosa sería para el amor y por amor se entregaría y no por un insano impulso nacido de la lujuria que se había disfrazado de amor. No sería capaz de tomar nada que no fuese suyo. Sentía que ese amor que creyó tener enteramente para él, no era suyo. Era hora de decidir, por lo que, arropado en un gran sacrificio de amor, dos días después de aquella plática consigo mismo, sin despedirse, se marchó de Buenaventura para nunca más volver. Un gran amor merece ese tipo de sacrificio, el sacrificio del amor.
Cuando iba de regreso a su ciudad natal, en la unidad del transporte público a Rodrigo le vino a la mente una historia tétrica por demás, que por alguna razón pedagógica alguna vez le hubo contado su padre acerca del grave hecho de no dedicarle tiempo al amor. Estaba completamente seguro de que algo real existía en esa historia. Quedará textualmente para la posteridad: "En ocasiones la vida se asemeja a un amplio rosal que, colmado de los más variados y hermosos colores, entregan ese deleite a los ojos dichosos que lo miren. Son las rosas verdaderas joyas naturales. Sus aterciopelados pétalos invitan con divinidad a las caricias divinas. Su suavidad suprema es el delirio que eleva los espíritus, que acerca la musa a los poetas y la inspiración de los creadores de las más bellas canciones de amor. Sus vivos colores, brillantes, deliciosos y mágicos, procuran un destello de creciente admiración por lo vasto que la naturaleza, de la mano de Dios, llega tierna a todos los que tengan el deleite de observarles. Pero también son poseedoras de agudas espinas, las cuales causan dolor al menor contacto con ellas. Es conocido enormemente que, para llegar a ellas y acariciar lo extremadamente hermoso de las mismas, necesario es tocar dichas espinas con extremo cuidado para poder acceder a esa perfección; sin que ellas nos hagan daño alguno. Es de sabios lograrlo.
Regularmente nos empeñamos en tratar de palpar a las rosas sin tomar en cuenta a las espinas. Craso error, imposible, porque son parte de ellas, son la esencia misma de un todo y necesario es tomarlas en su total integridad para sentir que somos dueños de esa magia delicada. En ocasiones, nos empecinamos en solo bregar con las espinas sin ir más allá, sin detenerse a mirar lejos del horizonte y adentrarnos en los caminos que albergan a las rosas. Perdemos la vida entera provocándonos intenso dolor con las heridas que ocasionan las espinas, y nunca saboreamos el dulce néctar que deja en nuestras vidas, las caricias delicadas y supremas de las rosas. Se nos pasa el precioso tiempo de la vida que es impreciso, empecinados en luchas banales, en idioteces que a nada conducen, en frivolidades y discusiones insípidas; mientras dejamos a un lado a la felicidad que, a la zaga, denota como nos cubre el sufrimiento; mientras nos dedicamos a vivir sin ser felices.
Jacinto cabalgaba la vida con setenta y dos años a cuesta. Sus caminos desde que se alejó de Alicia, habían sido solitarios, espinosos, lejos de las rosas; extremados de misterios, temores y desencantes. El miedo lo llevaba como una pesada roca, a cuesta. Sus pasos temblorosos lo trasladaban sin apuros a destinos inciertos. Las madrugadas extensas se burlaban de él y, al despertar en medio de ella, no se ubicaba en un tiempo específico y demoraba eternos momentos para saber que era él, que estaba allí y que aún estaba vivo. Despertaba cansado, lo denotaba el extenso jadeo que, aunado a una sudoración profusa, lo llevaban a una confusión terrorífica que no le dejaba asirse a una realidad apremiante. En medio de la noche, luego se poder ubicarse en persona, espacio y tiempo, vagaba por toda la extensa casa en búsqueda de algo que él mismo no sabía de que se trataba. Esa circunstancia, la cual se repetía a diario, le convertía ya la vida en un suplicio. La soledad lo abrazaba con los fuertes y amargos brazos con los cuales ella acostumbra hacerse sentir, expresar que estaba presente.
Otros libros de edward2290
Ver más