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Enamorarme de nuevo de mi esposa no deseada

While I Was Bleeding Out, He Lit Lanterns For Her

While I Was Bleeding Out, He Lit Lanterns For Her

Katie Oettgen
As I lay on the floor of our manor, bleeding out from a ruptured ectopic pregnancy, I used my last ounce of strength to call my husband, Cole. I begged him for help, my vision blurring. But the only thing I heard was the clinking of champagne glasses and his mistress's giggle in the background. "Stop the drama, June," Cole snapped, his voice cold. "We're about to go on stage. Don't call again." He hung up, leaving me to die alone on the Persian rug while he accepted an award with another woman on his arm. I woke up in the hospital days later. My baby was gone. They had removed my fallopian tube. Cole finally arrived, smelling of expensive scotch and his mistress's perfume. He didn't hug me. He didn't cry. Instead, he leaned over my hospital bed, pressing his knee into the mattress until my fresh stitches tore open and bled. "You embarrassed me by calling an ambulance," he hissed. "My mistress, Alycia, says you're faking it. Clean yourself up." He left me bleeding again to go announce a $10 million donation to Alycia's "groundbreaking" medical research. I stared at the TV screen, numb. The research Alycia was taking credit for? It was mine. I wrote that patent years ago under a pseudonym. They thought I was just a poor, orphan housewife who needed Cole's money to survive. They had no idea I was actually a billionaire scientist hiding my identity. I pulled the IV needle out of my arm. A drop of blood fell onto the divorce papers I had been hiding. I didn't wipe it off. I signed my name right over it. Then I walked into the bank, reactivated my dormant account with $128 million, and bought the penthouse directly overlooking Cole's house. The mourning widow is dead. The avenger is born.
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"Entonces, acercándosele los discípulos, le dijeron: ?Por qué les hablas en parábolas? él respondió, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado. Por eso les hablo en parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden".

Mateo 13: 10, 11 y 13.

I

La luz de aquella tarde en Turquesia era gris. Era como si el sol tuviera miedo, como si estuviera horrorizado por lo que estaba presenciando. Solo unos tímidos rayos de su luz se filtraban a través de las columnas de fuego negro que se esparcían por toda la ciudad capital, que otrora fuera comparada por algunos, con la antigua Atenas. "La Atenas del pacifico" le decían algunos mamertos incautos, ahora dicha Atenas, esta reducida a un apocalipsis urbano, a un caos semi dantesco de carros patas arriba, de llantas quemándose en los semáforos, de cascos de policías antimotines en las esquinas arrumados como pirámides en ruinas, de bolillos partidos en mil pedazos; como migajas de pan en el medio de intersecciones, que tan solo horas atrás, estaban llenas de personas que se apresuraban a sus jornadas laborales. Nada quedaba ya, del orden, de aquel orden que obsesiona a aquellos megalómanos que solo gustan de controlar. El orden de los psicópatas, el orden de los picotazos ha fracasado, por lo menos aquí en Turquesia, así ha ido.

El olor de carne quemada y sangre coagulada impregnan el ambiente, los buitres danzan en los aires esperando a que los moribundos mueran, los perros callejeros se dan un festín con los pedazos de carne humana que yacen esparcidos por las calles de la Atenas del pacifico. Y los gatos, con la parsimonia que los caracteriza, beben con sus lenguas carrasposas, de los charcos de sangre humana que adornan las angostas calles del centro de la ciudad capital.

El palacio del gobierno, donde vivía el Dracón de Tesalia en turno, no es ajeno a la destrucción de sus alrededores. Todas las leyes que aprobó él aprobó en los últimos días, y que le prohibían al pueblo protestar en frente de cualquier edifico gubernamental, no sirvieron de nada ante la furia de la chusma iracunda, ante la furia de un pueblo asustado y desesperado que ya no tenía nada, y que lanzo a las calles a recobrar todo lo que le había sido robado por aquellos que se esconden tras las instituciones y las leyes.

Desde una de las ventanas del edificio del gobierno, ahora en ruinas, Ernesto observa todo; abstraído y horrorizado derrama lágrimas, todo por lo que lucho se ha ido al demonio. Ya no hay más orden que proteger, ya no hay ovejas que arrear, ya no hay tenientes a los cuales adular, Ahora solo queda él, solo y abandonado, solo con sus pensamientos, con sus miedos, con sus inseguridades, con sus demonios, los cuales se agitan como culebras en medio de su mente. Ernesto siempre tuvo miedo de ser un individuo como su abuelo, siempre se ocultó en el colectivo para no ser él mismo, y ahora, en el medio del apocalipsis, no le queda otra más, que ser él mismo.

-?Gran puta vida! – Gritó.

Ernesto se desgarro su uniforme oscuro, lanzo por los aires las insignias de su escuadrón antimotines, la "V" dorada que lo acredita como cabo fue a parar al canasto de la basura. El bolillo, que horas atrás había usado para golpear a los manifestantes, lo partió en dos pedazos con su rodilla maltrecha. La linterna con la que alumbró al mal también fue a dar al cubo de la basura.

- ?Ahh! Aulló de dolor. ?Gran puta vida! Repitió.

Tras el desahogo, Ernesto, cojeo alrededor de la oficina en la cual se encontraba escondido. Afuera, todavía se podía escuchar los gritos de aquellos que habían irrumpido al edificio gubernamental y tomado el control a las malas. Algunos eran gritos de júbilo, otros eran gritos de dolor, algunos reían, otros lloraban, incluso, algunos cantaban.

Ernesto no sabía qué hacer. Salir y unirse y decirles lo que había descubierto, quedarse escondido, o lanzarse por la ventana y morir. él había tomado una decisión horas atrás, y debía ser coherente con ella, ya no hay marcha atrás, lo hecho, hecho está. Pensó en voz alta. Ernesto sabía que había traicionado todo en lo que creía, había traicionado a una gran estirpe de servidores del estado. Su padre había sido militar, su hermano mayor también era militar, y él, aunque era policía, también se consideraba militar más.

-Diana, por usted me he convertí en mi abuelo, un so?ador idiota – Musitó para sí mismo.

Una explosión hiso retumbar la peque?a habitación, humo negro entro por la parte de debajo de la puerta. Ernesto se aferró al único escritorio que hay en la oficina, cerró sus ojos y espero lo peor. Un grupo de gente paso al lado de la oficina gritando y vitoreando. ?Celebraban o maldecían? Era difícil saberlo, pues, parecían un grupo de barbaros que acababan de irrumpir en las murallas de Roma.

El humo negro inundo la oficina en cuestión de segundos, no dejándole más remedio que ir hasta la ventana para respirar con comodidad. Estando allí, con sus ojos puestos en la plaza principal de la ciudad capital pensó en suicidarse otra vez, pero lo único que hiso fue quitarse la camisa negra y arrogarla por la ventana. La puerta de la oficina se abrió. ?Aquí está Ernesto! Grito alguien, que parecía ser mujer. Ernesto reconoció la voz, y supo de inmediato que le había llegado la hora, la hora de la verdad, la parca ha venido por él, ya no hay escapatoria.

El sonido metálico del seguro de un arma cuando es liberado se escuchó. Ernesto no se dio la vuelta, él no quería mirar, cerro sus ojos con violencia y saco una de sus piernas por la ventana.

-Ni se te ocurra tirarte –le dijo la mujer.

Ernesto abrió los ojos y solo atinó a decir: Después de lo que vi, no me queda otra opción.

La mujer se acercó a él con lentitud, sus pies rompían los pedazos de vidrios que abundaban en el suelo. Cuando llego al lado de Ernesto ella le murmuro: Claro que tienes otra opción, tus hijas te esperan…

-?Me niego! ?No quiero vivir en un mundo lleno de esos engendros! – Gritó con sus ojos cerrados negándose a ver el rostro de aquella mujer.

-Es necesario afrontar con valentía la realidad… – Dijo ella.

?No, no puedo! Gimió Ernesto, y luego cayó lentamente a los pies de la mujer, como si fuera una hoja de un árbol arrastrada por la brisa. Ella se agachó y lo miró fijamente a los ojos, le desnudo el alma y luego sonrió.

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