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La alegría del capitán Ribot

Chapter 2 No.2

Word Count: 2913    |    Released on: 06/12/2017

s averías, me acordé de la se?ora que había estado a punto de ahogarse aquella noche. Valga la verdad; de quien me acordé fué de su hija. Aquell

e alojaban en la fonda de la Ibe

es pase recado?-me p

eja) había descansado regularmente, y que el médico, que acababa de salir, no la había encontrado tan mal como pensaba. D.a Cristina (la joven) estaba perfectamente. Dejé mi tar

eta, y sus negros cabellos estaban a medias aprisionados por un gorro blanco de batista, con

gratitud que le debemos, al menos una parte. Ayer estaba tan aturdida que no acerté a hacerlo. Pero más vale que usted haya venido... y eso que l

de había una alcoba cuyas puer

aquí tienes a tu salvad

iros reprimidos, y entre ellos algunas palabras que

cho haberle expuest

peligro alguno; pero aunque así fuera, n

de la alcoba algun

dé a usted una cu

ra qué?-exclam

a Cristina-. Mamá lo usa mucho y nos lo hace usar a todos. Diga

do?a Cristina me ordenó y pude oir

uélla, haciéndome un gui?o mal

ue me probará bien, porque me s

a mano pugnando por no re

que va usted a sali

idos extra?os,

a su se?ora, y le aconseja que no

se?ora. Es

uvo la bondad de inte

padre, ni hermanos.

r mujer. Ignoro qué cualidades de marido pudo observar en mí aquella se?ora, como no fuese las de saltar y deslizarme bien por los cables. De todos modos, respondí que no deseaba otra cosa; pero que no se me había presentado ocasión has

jaba mis ojos en los de D.

solapado se deslizó e

ás le conviene; y si el capitán no se ha casado

tulante-; no me ha apetecido hasta ahora...; pero n

tenga usted una esposa muy guapa y media doc

n!-ex

ibre a su lado como si hiciera algunos a?os que la tratase. Me invitó a sentarme en el sofá, y lo hiz

fectos nocivos del enfriamiento. Lo único verdaderamente temible era el susto. Su mamá era muy nerviosa; padecía del corazón, y nadie podía prever el resultado de aquella terrible emoción. Hice l

; somos va

-. ?Pues si somos casi paisan

en Gijón, adonde habían venido para visitar a una monja hermana de su mamá. Hacía bastantes a?os que formaran ese proyecto, y nunca lo habían realizado por lo largo y molesto

ambiente embalsamado y tranquilo. El mar no aterra como aquí, y es más azul, y su espuma más blanca y más ligera. Allí los pájaros cantan con gorjeos más dulces y variados; allí la brisa acaricia por la noche como por el día; allí las frutas azucaradas, que en otras partes sólo se sazonan con el calo

ave y profunda que jamás había visto,

la usted como un poeta... y casi, casi estoy tentada a

o dispénseme usted que le diga que los ojos de usted me han traído a la memoria una

e miró con más curiosidad que agradecimiento, y cam

sted manda hace la

Ordinariamente vamos des

usted aquí de esc

ciertas averías que un peque?o i

del tiempo que ellas pens

sperarnos mi marido; pero ahora es fuerza dilatar el viaje a causa de lo ocurrido. De todos modo

podía ser casada? Lo ignoro todavía. Y dado caso que así fuera, ?por qué tal noticia me había producido tan áspera impresión tratándose de una persona que acababa de conocer? Tampoco lo sé. Estoy tentad

y afectuoso interés por su esposo. Me dijo que se llamaba Emilio Martí y era uno de los socios de la casa armadora Castell y Martí, cuyos vapo

nen ustede

respondió, levem

habitaban; por el invierno, en la misma ciudad, calle del Mar; d

y Martí. Le hice presente mi satisfacción en ponerm

le y hablar con los conocidos y emplearme en los asuntos de mi cargo. Pero en todo el día no dejó de ofrecérseme a la imaginación repetidas veces la figura de D.a Cristina. Adoro las mujeres delgadas y blancas, con grandes ojos negros. Mis amigos

hizo pasar nuevamente y me recibió con mayor cordialidad aún, llevándose el dedo a los labios e invitándome a hablar en falsete como ella

entras no concluyan de hacerle la peluca, n

uca! Sí, me

que se la arrancó, mal

?Vaya un susto! Pensé que le ha

hacer ruido. Al cabo de un rato me dij

itán, y voy a almorzar. ?

ra. Mientras la camarera nos ponía la mesa en el mismo gabinete, no dejamos de charlar, creciendo más y más nuestra confianza. Durante el almuerzo usó conmigo una franqueza tan atenta y servicial que concluyó de seducirme. Por sus pro

ritos la noche del percance. Reía ella de todo corazón, y me prometía resarcirm

olvidar los callos de la se?ora Ramona. Me sa

osero. Espero demostrarle con el tiempo que, fuera de esas horas de callos

oso e invitándome a que no disimulase mi verdadera condi

Figúrese que está almorzando con un co

ón para eso. El piloto es bi

ojos me embriagaban más que el vino y la charla. Aunque hablábamos en falsete y reíamos a la sord

de patitas en el corredor y s

, narrándole mi historia, bien sencilla. Discurrimos acerca de los place

me da miedo y tristeza. ?Si viera usted cuántos ratos paso

iero al mar las mujeres-man

hermosas. Tengo una primita llamada Isabel que es

os que los suyos?-

valen nada-conte

n toda la costa de Levante, con haberlos allí tan lindos!... ?Si parecen dos lu

nstantes sin levantar la vista del mantel. Al cabo,

te, ?verdad? A bordo se suele

sin responder a su pregunt

franqueza. No conocemos las etiquetas, pero debe salvarno

s nuestra plática con la misma cordia

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La alegría del capitán Ribot
La alegría del capitán Ribot
“La alegría del capitán Ribot by Armando Palacio Valdés”